La construcción del mito: lo que a vos te divierte, a mí me asusta
Los escenarios más cómodos siempre fueron, para este Fernández, los diseñados por algo o alguien más. Néstor y la reactivación del 2003, Cristina y la unidad del 2019, el COVID y la pandemia del 2020 o Máximo y la fractura del 2022
Mañana de sábado. La voz de Cristina Fernández despeja la X. La candidatura encarna en un inesperado. Ella apuntala el binomio. Varios sectores y un mensaje: poner tu vida en orden. Aquel 18 de mayo, el Frente de Todos inauguraba un dispositivo que lograría lo infrecuente: derrotar en primera vuelta a un presidente que aspiraba a ser reelecto. Eso dejó de existir. Hoy, el Frente, desordena lo que toca. Lo que nació como diversidad, siguió como inestabilidad y se extendió como contradicción. La unidad se deformó en sus diferencias. Para Alberto, el correr de las horas confirma que las consecuencias reales de un problema nunca son tan dramáticas como el temor a sus consecuencias imaginarias. Para Máximo, el reverso de esa idea: el acto es menos expresivo que su potencialidad. No se mata al rehén.
La situación es inédita, aunque la analogía con Chacho sea tentadora. Máximo es Cristina, pero Cristina no es Máximo. La institucionalidad hasta que duela ha representado un valor simbólico en la expresidenta. La situación es incomparable, además, porque no existen dos fuerzas en disputa. Hasta el lunes, había más de un kirchnerismo y ningún albertismo. El de "los pibes para la liberación", intenso en su liturgia, compartía espacio con otras formas de añorar los dosmiles: los nostálgicos de los superávits gemelos y los que reconocían en el Nestorismo una actualización política doctrinaria del peronismo. Esto no es Chachismo, porque Máximo es kirchnerista y Alberto también. La renuncia expresa una advertencia: para atrás, hubo muchas formar de ser kirchnerista, para adelante hay solo una.
El que abandona no tiene premioLa historia no es piadosa con el destino de los renunciados. El poeta avisó que no se puede abandonar y conservar el premio. En una separación todos son menos. En el reconocimiento de la validez de las razones, pierde el que se queda; en la acción de la partida, pierde el que se va. Alberto, un renunciado que vive, experimentó en el 2008 las consecuencias del día después. Nadie se hace bueno en el adiós.
En el documental sobre Néstor Kirchner, su hijo recuerda como el expresidente, al pasar, pateaba los soldaditos con los que se divertía un Máximo niño. La ira por la travesura paterna, se convirtió en aprendizaje: la construcción tiene más valor cuando vence a la adversidad. Las acciones, cuando se subliman, germinan en mito. De todos los posibles, él elige el de la resiliencia. El de lo que sobrevive a la prepotencia de lo instituido, sin más armas que la voluntad política.
No hay berretín en su renuncia. Hay una decisión de conservar el equipaje que considera indispensable para el viaje que emprende: su identidad y la de su espacio. Lo que decide dejar en el camino es, en consecuencia, un lastre: la representación formal y simbólica del Frente, expresado como conjunto.
El acuerdo del gobierno con el FMI y la renuncia de su presidente de bloque, son una batalla entre derrotas dignas. Dalmiro Saénz, en "Mis Olvidos", explica que dar la vida por una causa vale menos que ver al enemigo entregándola por la de él. O es romántico o es político. En la condena a los términos del acuerdo, Máximo, decidió privilegiar su mensaje político antes que su base electoral. Su interpretación, a medida de los sectores más radicalizados, dejó afuera a esa mayoría que había experimentado alivio ante el anuncio económico. La incomodidad que significaba para sus convicciones el apoyo a una negociación que consideraba un eufemismo, subtituló su paso al costado. La desobediencia celebrada por la obediencia de los propios.
