Masking: vivir con una máscara
Estar constantemente actuando o fingiendo produce un gran desgaste psicológico
La hipocresía es una actitud mal vista por todos. La hipocresía no nos gusta. Es una conducta que se relaciona habitualmente con la mentira: la persona manifiesta una incoherencia en sus actos que nos hace daño. Etimológicamente, la palabra hipocresía proviene del griego y literalmente significa 'responder con máscara'. De esta forma, la propia palabra ya indica que se trata de ocultar una parte de uno mismo. Un comportamiento hipócrita es aquel en el que la persona demuestra una incongruencia entre sus acciones o entre sus acciones y sus palabras. Incongruencia que está relacionada con mostrar una imagen de uno mismo que no es la real.
En Grecia, el hipócrita era el actor, el que hablaba bajo una máscara y envuelto en un disfraz. Hoy al hipócrita se le aprecia en los reality shows y en las películas de intriga; su farsa nos divierte. Algunos se sienten realmente mal cuando no destacan; son los que no pueden soportar pasar desapercibidos. Personas que buscan aceptación desesperadamente, que esconden su ira para parecer tranquilas, que construyen un muro para compensar sus inseguridades, que realmente buscan mezclarse para sobresalir.
¿Por qué una persona querría esconder su verdadera personalidad? El eje central de la hipocresía es la incongruencia, aunque las necesidades de grupo, como la aceptación o la autoestima, también juegan un papel fundamental. De hecho, también se puede ser hipócrita con uno mismo como forma de ocultar disonancias cognitivas o como mecanismo de defensa para no afrontarlas.
Vivir en sociedad tiene grandes ventajas para nosotros como especie. De hecho, la interacción con los demás es fundamental para el mantenimiento de nuestra salud física y psicológica. Sin embargo, para encajar y ser aceptados por el grupo, nos vemos obligados a entrar en el estrecho molde de la aparente "normalidad". Así, quienes difieren de este en algún sentido, se ven abocados a emplear el "masking", algo que puede resultar muy perjudicial.
El masking es una estrategia de afrontamiento que consiste en adaptar la conducta a lo socialmente esperado. Se trata de una suerte de camuflaje social que muchos llevan a cabo para parecer socialmente competentes y ajustarse a lo que se entiende por normalidad. Hablamos de una costumbre que, en su justa medida, puede ser muy adaptativa, pero que también puede limitarnos mucho cuando terminamos disolviendo por completo nuestra identidad en el contexto.
Tener que estar constantemente actuando o fingiendo produce un gran desgaste psicológico. Cuando el masking se mantiene a diario y por un largo tiempo, puede derivar en episodios ansiosos y depresivos e incluso en disociación. Y es que la persona se ve desligada de sus verdaderos pensamientos, sentimientos e impulsos al tener que dirigirlos y modificarlos constantemente.
La máscara de tipo duro, el niño bueno, el salvador... Aprendemos a usar máscaras desde que somos niños hasta que morimos. Algunas de ellas nos salvan, otras nos dañan. Todos utilizamos máscaras en algún momento, pero algunas las llevamos tanto tiempo que se quedan adheridas a nuestro ser. Son instrumentos que utilizamos para intentar adaptarnos a unas circunstancias y, así, reinventarnos a fin de seguir adelante. Nos permiten actuar como si fuésemos capaces de cualquier cosa y nos protegen de lo que creemos que puede dañarnos.
A veces, llevamos tanto tiempo puestas estas máscaras que se quedan adheridas a la piel. Y nos preguntamos, ¿realmente somos así? ¿Esta máscara es parte de nuestra esencia? Las máscaras que una vez nos protegieron muchas veces dejan de funcionar y se convierten en una forma de desconexión con nuestras emociones, olvidándonos de los verdaderos deseos y valores. La pérdida de la esencia y de la conexión emocional puede llevarnos a un callejón sin salida, tratando de utilizar la misma máscara una y otra vez, aunque la vida cambie y esa obra que vivimos ya haya bajado el telón.
"Un falso profeta llegó a la aldea y aterrorizó -interesadamente- a todo el mundo, con amenazas de males que vendrían del bosque. Las personas, asustadas, reunieron una enorme cantidad de dinero y se la entregaron a este hombre -que mostraba seguridad- con el objetivo de que alejase de allí aquellos peligros.
El hombre compró algunos panes viejos, y empezó a arrojarlos a trozos alrededor del bosque, recitando palabras incomprensibles. Un muchacho se le acercó: -¿Qué está usted haciendo? -Estoy salvando a tus padres, a tus abuelos y a tus amigos de la amenaza de los tigres.
-¿Tigres? ¡Pero si no hay tigres en este país! -Gracias a mi magia, dijo el falso profeta, que como puedes ver, funciona siempre.
El muchacho aún quiso replicar alguna cosa, pero los habitantes decidieron expulsarlo de la ciudad, pues estaba estorbando el trabajo de aquel hombre, aparentemente, santo."