No hace mucho recibí una extraña pregunta. ¿Qué calibre de semilla de maíz me conviene comprar: chato o redondo? La consulta provino de un joven recién llegado de la gran ciudad, que abandonando sus estudios de abogacía fue a trabajar una pequeña fracción de campo heredado de un tío solterón. Obviamente que no fue la única pregunta dado su origen no agropecuario, pero esa me llamó profundamente la atención ya que hacía décadas que no la escuchaba.

Hoy, con las modernas sembradoras neumáticas y las semillas clasificadas y embolsadas por cantidad, la pregunta es anacrónica así que mi respuesta tuvo que estar acompañada por algo de historia, de costumbres arraigadas por generaciones que tienen una razón práctica que hacen a la historia del cultivo.

En la década del 50 el cultivo del maíz en Argentina tuvo dos grandes avances: la irrupción del híbrido y la generalización del uso de la cosechadora automotriz. Antes de esos años el productor obtenía su semilla del propio maíz sembrado. Variedades que compraba al semillero y que luego el multiplicaba unos años. En aquello tiempos la cosecha era manual, los cosecheros caminaban entre los surcos con una gran bolsa en la espalda arrancando los choclos a su paso de las dos hileras que tenían a sus flancos.

Normalmente esas mazorcas se almacenaban en silos de alambre dispuestos bajo un tinglado, y llegada la primavera el chacarero se disponía a preparar su propia semilla. De esas mazorcas el agricultor elegía las mejores, secadas convenientemente seleccionaba las de granos más grandes eliminando las puntas y quedándose con las del centro: las semillas chatas y más grandes. El trabajo posterior era separar el grano del marlo con una desgranadora y de esa manera el productor estaba clasificando su propia semilla.

En aquellos años los productores preferían clasificar su simiente asegurándose una distancia similar entre plantas y un buen nacimiento con granos grandes y uniformes, de esa manera dependían menos de la profundidad de siembra (que era bastante irregular con las sembradoras de entonces), y resistían más tiempo la posible falta de humedad para su germinación. En resumen se pretendía uniformidad para obtener buenos rindes.

Ese trabajo tenía otro motivo más: adaptar la semilla a las sembradoras de esa época. Sembradoras de cuatro o cinco surcos, con escasos juegos de placas, que eran arrastradas por tractores que no diferían demasiado de los anteriores modelos que eran movidas a caballo. Aunque debería citar que esa forma de clasificar la semilla también la hacían sus abuelos que sembraban a mano.

Esta historia la descubrí en la década del 70 de un viejo productor de Santa Fe, un gran mejorador de maíz hijo de agricultores, que demuestra de alguna manera el trabajo en esas pequeñas explotaciones santafecinas. Chacareros que sembraban 50 hectáreas de maíz debían preparar unos 1.000/1400 kilos de semillas en forma artesanal.

Obviamente el veinteañero productor que debutaba como tal, desconocía estas cuestiones pero su pregunta se originó por haber encontrado una vieja sembradora en un galpón. Mi consejo fue terminante: buscar un buen contratista. Pero la ocasión sirvió para recorrer un pequeño tramo de la historia agrícola de nuestro país mientras esperábamos el asado.

Seguí leyendo: Basterra y Solmi presentes en el acto de inicio de la cosecha de maíz 2020/21

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