Las narraciones en el viejo cine pornográfico

La escena sexual. Lo que hacía interesantes y excitantes las secuencias sexuales del viejo porno era la emoción. Para que una secuencia cualquiera tenga fuerza, es necesario que el contexto y el relato la justifiquen.

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Hace casi una década que publicamos en este diario estas columnas sobre pornografía, sexo y todo lo que hay alrededor de esa rara conjunción que es el erotismo, el arte y el negocio que ambos implican. Lo hacemos con la convicción de que permite, de un modo clarísimo, hablar de otras cosas y, también, de entrar en cuestiones meramente cinematográficas que se notan de manera mucho más sencilla en esta conjunción única de la ficción más desatada con el realismo más extremo. Porque el porno es eso: una fantasía total que se materializa a través de las imágenes más verídicas posibles. Pero durante todo este tiempo, también, aparece la pregunta respecto de cuál es el problema del porno como arte. Es decir -y esto lo saben quienes siguen estos textos- por qué no existe ya un verdadero cine pornográfico o, al menos, por qué es muy difícil llamar "cine" a la producción audiovisual alrededor del sexo explícito.

La respuesta básica es sencilla: el sexo tiene pocas variantes. Una secuencia porno tiene cada vez menos eficacia a la hora de despertar el deseo o la excitación del espectador. Y quienes acuden a ellas (todo el mundo, para qué mentirnos), lo hacen de manera breve y selectiva. Las visitas a un sitio porno no suelen superar los cinco minutos, el tiempo que un usuario requiere para mirar, excitarse, alcanzar un orgasmo y dedicarse a otra cosa. Sí, así somos de básicos. Cinco minutos, de paso y antes de que alguien nos diga que es "rápido", es un promedio. El espectador general de sitios porno va a buscar casi siempre lo mismo, difícilmente explore alguna variante sexual que desconozca. De allí que el verdadero negocio de estos lugares no sea la emisión de contenido sino la venta de tráfico a terceros.

Ahora bien, también dijimos que alguna vez el cine pornográfico realmente existió. Fue en los dorados años setenta de la legalización casi global y hasta mediados de los ochenta con cierta fuerza, que comenzó a decaer desde entonces y alcanzó su piso actual en proporción inversa al crecimiento de la banda ancha. En esos tiempos, el sexo tuvo un cierto prestigio incluso intelectual. Se veía como un ejercicio de liberación y juego gracias a la popularización de los métodos anticonceptivos y a un cambio intelectual notable, especialmente de parte de las mujeres que comenzaron a incrementar su protagonismo en la sociedad. La música disco acompañó perfectamente esa época como una banda de sonido alegre y colorida: las fantasías eran parte de cierta realidad.

Eso permitía que el sexo explícito se incorporara al cine, pero también que el cine comentara el sexo como tema mostrándolo. Las secuencias porno de las películas de los setenta son mucho más realistas (especialmente en el cuerpo de los protagonistas) y rítmicas. Como además están musicalizadas al extremo, tienen un crescendo que combina imagen y sonido como nunca más se logró. Es cierto, también, que hay muy pocos ejemplos de películas porno de gran presupuesto, y que en realidad siempre fueron parte de ese campo difuso que solemos denominar como "cine independiente", lo que limitaba sus presupuestos. Pero lo interesante en todo caso es que gran parte de la fuerza del sexo explícito tiene menos que ver con qué se veía o qué hacían los protagonistas que el contexto narrativo en el que se desarrollaban tales secuencias.

¿Qué es lo que hace de El Diablo en Miss Jones un clásico? No solo que el sexo tarda en aparecer, sino que la protagonista se suicida y vuelve a la Tierra para desquiciarse porque se sabe condenada. Eso y el final desolador que recuerda A puertas cerradas, de Sartre. Y, claro, cómo van creciendo las perversiones a medida que transcurre la película. Es decir, el suspenso de la película es lo que le daba a cada secuencia -no podemos adivinar qué pasará en la escena siguiente por el cuerpo de la protagonista, además una mujer madura y no especialmente agraciada- la fuerza y la capacidad de excitación. La emoción era la que potenciaba lo hormonal.

Lo mismo puede decirse de Taboo: la película no es solamente sobre cómo una mujer se acuesta con su hijo, sino sobre cómo va rompiendo poco a poco las barreras que la sumen en la infelicidad y la insatisfacción. Es, sobre todo, un relato sobre la diferencia de las generaciones y sus mandatos, lo que termina derivando en el sexo feliz y liberador. Es lo que sostiene y lleva al sexo lo que le hace efectivo el sexo.

Calígula es un caso aparte, porque lo que filmó Tinto Brass, aunque incluye el erotismo, está lejos del porno. Las secuencias porno se insertaron después y la producción de la película es una historia apasionante -y larga- que rivaliza con la de Lo que el viento se llevó. Más allá de que uno puede ver a la gran Helen Mirren como nunca (debe de ser la única actriz ganadora del Oscar -por La Reina- que protagonizó un filme sindicado como pornográfico), lo que vuelve eróticas y tremendas las secuencias más fuertes consiste en que tratamos de responder hasta dónde la locura del protagonista -un desatadísimo y genial Malcolm McDowell- puede llevar el relato y cómo eso lo conduce a la autodestrucción.

En otros casos, el atractivo consiste en qué se interpreta en las secuencias sexuales (hay una protesta antiracista en Detrás de la puerta verde, por ejemplo, además de una reivindicación lateral del cuerpo "real"); o bien, en cómo se pueden registrar con gusto y gracia esas secuencias (The Opening of Misty Beethoven, sin ir más lejos). Pero en todos los casos mencionados aquí, y que -desgraciadamente...- son los títulos a los que siempre volvemos, lo interesante es que aparece un crescendo, un relato en el que el sexo va cambiando como cambian los protagonistas y, consecuentemente, nuestras emociones respecto de ellos y de lo que hacen. Eso lleva casi indefectiblemente -salvo el caso de Calígula, dijimos que es aparte- a una aceptación del sexo como una realidad gozosa y liberadora. Eso era en los años setenta. Algo extraño -y nada bueno- pasó en estas décadas donde en proporción directa a la facilidad con la que podemos acceder al sexo explícito apareció un nuevo tipo de hipocresía tratando de controlar los comportamientos más privados. Por cierto, eso es cosa de un mundo viejo y de viejos, y el mundo moderno -digital y global- se termina imponiendo.

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