Personalización y deepfakes: el futuro del porno

Compartir

No es extraño que vivamos preguntándonos cuál es el futuro de. El futuro de los medios, de la sociedad, de la política, del arte, del cine. También del porno, por qué no. El siglo XXI era, en el siglo XX, el del Milenio, la frontera tras la cual se abría el Universo tecnológico, la conquista del espacio, las consecuencias de la Guerra Nuclear. En fin, que llevamos ya dos décadas casi de este siglo "del futuro" y todavía no pudimos encontrar un buen reemplazo al paraguas, esa máquina de perderse. Los escritores de ciencia ficción fracasaron: en vez de abrirnos fraternalmente a la conquista de nuestros planetas vecinos, nos dedicamos a crear universos propios, personales, incluso secretos. Nuestra vida se partió: una "real", donde conseguimos el dinero suficiente para vivir, y otra "virtual" donde intentamos ser lo que las normas de la moral y las fuerzas de la física nos impiden. El gran tema de estas décadas -y Matrix no nos deja mentir- es la relación cada vez más estrecha y compleja entre la realidad y la fantasía, o entre lo cotidiano y lo trascendente, para ponernos un poco más serios. Es cierto que tal ha sido la razón de las religiones y los mitos (que no son cosas diferentes) desde que el hombre empezó a preguntarse para qué estaba en este cacho de piedra azulado. Pero en los últimos cincuenta años, y más aceleradamente en las dos décadas que van desde la aparición de aquella película, el desarrollo de las tecnologías ligadas a las comunicaciones y a la creación de imágenes y entornos ha crecido de manera exponencial, y ha vuelto posibles cosas que apenas imaginábamos los que, a los siete años, descubríamos el primer videojuego. Nuestro "mundo virtual", lo más parecido a lo real que había, era esa ventana en la sala oscura que llamamos cine, donde la quietud obligada de la butaca disponía nuestra vista y nuestros oídos concentrados en lo que sucedía en la pantalla y nos hacía creer que estábamos ahí. Para mí -y esto no es un paper, sino una serie de apuntes- la secuencia final de La Guerra de las Galaxias, con esas subjetivas desde la cabina de las navecitas que atacan la Estrella de la Muerte, marcó un límite: el del arte de observar cosas al de participar en cosas.

Vamos a lo que a nuestro lector erotómano le interesa: el sexo. Hay una empresa llamada Naughty America que se dedica a la producción de pornografía. Como a todas las generadoras de contenidos porno, las cosas no le van perfecto porque, aunque se consume más porno que nunca, la mayoría de quienes acceden a ella lo hacen de manera gratuita. Culpen a Internet y van a acertar. La cosa es que encontraron un nuevo nicho llamado Deepfakes. También los mencionamos hace algún tiempo: se trata de tecnologías de inteligencia artificial que pueden crear cosas completamente locas. En principio, estos programas se utilizaron -y hay demandas legales por ello- para crear material porno en el que aparecen actrices mainstream en posiciones y acciones que no suelen tener el beneplácito de las familias que llenan los cines. Las versiones más primitivas consistían en "pegar" la cara de una (por lo general siempre lo hacen con mujeres, después negamos la desigualdad entre los géneros) estrella sobre la de una pornostar en plena acción. Era tan burdo que solo quedaba como un chiste dado que el video era ostensiblemente falso. Pero todo crece y hoy es posible hacerlo con mucha mayor calidad. Los de Naughty America lanzaron un video donde tres estrellas porno -Zoey Monroe, Jade Nile y Blair Williams- hacen de las suyas. Luego, un programa de IA recorta y cambia las caras de las chicas y los pega en cuerpos de otras. El resultado es asombroso.

Pues bien: lo que Naughty America está proponiendo al mercado que cada persona haga su video porno "soñado". Por ejemplo, tomar una secuencia entre un señor y una señorita y que el interesado coloque su cara en el cuerpo de él o ella. O aislar al performer para incluirlo en otro entorno, por ejemplo la foto del living de nuestra casa. Uno pide y la empresa concede una pieza audiovisual donde cualquiera de nosotros puede ser protagonista.

Las posibilidades son infinitas, uno puede esperar que la imaginación se desate y podamos ver invenciones mucho más arriesgadas que tener un uno-dos con un clon virtual de Marilyn sobre el porcelanato del baño, por ejemplo. Pero en todo caso, esta tendencia se alimenta de otras cosas mucho más interesantes. Ya no vivimos más en un mundo de espectadores (el del cine, uno pasivo) sino en el universo de los usuarios (que interactúan con el contenido, que quieren romper esa barrera y pasar del otro lado, ser ellos los que viven la fantasía en lugar de solo verla: por eso los videojuegos son un mercado más grande que el del cine o las series). Así que la posibilidad de tener películas porno protagonizadas por nosotros mismos no dejaría de tener su público.

Pero en el fondo, muy muy en el fondo esto no deja de ser un avance un poco triste. Hitchcock sabía bien que una de las tendencias más pecaminosas del humano es el voyeurismo, y que también era la más fascinante, la razón por la que existe el cine, ni más ni menos. Pero cuando creamos una película porno donde aparentemente somos nosotros los protagonistas (en realidad, sin haber disfrutado de lo placentero que implica filmarla, pero que quede entre nosotros), dejamos de ser voyeurs para ser exhibicionistas. ¿Qué sentido tiene hacer algo así si no es para que otro lo vea? Otra vez es el pasaje de lo real a lo fantástico, romper esa barrera. Lo que gira aquí es la gran ansiedad y la gran angustia que el hombre sufrió siempre: poder serlo todo, respondida de manera vicaria por la tecnología. "Personalización es el futuro del entretenimiento", dice Andreas Hronopoulos, el CEO de Naughty America en una entrevista que le realizó Variety. Entretenimiento, incluso sexual, a medida e interpretado por nosotros mismos. ¿No estamos, entonces, cada vez más encerrados, más solos a pesar de tanto estímulo?

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR

Ver mas noticias