De todos los kirchnerismos posibles, Máximo eligió uno. Analizar su mensaje, nos permite encontrar huellas de su acción. Hay, en él, tres confirmaciones, dos confesiones y una curiosidad. Ratifica que está para esclarecer lo que no debe quedar entre sombras, en su apelación al "entorno" y la "visión" expresada en privado. Se arroga la representación de los sectores más vulnerables que, a su juicio, aun no advierten las consecuencias futuras de la decisión. Se apoya en la "comprensión histórica", del legado que, por origen, representa. Confiesa que el "la instrucción de CFK" de constituir un frente es una imposición y que "el pragmatismo" le resulta incómodo para el ejercicio pleno de sus ideas. De esto deriva una curiosidad: la categorización en derechas e izquierdas le resulta anacrónica, pero la reivindicación como antisistema en lo político, en lo económico y en lo mediático, le parece una categoría vigente. Máximo desconfía del poder. Quiere ser, esta vez, el que patea los soldaditos de otro.
Es imposible un Albertismo. Podría existir sin Alberto, pero no sin albertistas. De manera que ese ismo, solo expresa el sueño de quienes, en la expectativa de trascender este tiempo histórico, hacen negocio con la ruptura. Don Corleone le aconsejaría: "el que te venga a hablar de Albertismo, ese, es el traidor". Pero Alberto existe y, con él, la mística del que sabe construir como segundo, sea Lepera, Bertoni o Skay.
Los escenarios más cómodos siempre fueron, para este Fernández, los diseñados por algo o alguien más. Néstor y la reactivación del 2003, Cristina y la unidad del 2019, el COVID y la pandemia del 2020 o Máximo y la fractura del 2022. Todo en Alberto es prestado. Él, como Máximo, tiene su propia ponderación del llano. Su sobreactuación de hombre común anuncia que la opacidad del mañana, el destino más atemorizante del político vocacional, compone, para él, un horizonte deseable. Alberto arma su propio mito: el del día después. Su Varela Varelita, en la mañana del 11 de diciembre. A él, a su manera, también le divierte lo que a otros asusta. Es difícil condicionar a quien tiene poco para perder.
El eco del eco de su vozLa construcción mítica de la decisión de Máximo Kirchner tiene dos dificultades. La primera es que existe un campo para diseñar un mito de gobierno, y otro, igual de fértil, para la generación de uno de oposición. Pero no existe mensaje que sublime el derecho a enfrentar a tu propia gestión. No hay dimensión simbólica cuando se hace política en defensa propia. Irse es más fácil que tener razón, porque la partida siempre la explica el que se queda. El segundo problema, es que las palabras de Máximo pesan menos que el silencio de Cristina. Lo no dicho absorbe todas las interpretaciones. El eco del eco de su voz, en su centralidad, relega la decisión del expresidente de bloque a la oscuridad de lo administrativo, de lo burocrático, de lo que, paradójicamente, Máximo detesta representar.
La fractura del oficialismo en relación a la estrategia elegida para la negociación con el fondo, y la exposición pública de las diferencias, agota un escenario: el coqueteo con la idea de que un sector del Frente puede sobrevivir al otro. La unidad, y lo que sangra por ella, no es el origen del espacio: es el destino.
Nada de lo que pueda ser malo para Alberto puede ser bueno para Cristina. En ese marco, la tenacidad de los núcleos duros, quitan margen de maniobra, en lo discursivo y en lo político. Desde lo no aprendido de las pruebas de carbono 14 a Scioli en el 2015, resumidas en aquel insólito, y carísimo, "perder para ganar", hasta este "que se rompa pero que no se doble", con el que se exploran los límites de la relación entre el presidente y los accionistas mayoritarios del frente que representa.
La urgencia de cicatrizar el episodio la expresan los que quedaron solos y esperando. Esos kirchneristas que añoran los tiempos en que se podía integrar un espacio, por la sola voluntad de pertenecer y sin examen de ingreso. Esos, que, en la heterodoxia y las contradicciones, garantizan el carácter aluvional de un movimiento. Las mayorías, que hoy apoyan en un 75% el acuerdo con el Fondo y son, en resumen, las que ganan elecciones.