Comunicación política

El acuerdo y el consenso: la madre de todas las batallas

Pasado el estupor inicial que genera ver a dos adultos pelearse como pibes, traté de entender el hipnotismo que me generaba la afrenta de Residente a J Balvin. No era el patetismo del portorriqueño al exhibir su pretendida potencia ideológica ni la obsesión tácita (tipo You) confesada en el stalkeo de las historias del colombiano. Me atraía la celebración, tan circo romano, de millones de espectadores coreando la disputa rapeada. La grieta garpa. El despellejamiento público entre terceros genera un magnetismo del que, a veces, la política no puede escapar. El tribuneo, el volumen de interacciones y esa capacidad de fidelizar a propios y desalentar a adversarios ofrece un canto de sirenas que hubiese podido con Ulises. De la torpeza de creer que la grieta soluciona, de la ficción, contraria, de que existe una sociedad mejor sin ella y de la inconveniencia de comportarse como boxeadores en el pesaje va la conversación de este jueves.

Hay dos maneras de abordarla. La que expresan los orgullosos de habitarla y la condena de quienes la consideran la explicación a esta alarmante debilidad institucional. Creyéndose mejores, como único argumento político, los que pregonan las ventajas de vivir de un lado de la grieta suponen que su territorio ideológico solo contiene valores positivos y que la otra vereda es un baldío. Los que ven en la fractura los males de la sociedad política, y reclaman la urgencia de cerrarla, ven un muro (Berlín vibes) que separa en modo artificial lo que en realidad es un conjunto. Bienvenidos a la metagrieta (¡la mamá Luchetti de todas las grietas!). La grieta que expresa dos modos de vivirla: superioridad moral o ambición de armonía. La primera contiene los modos más radicalizados de vivir la ideología al imputar el pensamiento del rival cuestionando su propia existencia. La segunda representa la riesgosa presunción de que una sociedad que discute menos nos va a dejar un mundo mejor.

El consenso como campo de batalla

La saudade de la sociedad sin grieta expresa, como toda saudade, la añoranza por algo que nunca existió. Es una comunidad homogénea en ideas y comportamientos que no experimenta tensiones. La creencia de que la política, y sus modos, distorsiona las relaciones y rompe lo que está llamado a permanecer unido. "¿Imaginás un mundo sin política?", meme con todes de la mano, celebración de la armonía de imponer la dimensión humana a las ambiciones dirigenciales. Si miramos el comportamiento de quienes pregonan el fin de las divisiones como panacea vamos a encontrar gente que es capaz de llevar hasta las últimas consecuencias la discusión entre batata y membrillo, de romper lanzas por Bilardo o por Menotti o de responder encuestas sobre mar o montaña. La dialéctica como diversión, expresada en bares, tribunas y pudriendo cumpleaños, es parte de nuestra identidad nacional. La pretendida homogeneidad es una ambición de neutralidad que se termina transformando en una de las más totalitarias expresiones de la práctica política.

En "La invención de la Argentina", Nicolas Shumway aporta la idea de que las sociedades se constituyen confrontando distintas versiones de su origen. Estas miradas opuestas pueden convivir si el nosotros/ellos no se desborda. El final siempre es el mismo: los valores que sostienen una versión invalidan o condenan los valores que sostiene la otra, el nosotros/ellos muta a amigo/enemigo y el enfrentamiento es inevitable. Material y simbólico. Con el ganador se impone una cultura y, con ella, el relato y la versión oficial. La originalidad del caso argentino, se asombra Shumway, está dada en que el bando derrotado no reconoce su condición de tal. Como consecuencia, la versión oficial nunca se consolida. Una sociedad integrada por vencedores sospechosos por el hecho de serlo, de derrotados honorables solo por haber sucumbido y que disocia gloria y honor delimita una cultura política en la que ganar no parece representar gran negocio.

La sociedad no está rota, y esto se da, en gran medida, por la capacidad de visibilizar los desacuerdos que la constituyen. Reclamar el derecho de habitar mi lado de la grieta, o la ambición cerrarla, niega el derecho a convivir en conjunto pensando diferente. El debate previo, en medios y calles, en relación con el acuerdo con el Fondo y su tratamiento parlamentario vuelve a exponer los beneficios de asumir el modelo adversarial. Ese artefacto discursivo que sublima el enfrentamiento, transformándolo en debates parlamentarios o en procesos electorales. La legitimación social del conflicto y de sus protagonistas. El consenso es un campo de batalla en el que voy a la conquista de voluntades para sostener los intereses que considero legítimos. Lo simbólico que permea en lo material. La grieta es enemiga del consenso, sí, pero éste se habita con todas las disputas que contiene. No es una invitación a deponer las armas sino que es la exigencia de presentarlas bajo reglas comunes, intentando que tu versión se convierta en la de la mayoría.

Aún en las inestables horas en que cada voto cuenta, y con Damocles desenvainando, el Gobierno está construyendo una victoria. En torno del entendimiento con el FMI logró enmarcar la disputa en el concepto de la "responsabilidad institucional" para justificar su decisión de acuerdo, matizando el alineamiento con el organismo financiero. El ala oficialista del oficialismo (juro que en nuestra realidad política esto no constituye un oxímoron), auxiliado por la urgencia derivada del amenazante default, consiguió imponer una postura ante el ala opositora del oficialismo (¡ahre!) y la oposición. Por conveniencia, unión por el espanto (patent pending) o alineamiento de la posición política con la ambición de certidumbre de sectores sociales y empresariales, es probable que el Presidente coseche en la aprobación del acuerdo algo de lo que fue sembrado aquel viernes del anuncio. Un punto de partida para comprender que el consenso se construye generando las condiciones para condicionar, por discurso, contexto o volumen político, la posición de tu adversario.

Lo hago pa' divertirme

Somos innumerables voces dispuestas a construir, al menos, dos versiones contradictorias sobre un mismo hecho. Eso no nos complica, nos define. Es un derecho y es inevitable. Confrontar es humano, pero consensuar es divino. La grieta no te sirve cuando gobernás. En el ejercicio del poder, el consenso es un campo de batalla al que te conviene llegar preparado. Lo que se disputa es el sentido de tus acciones, la manera en la que vas a ser contado y si hablás por vos o te cuenta otro. No es una idea ni la claudicación de ella, es la voluntad de confrontar posiciones en la confianza de que vas a poder imponer la que sostenés. Es la construcción de la legitimidad de tu próxima decisión.

La evolución discursiva de la comunicación de gobierno comienza con el abandono voluntario de la ficción de homogeneidad, con la conciencia de que defendés intereses y con la concentración que demanda entender que representás a una mayoría y gobernás para todos. Hay, en el probable resultado favorable al acuerdo con el Fondo, la inauguración de un relato oficialista que puede capitalizar el voluntario abandono de la unidad de parte de un sector del kirchnerismo y subordinar la crítica de la oposición. Alberto Fernández experimentará, en una situación que solo encuentra precedentes en aquellas conferencias de marzo de 2020, las mieles del centro de la escena. Si es circunstancial o fundacional estará dado por su capacidad de escapar a la única grieta que la política reconoce: la de quienes son capaces de construir mayorías, en nombre de los valores socialmente aceptados, y la de los que, en nombre de ideas químicamente puras, reclaman su derecho a no representar aquello en lo que no se cree.

*Director de la Maestría en Gestión de la Comunicación-UNLZ

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