No necesitamos demostrar nada a nadie

Somos seres únicos e irrepetibles y valiosos sólo por existir

Decía San Agustín: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. Intentar ser los mejores o mostrarnos particularmente superiores en algún aspecto al promedio de las personas, es una señal inequívoca de inseguridad. Aunque ninguna persona necesita demostrar nada a nadie, hay quienes piensan que sí y actúan en función a ello. En el fondo lo que existe es un profundo deseo de que los demás nos validen. 

Y de esa manera se forja una visión distorsionada de la realidad. Hay una percepción vertical, peligrosa, de uno mismo, en relación con los otros, que nutre los distanciamientos y el conflicto, pero adicionalmente conduce al error con gran facilidad. La arrogancia es una característica que destruye, pero también autodestruye. Produce un estancamiento en el desarrollo emocional y es propia de quienes han tenido dificultades para establecer el límite entre el mundo externo y el interno. 

El soberbio sólo puede ejercer su excesivo narcisismo menospreciando a otros y a la realidad misma. Así, hablamos de personas que tienen dificultades importantes para establecer lazos de intimidad con otras personas. Lo común es que el soberbio termine siendo víctima de su autoengaño, bien sea porque la distorsión de la realidad le conduce a cometer errores o bien porque este defecto se paga con soledad y rechazo por parte de los demás. 

La arrogancia es un tipo de soberbia en el que las conductas se orientan a controvertir a otros, o enemistarse con otros, denigrándolos. Se busca que los demás queden por debajo. Es el caso típico de los “sabiondos”. Personas que no le conceden espacio a la duda y que, con pocos datos, hacen generalizaciones como si fuesen verdad absoluta. O de quienes se sienten moralmente superiores a los demás, utilizando su escala de valores para juzgar a todos. Están convencidos de que nada pueden aprender de los demás. Por eso, ni siquiera se toman la molestia de consultar la opinión de los otros, sino que dan por hecho que su percepción es mejor.

Las personas con una autoestima alta y óptima se sienten seguros de sí mismos y esa seguridad nace de su propio interior; no depende del exterior, ni de los logros, ni del éxito, ni del físico. Por lo tanto, alguien que está continuamente buscando alabanzas y valoraciones por parte de los demás, está demostrando que él mismo carece de ellas. Probablemente no se guste a sí mismo o no le guste cómo es su vida, pero lejos de reconocerlo y ponerse en marcha para cambiar, lo esconde y le dice a todo el mundo lo maravilloso que es él y todo lo que le rodea. El problema es que, si bien es fácil engañar a los demás y hacerles creer que somos quienes en realidad no somos, no es tan sencillo engañarse a uno mismo.

Los soberbios presumen de aquello que no tienen e intentan destacar cada vez que tienen oportunidad. Al final son rechazados por tanto mirarse a sí mismos. Tienden a alardear colocándose falsas virtudes personales, ostentando valores e intentando llamar la atención. Estos perfectos son, como tales, negadores. La omnipotencia, por lo general, es un recurso defensivo que hace alianza con la negación. Hace falta negar esos aspectos que muestran la impotencia y la inseguridad y, mágicamente, armar un personaje omnipotente y seguro de sí mismo. 

Una buena autoestima implica valorarse, quererse estando lejos del egoísmo o la egolatría. Es entender las propias limitaciones y capacidades. Se trata de saber qué es lo que se puede o no, cuáles son las fortalezas, recursos y debilidades. En definitiva, un reconocerse de manera íntegra y sincera. Es un proceso autorreflexivo que explora tanto las propias virtudes como los defectos: recapacitar sobre nuestros valores personales, sentirnos valiosos para nosotros mismos y los demás. Porque si lo hacemos, ofreceremos a los otros lo mejor de nosotros.

Somos seres únicos e irrepetibles y valiosos sólo por existir; no necesitamos que los demás nos lo recuerden cada día. Ya sabemos quiénes somos, empecemos a querernos más y a ser libres y menos dependientes. No tenemos que demostrarle a nadie nada. No somos el centro del universo, la gente está ocupada en sus asuntos. Cultivemos nuestro propio interior y el amor y respeto hacia nosotros mismos. 

“Cierto día, el maestro prometió a su discípulo una gran enseñanza, una que no podría encontrar en ninguno de los libros escritos por el hombre.

El alumno, soberbio e impaciente, le pidió al sabio que cumpliese su promesa con celeridad. El maestro, entonces, le ordenó: -"Sal afuera, bajo la lluvia y quédate con los brazos abiertos, mirando al cielo. Permanece así durante tres horas. De esta forma, se te revelará la enseñanza."

Al día siguiente, el discípulo, resfriado, fue en busca de su maestro, y le dijo: -"Maestro, seguí su consejo y la lluvia me caló hasta los huesos. Me sentí como un verdadero idiota."

-"Muy bien", dijo el sabio, "para ser el primer día creo que es una gran enseñanza... ¿no te parece?"