Las condiciones del outsider: Milei y el derecho a pasear en Clio

Si esperás una nota que ridiculice a Javier Milei, buscá otra página. Si tenés expectativa de encontrar referencias a su relación con lo tántrico o sus dotes líricas, no es el lugar apropiado. Si necesitás justificar tu superioridad moral y sentirte mejor por hablar mal de gente que suponés mala, seguí de largo. Si sos diariero de lunes, disfrazado de real politoker, de esos que, con los resultados puestos, te tiran la posta de ayer, andá. Si, en cambio, te intriga la relación entre conflictos sociales y emergentes políticos, las condiciones sobre las que se genera un "outsider" y que considera atractivo en un dirigente, la generación que no parece confiar en nadie, llevame hasta el segundo párrafo. Vamos a pensar en Milei, en clave de comunicación política.

La capitalización de una crisis, combina dos variables. La coyuntura, general, expresa la anomia social ante un deterioro multicausal. Da lo mismo, para el ánimo, si una dificultad es adquirida o heredada y si es global o local. Una porción del electorado, que votó a ganador en las dos últimas presidenciales, sospecha que la política no puede ser la solución, porque es parte del problema. El emergente, particular, propone una visión diferente, con base en su identidad. La combinación de las dos variables, deja una idea: la interpretación del malestar es de cualquiera, la capitalización política es de alguien. No fue la artillería verbal de Espert, ni los tutoriales de García Moritán (AKA el marido), ni el extremismo posicional de Bullrich.

Es Milei quien logró sintetizar, en una liturgia entre futbolera y de rave, a los hijos del desencanto. Un lobo estepario, corriendo por fandom, a la dirigencia. Aunque el oficialismo es el blanco de sus ataques, el problema real es de la oposición. Obligada a salir de un modelo adversarial institucionalizado, para radicalizarse en una lógica amigo-enemigo, con más impacto en lo inmediato que en la construcción de una alternativa política. Todos aspiran a su parte del león.

La incomodidad como expresión política

El sistema (esa abstracción sí se puede ver), con capacidad autopoiética, ha regenerado sus condiciones de representación ante situaciones más críticas y fenómenos más complejos que éste. Hoy, su incapacidad de movilizar los anticuerpos, hacen dudar de la fortaleza del factor inmunológico. El estancamiento político, a largo plazo, tiene más consecuencias que el económico. La grieta, y el orgullo de habitarla, expresa una situación de no retorno para las principales fuerzas electorales. Esta parálisis es una invitación a los outsiders, a mover ficha. El dispositivo Milei es un virus en el sistema. De laboratorio, sostenido sobre tres elementos. El estético, con énfasis en sus condiciones de aparición, el dialéctico, en tensión con la representación tradicional, y el público, en busca de un destinatario.

El "¿cómo quiero aparecer?", resume la importancia de lo percibido. El modelo que se advierte es un Blitz. Un mensaje sin continuum, catatónico, hecho de irrupciones. El abordaje del espacio público por asalto. Una declaración sobre sus capacidades amatorias, una pelea de salida del colegio con el ministro de economía, la reorientación de sus honorarios o la reinterpretación de la Renga, son acciones encadenadas por un factor común: la capacidad de ser espectacularizadas y amplificadas. El "¿qué?" como centro del mensaje, está dado por la incomodidad que genera, aún en los propios. Desprolijamente desprolijo, el resultado de sus decisiones estéticas, expresa un desafío que no conoce más adversario ideológico que el sentido común, como rasgo de lo institucionalizado.

La disrupción asume el riesgo de la ridiculización, moderada por la indulgencia mediática, que se resume en un "peor pero diferente". Así, la réplica del contenido se da sobre todo en sus detractores, presos de un factor hipnótico similar al que sentimos ante los videos del recordado Fabián Show. El "cómo" y el "qué", se combinan en la propensión a coquetear con el escándalo por propia voluntad. Pivotear sobre ese límite inmuniza contra controversias futuras y no deseadas. Si todo es escandaloso, nada lo es.

La dialéctica con "la política" (¿robar a Schmitt o plagiar a Mouffe?), caracterizada como los profesionales de lo público enquistados en las instituciones, es la palanca del dispositivo Milei. Ahí está la fuerza. El sorteo de su dieta, despejado el humo y el costumbrismo del episodio, representa un mensaje. No es renunciarla, no es donarla: es, en sus términos, devolverla. Quitársela a los villanos de su relato, los recaudadores, y ponerla a disposición de sus microhéroes, los aportantes. Esta acción como diputado convive con una ceremonia de asunción en la que lucía entre absorto y respetuoso, como ese alumno revoltoso que se presta a la foto anual con la maestra. La convivencia entre gestos tan disímiles, enmarcan un discurso en donde convive la tolerancia con lo institucional y la irreverencia con la política.

Tres factores en relación al público, dotan de complejidad al fenómeno. A diferencia de la derecha tradicional, fuerte en la tierra profunda, desde Trump a Le Pen, de Bolsonaro a Abascal, Milei expresa un liberalismo urbano, con fuerte presencia en los centros, donde la agenda progresista suele ser más efectiva. Esto se combina con la capacidad de sacar máxima rentabilidad de su condición de outsider. Definirte como representante de la gente, y en contra de la casta política, es un encuadre eficaz. Una bala que entra y, como tal, se puede usar solo una vez: cuando te sentaste en el recinto, o lo rompés o sos parte.

El tercer factor es la combinación entre activistas radicalizados y seguidores moderados, que componen su base electoral. El factor común de sus adherentes no es la serpiente: es el desencanto. El Casta vs Gente tiene la capacidad de encarnar en sectores sociales y franjas etarias muy diferentes. Desde quienes usan positivismo como sinónimo de optimismo hasta los que te invaden de historias de IG en cada aniversario de Cerati. Libertarios, sí, pero de Nino Bravo.

El derecho a pasear en Clio

La desafección política, a diferencia del conflicto, es muda. Cuando el conflicto gana la calle, la asociación entre referentes, en tiempo real, y emergentes, en tiempo futuro, es clara. Así, la explosión de Podemo en el 2015 podía explicar su origen en los principales dirigentes del 15M, y el actual proceso chileno se macera en la gesta de Santiago. Los voceros de la desafección no están cantados. El malestar se endosa al portador. La relación entre los frustrados y Milei es más arbitraria que la Pablo Iglesias y los indignados o la de Gabriel Boric y sus cabros. No forman parte del mismo esquema político, no militan las mismas causas, no hay vínculo, antecedente, entre representantes y representados. La construcción de ese puente, entre malestar y emergente, demanda un ejercicio de comunicación que no puede ser subestimado.

No es buen plan pelearse con el síntoma. Pensar que cada persona que ve con simpatía a Milei es potencialmente de derecha es meter a la gente adentro de los manuales, con categorías que son ajenas. Los votantes de Milei son, en gran medida, beneficiarios de políticas públicas, pasadas y presentes, tentados a redimir un pasado de derechos que los "condicionan" con la fuerza de un futuro que los "libera". Ni la excentricidad, ni la tendencia a la espectacularización, ni la dialéctica contrasistema, ni el casta/gente, representan aportes originales en el escenario de la comunicación política. Tampoco la incorporación de la tecnopolítica como base multiplicadora. Lo novedoso está dado por la combinación de valores posmodernos - individualismo, libertad, meritocracia- con modos de organización contrasistema y un público activo, que prioriza expectativas a pertenencia. Los liberales también pueden construir sentido, paseando en su propio Clío.