Una transición endiablada donde pierde el que se equivoca
El establishment contiene la respiración. Las crisis internas que sacuden a Juntos por el Cambio y al peronismo en simultáneo y el estancamiento de Javier Milei en las encuestas agigantaron una incertidumbre que pocos preveían para esta altura del año. Para peor, las negociaciones con el Fondo Monetario se congelaron hasta el cierre de listas y el tic-tac de los vencimientos de fin de mes no parece alarmar al Ministerio de Economía. Como en el juego de quién pestañea primero o el peligroso “chicken game” automovilístico, todos apuestan a aguantar hasta que se equivoque el rival.
Con el dinero fresco que se trajo de China, Sergio Massa tomó dos decisiones: frenar lo más posible el dólar para usarlo como ancla antiinflacionaria y acelerar la purga del albertismo residual del Frente de Todos, que se convertirá en cuestión de días o semanas en una sociedad bicéfala. La jugada fue preparada en el pizarrón de Cristina Kirchner y afinada durante la gira oficial por Oriente, donde el ministro y el diputado Máximo Kirchner tuvieron agendas paralelas pero con tiempos reservados para la rosca.
Hasta que terminen de definirse las candidaturas, el viaje relámpago a Washington que preparaba Massa para la semana próxima quedó en suspenso. El Fondo se plantó y no alcanzaron los buenos deseos de Juan González, el asesor de Biden para Latinoamérica, que prometió “hacer todo lo posible desde la Casa Blanca en el contexto de la negociación” y reclamó al Fondo que “responda al reto que representa Argentina”. Al parecer, como ya sospechaban en el quinto piso de Economía, algo falla en la comunicación entre el Salón Oval y el Departamento del Tesoro, desde donde se imparten las órdenes políticas al organismo multilateral. O alguien miente.
La última oferta del staff no es especialmente generosa: Luis Cubeddu transmitió que podría adelantar la mitad de los desembolsos previstos para lo que queda de 2023 y habilitar que el Gobierno utilice un 20% para intervenir en el mercado cambiario. Son U$S 5.000 millones y U$S 1.000 millones respectivamente. Lo que reclaman los negociadores es el frontloading completo y que se pueda usar un 60% del dinero para estabilizar la divisa. Aunque firmarían por un 40%, el problema es el denominador. Si les dan la venia para usar el 40% de 5.000 millones tampoco alcanza para sofocar la corrida preelectoral que todos auguran.
Los contactos más recientes fueron entre segundas líneas. Por separado, Leonardo Madcur y Gabriel Rubinstein por Economía y Jorge Carrera por el Banco Central -supervisado por el massista Lisandro Cleri- intentaron ablandar por Zoom a los tecnócratas de la calle 19. No hubo caso. Por las dudas, avisaron puertas adentro, los vencimientos del 21 y 22 de junio pueden pagarse hasta el 30. Con intereses punitorios, claro.
La portavoz del organismo, Julie Kozack, hizo malabares para explicar el empantanamiento de las tratativas. Sabe que su cabeza y la de Kristalina Georgieva penden de un hilo y que ese hilo amenaza con cortarse si colapsan Argentina o Egipto, sus dos principales deudores, que concentran un 41% de su cartera total. Su principal amenaza es Gita Gopinath, número dos de Georgieva, con quien se alineó la mayoría del staff.
No es el único desacuerdo. El equipo de Massa también pidió que el reciclaje del programa que tumbó la sequía incluya “espacio fiscal” para la campaña. Es decir, que se relaje la exigencia de ajuste que empieza a sofocar a la actividad económica por el lado de la demanda. Sea candidato a presidente o a senador por la provincia de Buenos Aires (una alternativa que suena cada vez más), el jefe del Palacio de Hacienda es consciente de que no puede salir a pedir el voto mientras sigue empuñando la tijera. El millón de jubilados que no cobra bonos por percibir más que dos haberes mínimos, por ejemplo, sufrió en el último año un recorte real del 13%, según datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC).
