El adulto mayor no es un estorbo

La vejez existe y, por más que corramos, siempre nos alcanza

Nada engrandece tanto a una sociedad como apreciar y atender a sus adultos mayores. Valorar esta etapa del ciclo vital es algo que todos deberíamos tener más presente. Envejecer no es una enfermedad, es un privilegio que nos otorga la vida. Es verdad que el concepto de vejez y las formas de abordarla han sufrido grandes cambios en los últimos tiempos. Hace apenas menos de un siglo, los viejos eran integrantes legítimos de cualquier hogar. Se consideraba natural comprenderlos, honrarlos y quererlos.

Los profundos cambios culturales impuestos por el nuevo orden internacional y la revolución tecnológica también tuvieron un impacto sobre la visión tradicional del adulto mayor. Actualmente es como si nadie quisiera envejecer y los ancianos se hubiesen convertido en un objeto de rechazo, cuando no de desprecio o de descarte.

En la sociedad actual hay una sobrevaloración de la productividad. La eficiencia, la habilidad y la eficacia ocupan el lugar cumbre en la jerarquía de valores. Si somos capaces de producir más, mejor y en menos tiempo tenemos el mundo a nuestros pies. Pero, en cambio, si no encajamos tan ágilmente en la maquinaria deberemos conformarnos con algún lugar marginal. O al menos eso nos hacen creer.

En ese esquema mental, un abuelo termina siendo un estorbo. El adulto mayor no representa la promesa implícita en un niño ni el aporte concreto de un adulto. Es más lento para todo y demanda cuidados especiales que toman tiempo. El tiempo es oro y casi nadie está dispuesto a invertirlo en algo que no le reporte una utilidad evidente.

Lo paradójico de todo es que las sociedades están envejeciendo en casi todos los países del mundo. El deseo de no envejecer se ha vuelto tan fuerte que ya hay toda una industria abocada a evitarlo, al menos aparentemente. Las canas se pueden teñir, las arrugas se pueden alisar, cada flacidez tiene su cirugía y para cada señal del tiempo existe un remedio. Todo, cualquier cosa, para negar que la vejez existe y que, por más que corramos, siempre nos alcanza.

El terror a la vejez se deriva de una realidad que nadie quiere admitir del todo: si no servimos quedamos afuera del juego. Nadie nos quiere ver, nadie quiere tratar con nosotros. Más que para darle un manejo razonable a los problemas de la edad avanzada, los asilos de ancianos (que ahora tienen muchos nombres eufemísticos) se inventaron para deshacerse elegantemente de los viejos, entregándolos al olvido sin demasiada culpa.

El abandono de los viejos ayuda a muchos a lidiar con la angustia de la decadencia y de la muerte. Los abuelos se dejan en una institución y quizás nunca vuelven a recibir una visita, mientras ingresan en una horrible espera sin esperanza. Otras veces simplemente los dejan en una calle o los tratan como un mueble inservible dentro de la casa. No producen, son "nadie".

Quienes viven estas formas de egoísmo no saben lo que se pierden. Cuidar a un abuelo te reconcilia con la vida, con los grandes valores de la humanidad, te ayudan a entender los ciclos de la existencia y te permiten sentir el infinito pulso de la vida.

Existe una visión claramente sesgada del envejecimiento, como si llegar a la tercera edad fuese sinónimo de invalidez. Pensar que lo joven es bueno y lo viejo malo, dar por sentado que los jóvenes son altamente creativos y el adulto mayor ya no tiene nada que aportar, suponer que la juventud es ganancia y la madurez es pérdida, pensar que la juventud es divertida y que las personas mayores aburridas, asumir que los jóvenes son atractivos y que los adultos mayores desagradables. Si los jóvenes son el presente, los ancianos representan un ayer que ya no es útil.

"Había una vez un pobre viejo que apenas veía, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba en la mesa casi no podía sostener su cuchara y dejaba caer la copa en el mantel. Su hijo y su nuera estaban muy disgustados y decidieron dejarlo en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo y se le rompió el plato que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera los llenó de improperios que él no se atrevió a responder. Entonces le compraron un recipiente de madera para que pudiese comer.

Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado juntando algunos trozos de madera que había desplegados por el suelo. ¿Qué haces?, preguntó el padre.

Un recipiente para que ustedes puedan comer cuando sean viejos, respondió el hijo.

El hombre y la mujer se largaron a llorar, volvieron a llevar al abuelo hasta la mesa para que siempre comiera con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad".

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