Detestamos la mentira, no aguantamos la verdad
La supuesta era de la posverdad ha tenido un canal para hacerse presente: las redes sociales
Muchas veces me he preguntado si tenemos la capacidad de confrontar la verdad de muchas de las noticias que recibimos, con la verdad que nos cuentan quienes dicen algo distinto, aunque cueste aceptar el resultado… ¿Será posible dejarnos interpelar por los hechos –y no por las voces- para descubrir la verdad?
Hay una apreciación general de que el valor de la verdad, en la esfera pública, está subestimado. Es duro, pero los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión de la gente que la apelación a las emociones y creencias personales. Se ha acuñado un nuevo término: la "posverdad", que algunos han identificado irónicamente con un clima generalizado de mentiras existentes.
El exagerado uso de esta nueva palabra logró que se la incluyera en el diccionario y se la tradujera. Sin embargo, el término se ha hecho también popular con la proliferación de noticias falsas, de comentarios insultantes a personajes públicos que rozan la difamación, y el descrédito a varias instituciones. El problema se encuentra en primer lugar en la mentira, es decir, en la intención de tergiversar la verdad. Pero también está en un fenómeno que en nuestra sociedad se ha potenciado y que hace que tales mentiras se propaguen: la falta de atención y de respeto por la verdad.
Para mentir hay que tener clara la verdad de lo que se quiere tergiversar y tener la intención de engañar. No es un simple descuido. Hay una malicia que nos repugna. Implica que podemos hacer cualquier cosa con la verdad. Está al alcance de nuestras manos, y podemos usarla del modo que mejor nos convenga: todo termina siendo relativo.
Por otro lado, la supuesta era de la posverdad ha tenido un canal para hacerse presente: las redes sociales. Basta tener una cuenta en Facebook, Youtube o Instagram para contribuir en la popularización de una noticia, idea, u opinión. Cuando la mentira se ha hecho presente en ellas de un modo tan patente, llama la atención que quienes estamos conectados, no pongamos atención a las consecuencias que tiene difundir algo de lo que no estamos seguros. No nos importa la verdad o falsedad de los hechos que estamos propagando: multiplicar noticias, pasar cadenas, agregar al muro, darle like, es más fácil que verificar la credibilidad objetiva. Y esta falta contra la verdad nos transforma en charlatanes.
El charlatán es alguien al que el valor de la verdad le tiene sin cuidado. Le interesa poco el modo de presentarla o las consecuencias de lo que dice. Su atención está puesta en la imagen que transmite a los demás, sin importar si lo que dice es verdadero o falso. Su aparente carencia de intencionalidad nos desconcierta, pero su falta de intención recta frente a la verdad nos asusta.
Hay una forma de terrorismo, derivada de la susurración y la cháchara: se la considera "una forma de violencia profunda". "El problema de este terrorismo es que todos podemos practicarlo. Cualquier persona es capaz de llegar a ser terrorista simplemente usando su lengua".
Si creemos que el valor público de la verdad está en terapia intensiva, debemos hacer algo por devolverle su importancia dejando de banalizar su realidad. Incluso por encima de las consecuencias que puede tener afrontarla. Saber que lamentablemente, tarde o temprano, ir en contra de la verdad tiene unas consecuencias de las que no podremos escapar ninguno, personal o socialmente.
Los seres humanos tenemos a nuestro alcance una gran cantidad de opciones, pero no podemos olvidar que nuestra naturaleza también nos impone una serie de limitaciones. La mentira es la forma más efectiva de autoengaño, por eso a veces preferimos una mentira piadosa a una cruda realidad. La peor verdad sólo cuesta un gran disgusto. La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños y al final, un disgusto grande. "La mentira más devastadora es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo", decía Friedrich Nietzsche.
"Un hombre paseaba por el pueblo y se encontró de pronto frente a un modesto local con un cartelito escrito a mano que anunciaba: "TIENDA DE LA VERDAD".
El hombre estaba sorprendido. -Perdón, ¿ésta es la tienda de la verdad?
-Sí, señor. ¿Qué tipo de verdad anda buscando, verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?
Así que aquí vendían verdad... "Estoy tan cansado de mentiras y falsificaciones", pensó. -¡Verdad plena! dijo.
-Bien, pero…perdón, ¿el señor sabe el precio?
-No, ¿cuál es?, contestó rutinariamente.
-Si usted se la lleva, dijo el vendedor, el precio es que nunca más podrá estar en paz.
Un frío corrió por la espalda del hombre. Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que todavía necesitaba algunas mentiras donde encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo.
-Quizás más adelante, pensó.