A pedir de Pato
Del otro lado de la grieta, Horacio Rodríguez Larreta no pega una. Amagó con el parricidio político que se le exige a todo heredero para reconocerlo como tal al anunciar las elecciones “concurrentes” en la Ciudad en beneficio de Martín Lousteau, pero después ungió al primo de quien quería jubilar como precandidato de su partido para sucederlo. Para hacerlo desechó a Fernán Quirós, su apuesta personalísima, sin importarle que sigue siendo uno de los pocos políticos del país con más del doble de imagen positiva que negativa. Pero Jorge Macri terminó por pegarle un elocuente e injustificado faltazo a la reunión de gabinete de esta semana, donde él le devolvió gentilezas con otro guiño a Lousteau. Todo daño.
En simultáneo, el jefe de gobierno presionó por el ingreso del peronista cordobés Juan Schiaretti a Juntos por el Cambio para disolver a Patricia Bullrich en las PASO y volvió a fracasar. Terminó conformándose con sumar a un deslucido José Luis Espert, en otro intento por contener votos que se fugan por derecha pero que volvió a mostrarlo a los bandazos.
La novedad no es tanto la paulatina sangría de votos de Larreta como el envión de Bullrich, a quien los empresarios ven cada vez más como una alternativa de poder potable. La conflictividad que asoma para las próximas semanas, cuando van a ir venciendo tanto las paritarias semestrales de enero como las trimestrales de abril, puede convertirse en otro factor aglutinante en torno a la exministra de Seguridad. Enfrente de cada corte de calle o de ruta, entre los automovilistas indignados, Bullrich gana adhesiones sin hacer campaña.
Todo parece jugar a pedir de la jefa de los halcones. Las antiguas palomas que trabajan con ella, con Emilio Monzó y Nicolás Massot a la cabeza, procuran anudar un acuerdo con los radicales que no responden a Gerardo Morales. Son los candidatos de JxC en las provincias más pobladas: Carolina Losada en Santa Fe, Luis Juez en Córdoba y Alfredo Cornejo en Mendoza. Para Massot, es casi una venganza personal: Larreta lo echó del directorio del Banco Ciudad apenas anunció que se sumaba al equipo de Bullrich, a mediados del año pasado.
Su punto débil es el programa económico, todavía muy condicionado a que haya una devaluación explosiva antes de que asuma y un pico inflacionario (acaso una híper) que facilite el ajuste al licuar el circulante, los ingresos y los depósitos en los bancos. Es un escenario que, con algo más de apoyo internacional, Massa podría esquivar. Por eso los hombres de negocios empezaron a consultar a los economistas que reunió Larreta en el bunker que visita a diario en plaza San Martín si se sumarían a una eventual gestión de Bullrich.
El cuco de todos ellos es Carlos Melconian. Temen que llegue con un plan “llave en mano” y los pase por arriba. Sus críticos recuerdan que cuando Macri se lo ofreció, declinó. Y le reprochan que se fue aplaudido por los bancarios en la sede central y abrazado con Sergio Palazzo. “Es fácil hablar de ajustes. Lo difícil es hacerlos”, refunfuñan.
Después del jet-lag
Todavía afectados por el jet-lag, los dirigentes oficialistas que viajaron a China disparan al bulto. Furiosa con Victoria Tolosa Paz y Daniel Scioli porque no se bajan, Cecilia Moreau abrió fuego apenas aterrizó. Y se viene otra ráfaga renovadora en el congreso partidario que proclamará al ministro como precandidato del espacio y que tendrá kirchneristas invitados. Será otra ocasión para poner en escena al nuevo Frente de Todos, sin albertistas.
Del otro lado tampoco cesa el fuego. Todavía herido en el ego, Martín Guzmán transmitió a un par de empresarios una pregunta envenenada. Si parte de los desembolsos del FMI se usan ahora para intervenir en el mercado cambiario, ¿no equivale a tomar deuda en términos netos con el Fondo? Y si es así, más allá de la tasa, ¿no debería pasar por el Congreso? El recordatorio no obvió un detalle: la ley que obliga a hacerlo fue aprobada en 2021 con mayoría de votos oficialistas. Incluido el de Máximo Kirchner.
El despoder es así de cruento. Lo sabe Santiago Cafiero, quien no pudo evitar que su archienemigo Gustavo Martínez Pandiani, el canciller paralelo que hizo nombrar Massa en la subsecretaría de Asuntos Latinoamericanos, se asegurara la embajada en Suiza por si su jefe recala en un sillón que no sea el de Rivadavia. Está tan endiablada la transición que nadie se quiere quedar sin una póliza de seguro.