El porno, frontera entre la realidad y la ficción

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Hace no mucho, estaba en una reunión de personas a las que casi no conocía. Me preguntaron a qué me dedicaba, y empezamos a hablar de cine. En un momento conté que escribo estas columnas sobre sexo, porno, etcétera, y comenzó lo de siempre: risitas medio histéricas, una cara seria, curiosidad. Siempre que me pasa algo así, imagino que quienes padecen esos ataques de pudor en realidad miran porno con vergüenza o desean mirarlo pero no se animan. En fin: en esos casos, uno no puede decir "el porno es inocuo, un cine más, no tiene gran importancia, si quieren ver, vean y gocen, no pasa nada", porque el sexo es algo vergonzante incluso con tanto discurso de liberación del deseo dando vueltas. Quizás sea solo la Argentina.

De todos modos, aprendí qué decir en esos casos. Digo que lo apasionante (sic, no se rían) del porno consiste en su cualidad de cine fronterizo. Hoy es una triple frontera: entre la ficción y el documental, y entre el cine y la televisión -tal como la conocíamos, de paso. Pero quedémosnos con la primera, con la que suele separar en términos generales el documental de la ficción. Primero, algunas definiciones.

No es el lugar para definir con precisión "documental" y "ficción". Encima hay mucho cine que está entre ambos modos. Pero para el caso: "documental" es una película que toma y muestra algo de la realidad, es decir registra el mundo en el que vivimos tal cual es con el mínimo de artificio. "Ficción" es todo aquello que inventa personajes, puesta en escena, diálogos, etcétera. Digamos: un documental sobre Napoleón (dado que no hay "Napoleón" vivo) será un registro de documentos, imágenes de los lugares que supo frecuentar, gente hablando del personaje o discutiéndolo. En cambio Napoleón, la película gigante de Abel Gance, es una ficción que "adapta" hechos históricos para contar un cuento. Puse específicamente un caso difícil, pero queda más claro si piensan que el Napoleón de "Napoleón" es un actor que lo personifica, porque el verdadero petiso Emperador era fiambre hacía décadas. ¿Sí?

Pues bien. Ahora vamos a la fascinante naturaleza del cine pornográfico. Quedémosnos, también, con lo que legítimamente podemos definir como "cine pornográfico", es decir, películas donde hay secuencias de sexo explícito, y no solo compilaciones de actos sexuales filmados. Es decir, obras como Garganta Profunda, Taboo, Detrás de la puerta verde, I like to watch, Debby does Dallas o The opening of Misty Beethoven. En todas esas películas hay una serie de personajes que pueblan la trama, que se relacionan entre sí y cuyos problemas y peripecias seguimos porque nos interesan (si la película está bien hecha, queda claro). En cada una de ellas hay una situación específica o un problema que debe resolverse: en Garganta... que una chica que tiene el clítoris en el fondo de su -obvio- garganta aprenda a gozar del sexo; que una madre insatisfecha logre el placer con su propio hijo, etcétera. Podemos decir que en esos tiempos el público necesitaba, todavía, el cine de narración tradicional para relacionarse con cierto tipo de imágenes (claro que esto es una hipótesis difícil de explicar en pocas líneas). Pero en todas estas películas, lo que hace importante el acto sexual es cómo se llega a él y qué significa, dentro de la ficción, para los protagonistas. En criollo: cómo termina esa madre teniendo sexo con ese hijo, algo que se va construyendo poco a poco. La ficción nos dice que son madre e hijo y el sexo entre ellos se potencia.

Pero dijimos que es un cine "fronterizo". Lo que mencionamos es el lado de allá de esa línea fronteriza. Ahora vamos al "acá". Cuando las personas se desnudan, cuando se desarrolla el núcleo del acto sexual, la ficción se cae. Pueden decirme que cuando ven a Tom Cruise correr sobre un techo londinense en la hermosa Misión: Imposible-Repercusión, nos importa ver a ese pibe de 56 años pegarse esa corrida, pero no es tan sencillo: más nos interesa que Ethan Hunt, el agente, alcance a su hombre. Bueno, en el cine porno no pasa lo mismo. En las escenas sexuales los personajes no solo se sacan la ropa: también se desvisten, justamente, de sus personajes. Son cuerpos interactuando, y lo que hace que esas secuencias sean efectivas no es que lo que lleva a ellas (eso causa una excitación digamos intelectual) sino que eso que vemos sea real. Reales genitales, reales sudores y fluidos, reales penetraciones. Eso es lo que desencadena la excitación física. Cuidado: no pasa solo con el porno. En el cine de terror, el suspenso antes del hachazo es el que causa la excitación intelectual,la curiosidad y el miedo. El hachazo que arranca una cabeza de la manera más realista, "documental", posible es la que desencadena el grito o la reacción física. Y algo similar pasa con la risa y el gag. Pero tanto el hachazo como el gag son ostensiblemente falsos, mientras que la penetración no tiene más remedio que ser real.

Así que el porno (no el cine erótico, donde el sexo es simulado, algún día vamos a explicar qué trucos se usan para eso) es al mismo tiempo ficción y documental. Ambas cosas. En el mismo momento. Es raro, claro, pero es así. Y su encanto o su peso en nuestra experiencia depende absolutamente de esa mezcla. Hoy la era digital y la capacidad de poder filmarse a uno mismo llevó la pornografía al campo de la TV: lo que importa es que sea real e instantáneo, que tengamos la impresión de que pasa en el momento en que lo vemos (el "estar ahí" de la TV en vivo). Así que el nuevo espectáculo pornográfico también es fronterizo aunque de otra manera: esa realidad que antes de maquillaba de una pequeña fantasía para justificar el sexo ahora tiene que ser "más real". De allí que abunden las "pruebas de amateurs" (el subgénero donde las chicas hacen castings porno mientras la cámara es los ojos de un hombre, de quien solo suele verse el sexo) o el plano secuencia, es decir la falta de corte para tomar la imagen completa, así como el sonido ambiente. Salir del todo de la ficción.

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