Malformación

¿Es Latinoamérica el territorio de los Estados Frankenstein?

Leyes obsoletas, organigramas inflados y sistemas que no conectan entre sí definen el desorden crónico de las administraciones públicas en la región. La inserción de la inteligencia artificial en este escenario amenaza con acelerar las fallas en lugar de corregirlas.

En buena parte de América Latina, el Estado no parece el resultado de un diseño deliberado, sino de una criatura armada a retazos. Capas de reformas superpuestas, programas que se acumulan sin reemplazo y agencias que nacen y mueren al ritmo de las urgencias electorales dejan un cuerpo pesado, desordenado y difícil de conducir. Como en la novela de Mary Shelley, el problema no es solo la criatura, sino la falta de un creador dispuesto a hacerse cargo de lo que puso en movimiento.

En la historia de Shelley, la tragedia no empieza con la monstruosidad, sino con la huida de Víctor cuando ve respirar a su creación. El verdadero horror no es el cuerpo ensamblado, sino el creador que se enamora de la idea de "dar vida" y desaparece cuando aparecen las consecuencias. Algo parecido pasa con los Estados latinoamericanos: son resultado de procesos históricos largos, hechos de conflictos, pactos y reformas; pero hoy lo decisivo no es cómo nacieron, sino cómo se los abandona. Dirigencias que prometen refundaciones, modernizaciones o recortes heroicos, y que al momento de sostener lo creado se borran del cuadro.

Si se miran las últimas décadas, el patrón se repite. Primero la ola de modernización vía mercado: achicar al Estado para hacerlo más eficiente. Después la vuelta del Estado social: expandir programas y oficinas para reparar el daño. Más tarde, la "nueva gestión pública" y la "transformación digital": indicadores, plataformas, trámites en línea. Lo que casi nunca aparece es el momento intermedio: ordenar lo que ya existe antes de agregar o destruir. El resultado es un Estado-Frankenstein construido por acumulación desordenada, no por diseño.

Cuando se lo mira como cuerpo, la metáfora deja de ser literaria. La primera capa es la normativa: leyes, decretos y reglamentos que se apilan sin depuración. Cada crisis agrega regímenes especiales y excepciones; lo que empezó como marco termina siendo una piel que inmoviliza. La segunda es la organizacional: ministerios, agencias, fondos y programas que se suman sin que nadie se anime a cerrar los que ya no tienen sentido. El organigrama se parece más a un archivo de batallas pasadas que a un diseño de futuro.

La tercera capa es la operativa: formularios, circuitos de firma, sistemas que no hablan entre sí. Ventanillas que piden varias veces la misma información, plataformas digitales montadas sobre bases de datos viejas, protocolos pensados para un mundo que ya no existe. La cuarta es la cultural: la trama de miedos, atajos y lealtades informales que indica qué conviene tocar y qué es mejor dejar quieto. Funcionarios que aprenden que innovar es más peligroso que repetir un procedimiento obsoleto.

Cada capa, por separado, podría ser manejable. El problema es cuando intentan operar juntas. La norma no conversa con la estructura, la estructura no conversa con los procesos, los procesos no conversan con la realidad. La criatura avanza porque millones de personas empujan desde adentro, no porque su anatomía esté bien resuelta.

En ese contexto irrumpe la inteligencia artificial como tercera generación del monstruo. Algoritmos que asignan turnos, priorizan beneficiarios, ordenan inspecciones o clasifican causas prometen más rapidez y menos discrecionalidad. Pero si se los suelta dentro de un Estado incoherente, no corrigen la deformidad: la aceleran. El expediente sigue firmado por humanos que ya no pueden explicar por qué un caso fue aceptado o rechazado. La criatura decide; el creador firma sin entender qué está firmando.

La escena final de la película de 1931 es un molino en llamas, con la criatura atrapada adentro y el pueblo celebrando el fuego purificador. En América Latina conocemos demasiado esa tentación: dirigentes que crean sin tutoría, sociedades agotadas que aplauden la demolición como solución. El problema no son solo los Estados deformes; es la ética del creador que huye.

Tal vez la pregunta hoy no sea si hay que seguir creando nuevas criaturas institucionales, sino quién va a quedarse en el laboratorio cuando empiecen a moverse. No crear sin integrar, no integrar sin sostener, no sostener sin revisar: una ética mínima del creador responsable. El monstruo ya está vivo. La decisión pendiente es si volvemos a incendiar el molino o aprendemos, por fin, a cuidar al cuerpo que tenemos.

* Politólogo (UBA) y consultor en estructura y gobernanza organizacional. Asesora a organismos públicos, sindicatos y empresas en América Latina en diseño institucional y desarrollo de capacidades directivas. Ha trabajado con instituciones como el Banco Mundial, el BID, el CLAD y gobiernos nacionales y provinciales. Docente universitario.