Carrera electoral

El drama del ballotage que el gobierno no puede modificar

El oficialismo impulsará en el Congreso una reforma electoral muy favorecedora que complica las posibilidades del peronismo, pero no puede evitar algo que hoy empieza a jaquear sus posibilidades: la segunda vuelta.

Históricamente, el peronismo nunca ganó un ballotage desde que el mismo se hizo obligatorio en la reforma electoral de 1994. Los esfuerzos de los herederos del General por evitar esa segunda vuelta resultan conmovedores, pero cada vez que cayeron en esa trampa que Raúl Alfonsín y Enrique "Coti" Nosiglia les tendieron dentro de aquel "Núcleo de Coincidencias Básicas" que fue la madre de la reforma, perdieron.

Esa reforma tuvo tres trampas en las que los negociadores de Carlos Menem cayeron, maniatados por la ambición del riojano de obtener la posibilidad de reelección: el tercer senador por provincia mas la inclusión de Senadores por la CABA, lo que evitó que el peronismo tenga eternamente dos tercios en la Cámara Alta; la provincialización de la Ciudad de Buenos Aires, que le garantizó al "no peronismo" un distrito para gobernar a perpetuidad y; la segunda vuelta electoral, que le permitió, también al "no peronismo", llegar a la presidencia periódicamente.

Curiosamente, el único gobierno post reforma no relacionado al peronismo que no necesito de la segunda vuelta, fue el de Fernando De la Rúa, que obtuvo el 48% de los votos en primera vuelta. Mauricio Macri venció a Daniel Scioli en ballotage, Javier Milei a Sergio Massa con el mismo mecanismo. Por el contrario: Carlos Menem en su segundo mandato, Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner dos veces y Alberto Fernández, lograron ser electos porque lo hicieron en primera vuelta.

Hay varias explicaciones de este fenómeno. Algunos dicen simplemente, que la mayoría de los electores en nuestro país es "no peronista", una calidad que no alcanza para coaligarse detrás de un único candidato, pero ese es un problema que se resuelve en segunda vuelta, cuando solo hay dos opciones y una siempre es peronista. Otros agregan datos que no hay que descartar: el aparato del peronismo, en todos los grandes centros urbanos, solo trabaja en la elección general, cuando también se eligen intendentes, concejales, tal vez gobernadores, una vez concluida esa elección, todos ya tienen o no tienen su "contraprestación", nada los motiva a trabajar de vuelta para que el presidente sea uno u otro.

Sea cual fuese el origen del fenómeno, parecen dadas las condiciones para que el mismo mute. Reuniendo los datos de los diversos encuestadores y sistematizándolos, empiezan a vislumbrarse dos hechos: el gobierno libertario ganaría una contienda de primera vuelta si hoy fuese una elección presidencial, pero perdería el ballotage. Es decir, hoy Javier Milei obtendría un número cercano al 38% de los votos y el peronista mejor posicionado, Axel Kicillof, rondaría el 27%, aunque hay otras versiones de justicialismo que colectarían otro 20%. En tales condiciones, los libertarios deberían enfrentar una segunda vuelta en la cual, el margen para crecer y llegar del 38% al 50% se acerca a cero.

Los datos son claros, el presidente ha perdido su encanto, su personalidad ya no es tan magnética, sus actitudes ya no sorprenden. De entre los problemas que la sociedad menciona como los más acuciantes están: los bajos salarios y la corrupción, a la par. Si, muchos descubrieron que en el gobierno violeta también hay corrupción y eso rompe el voto blando antiperonista.

Es cierto y lo hemos dicho, Milei fracturó la base electoral clásica del Partido Justicialista. En las elecciones de medio término de octubre pasado, sumando todos los municipios del conurbano bonaerense, los libertarios le ganaron por 0,5% al peronismo. Más que suficiente para volcar la balanza en todo el resto del país.

Pero esa virtud parece ser también un óbice. Tal como el peronismo de antaño, su base electoral es alta, pero el núcleo de electores blandos son volátiles y están dejando de lado el encanto iracundo que generaba el presidente.

El gobierno lo sabe. El intento de derogar definitivamente las PASO no está tan relacionado con el gasto que generan, sino más bien con evitar que el peronismo se ordene. Hoy, la oposición justicialista no tiene un liderazgo claro. Las primarias les permitirían aplicar una lógica histórica: "el que gana lidera y el que pierde acompaña", con lo cual llegarían a enfrentar al oficialismo en la general, todos juntos. Sin PASO, es más que probable que haya muchas listas peronistas con bajo impacto.

De tal modo, derogando las primarias el gobierno se saca de encima el primer gran problema. Pero el segundo es insalvable, porque es de orden constitucional: la segunda vuelta electoral vuelve a ordenar las cosas. En un uno contra uno, el electorado peronista se encolumna solo y quedará pendiente de dirimir que preferencia toma el electorado "no peronista" pero altamente disconforme, como el que ya puede verse en las mediciones.

Dependerá de la narrativa peronista seguramente, que deberá ser lo menos populista posible, lo menos anticuada y lo menos divisiva para poder contener las aspiraciones de los diversas sectores sociales.

Pero por primera vez, los datos señalan que un gobierno no peronista podría perder su relección si no logra evitar el ballotage y todo indica hoy que la tiene muy complicada. El presidente Milei contó en campaña que le había puesto una foto de la cara de Alfonsín a un muñeco, para golpearlo. No sea cosa que fuese un tentempié, se le vuelva encima y se produzca una venganza involuntaria del viejo líder radical.

*Director de Relaciones Institucionales de Grupo Crónica

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