Expectativas de felicidad duradera

Nos cuesta mirar en nuestro interior para encontrar lo que buscamos afuera.

Hay una premisa incorporada en la mente y en el corazón: la condición natural de los seres humanos es la felicidad. Todos sentimos un innato y persistente deseo de ser felices. Y creo que el ser humano ha tendido siempre a perseguir la felicidad como una meta o un fin, como un estado de bienestar ideal y permanente al que llegar. Por eso hay una consecuencia lógica: si una persona se siente crónicamente infeliz es porque algo no marcha bien, algo falla. Puede que no sea su culpa o que no tenga otra alternativa; sin embargo, algo falla.

Por desgracia, en alguna ocasión hemos experimentado la frustración del deseo de felicidad y nuestros sueños se han visto defraudados. Uno tras otro, todos ellos parecían disfrutar de unos instantes de gloria y luego se desvanecían, de modo que nuestras expectativas de felicidad duradera se perdían a lo largo del camino. Parece ser entonces que la felicidad se compone de pequeños momentos, de detalles vividos en el día a día. Y quizás su principal característica sea la precariedad, su capacidad de aparecer y desaparecer de forma constante a lo largo de nuestras vidas.

No obstante, continuamos acariciando nuestros sueños irreales. Tratamos de armar la realidad con expectativas de serie a todo color, construimos castillos en el aire e insistimos en imaginar la vida y la felicidad como ese tesoro escondido del que poseemos el plano. Pero siempre que pongamos nuestra felicidad en lo que las cosas prometen, o incluso si la dejemos en manos de otras personas, seremos víctimas de la frustración. La felicidad es una tarea interior. Cuando esperamos que algo o alguien nos haga felices, siempre nos encontraremos con la desilusión. Nuestros errores comienzan cuando esperamos que tanto las personas como las cosas sean responsables de nuestra felicidad.

El filósofo Henry Thoreau, ya en el siglo XIX, pensaba que habíamos abandonado toda esperanza de alcanzar la felicidad verdadera y duradera. Y, con la abrumadora evidencia contemporánea, da la impresión de que tenía razón: el índice de rupturas matrimoniales está aumentando, los malos tratos hacia los niños y los feminicidios son epidémicos, se ha incrementado la incidencia de la dependencia química del alcohol y de otras drogas, hay una explosión de embarazos no deseados, las bandas urbanas violentas proliferan en nuestras calles, la policía no alcanza o no sirve para patrullar tanto espacio y las prisiones no solo están repletas sino que además no cumplen su objetivo.

Incluso el aire que respiramos se ha contaminado. Los alimentos que comemos, según parece, contienen muchos agentes cancerígenos. Es obvio que nadie puede captar en profundidad toda esta problemática sin correr el riesgo de deprimirse. En otras palabras, si alguien no se siente mal probablemente es porque no ha prestado atención. Por eso, para muchas personas, la promesa y la posibilidad de una felicidad real solo es una burla cruel: la zanahoria mecánica que se nos pone adelante para que corramos más rápido y perseveremos sin desmayo.

A pesar de la desilusión que hemos experimentado con lo de afuera, nos cuesta mirar el interior para encontrar lo que buscamos. Tal vez tenía razón Hammarskjöld cuando dijo: "Somos grandes exploradores del espacio exterior, pero muy poco hábiles explorando el espacio interior".

Nos hemos dejado ofuscar por la publicidad que nos inunda y nos asegura que seremos felices si compramos o usamos determinados productos: conduciremos por las autopistas de la vida con una feliz e imprudente despreocupación. Estos reclamos publicitarios quieren hacernos creer que la felicidad no es más que una multiplicación de placeres. Y nos hemos endeudado consumiendo todos los productos portadores de felicidad.

Sin embargo, continuamos "llevando vidas de silenciosa desesperación". Tal vez porque, como decía Mafalda, no siempre tenemos "ganas de andar haciendo turismo por dentro" y seguimos buscando la felicidad en lugares equivocados. Ciframos nuestras esperanzas en otras personas y en objetos que, sencillamente, no pueden satisfacerlas. Alguien tenía en el espejo, encima del lavabo, un mensaje que le recordara esta verdad: "Estás viendo el rostro de la única persona responsable de tu felicidad". La felicidad está al alcance de todos; el único problema es que, si la buscamos fuera, vamos en una dirección equivocada. La felicidad es, y siempre será, una tarea interior.

Anthony de Mello contaba: "Un hombre encontró a su amigo de rodillas, buscando algo. ¿Qué estás haciendo?, pregunto. Perdí mis llaves, respondió el otro hombre. Arrodillados, los dos se pusieron a buscar lo extraviado. Al cabo de un rato, el hombre quiso saber dónde había visto por última vez las llaves.En casa, respondió su amigo. Entonces, ¿por qué la buscas aquí?, replicó sorprendido. Porque aquí hay más luz, sentenció su amigo.

¿De qué vale buscar la felicidad en lugares ajenos si donde la has perdido ha sido en tu corazón?".

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