¿Es necesaria la industria nacional?
Los recursos naturales pueden impulsar el crecimiento, pero el desafío pendiente es definir qué tipo de desarrollo quiere construir Argentina
*Por María Pía Nicocia
Cuando una fábrica cierra, rara vez desaparece solamente una planta industrial y los puestos de trabajo que sostenía. Con ella se apagan una red de actividades y vínculos que forman parte de la vida económica y social de una comunidad. El kiosco que vendía cafés durante los cambios de turno, el proveedor local que fabricaba insumos, el transportista que distribuía la mercadería o el taller que se especializaba en reparar maquinaria también sienten el impacto. Por eso, las consecuencias no se limitan solamente a lo económico.
En Argentina, el debate sobre la industria suele quedar atrapado en dicotomías: proteccionismo o apertura, recursos naturales o valor agregado. Sin embargo, detrás de esas discusiones subyace una pregunta mucho más profunda: qué tipo de empleo, y de sociedad queremos construir en las próximas décadas. A ello se suma otro problema que empobrece el análisis: hablar de la industria como si se tratara de un sector homogéneo.
Cuando se piensa en la producción, las imágenes que suelen imponerse son las de una cosechadora en un campo o un pozo petrolero, pero esa fotografía apenas captura una parte de la realidad.
Los datos recientes reflejan esta heterogeneidad. La agroindustria explica el 28,5% de la producción industrial y genera un superávit comercial superior a los USD 30.800 millones. En el otro extremo, las industrias del conocimiento representan apenas el 5,5% de la producción pero pagan salarios casi un 89% superiores al promedio y registran niveles de formalidad cercanos al 96%. Dos sectores, dos lógicas, y casi ningún punto de contacto entre ellas.
También se pone de manifiesto que no todos los sectores enfrentan los mismos desafíos ni realizan el mismo aporte a la economía. También revela la persistencia de una de las principales limitaciones estructurales del desarrollo argentino: la restricción externa.
En un país donde los dólares suelen escasear antes que las capacidades productivas, muchas actividades encuentran un límite a su crecimiento precisamente en la necesidad de importar bienes intermedios para seguir creciendo.
Las diferencias también aparecen cuando se observa la calidad del empleo que genera cada actividad. Las industrias tradicionales, concentran cerca de 870.000 puestos de trabajo y continúan siendo una fuente fundamental de empleo. Sin embargo, enfrentan crecientes dificultades para sostener su competitividad, con márgenes de rentabilidad cada vez más estrechos y salarios relativamente bajos.
En el otro extremo se ubican las industrias del conocimiento que, aunque representan apenas el 5,5% de la producción, exhiben indicadores laborales significativamente mejores: pagan salarios casi un 89% superiores al promedio de las ramas tradicionales y registran niveles de formalidad cercanos al 96%.
En este contexto, Vaca Muerta aparece como la gran respuesta a varios problemas. Neuquén concentra cerca del 70% de la producción nacional de petróleo y el sector energético volvió a exhibir superávit comercial impulsado por el auge de los hidrocarburos no convencionales.
Neuquén concentra cerca del 70% de la producción nacional de petróleo
A estas oportunidades se suman las perspectivas de expansión asociadas al litio, al desarrollo del GNL y a una industria petroquímica que podría ganar competitividad gracias a la disponibilidad de gas a bajo costo. Sin embargo, se trata de actividades altamente intensivas en capital, que demandan inversiones multimillonarias pero generan relativamente poco empleo directo en relación con los recursos comprometidos.
La decisión de YPF de concentrar sus inversiones en Vaca Muerta y desprenderse de yacimientos convencionales aceleró un proceso de reconversión que dejó miles de trabajadores fuera de la actividad en la Cuenca del Golfo San Jorge. En ciudades como Comodoro Rivadavia, donde durante décadas el petróleo estructuró tanto la economía como también la identidad colectiva, el cambio dista de ser una discusión técnica sobre productividad. Sus efectos se perciben en la vida cotidiana ya que las familias encuentran cada vez más dificultades para reinsertarse en el nuevo mundo del trabajo. Una vez más, las actividades capaces de generar divisas y mejorar la balanza comercial no siempre son las que más empleo crean ni las que mejor distribuyen sus beneficios. Por eso, la discusión industrial excede la cuestión de la competitividad.
En un país donde la informalidad laboral ronda el 43%, la industria manufacturera sigue siendo una vía clave de movilidad social: permite acceder a empleos formales para trabajadores con distintos niveles de formación, reúne perfiles diversos bajo condiciones laborales comunes y sostiene gran parte de las economías regionales. Esa función distributiva no aparece en ningún balance comercial, pero es parte de lo que está en juego cuando se discute el perfil productivo del país.
Argentina necesita los dólares que puede aportar Vaca Muerta. Necesita exportar más, fortalecer sus reservas y aprovechar sus ventajas competitivas. Pero también necesita los millones de empleos que sostiene la industria manufacturera, las cadenas de proveedores que dependen de ella y las comunidades que encuentran allí su principal motor económico: generar divisas es una condición necesaria para el desarrollo, pero no suficiente.
Una economía puede crecer sin generar empleo, exportar más sin integrar territorios e incluso acumular superávit mientras se vacían ciudades industriales. Los recursos naturales pueden aportar los dólares que el país necesita. Lo que se construye con ellos es otra discusión - y es la que todavía falta.