El buscador

Ikigai: descubrir nuestros propósitos vitales

Si nos atrevemos a actuar de acuerdo a nuestros sueños, seremos únicos

"Ikigai" es una palabra japonesa que se traduce como "la razón de ser" o "el propósito vital que nos hace despertar cada mañana". Todos llevamos nuestro propio ikigai en el interior y es esencial descubrirlo, hacerlo nuestro. Porque sólo así nos comprometeremos mejor con nosotros mismos para hacer frente a cualquier dificultad.

Pocos principios psicológicos y existenciales pueden ser tan básicos en nuestro día a día como el que representa este término. Hallar un sentido al propio ser, disponer de una serie de propósitos vitales es clave para disuadir a la desesperanza y es ante todo, un sustrato terapéutico para hacer frente a la depresión.

"El propósito de la vida es descubrir tu regalo, aquello que hay dentro de ti y que debes hacer tuyo", dijo Shakespeare. Gran parte de nuestros problemas podrían afrontarse hallando ese ikigai a veces escondido, reprimido e incluso silenciado con el cual recobrar el aliento, las ganas, la motivación.

Todo ese conjunto de pensamientos y creencias positivas actúan como verdaderos amortiguadores de las ideas negativas, de las creencias limitantes e incluso de los miedos. Sin embargo, y esto también lo sabemos, no es nada fácil comprometernos con nuestro ikigai, con nuestros propósitos vitales. Debemos ser como un guerrero leal y enérgico que cumple un fin muy concreto: mantener nuestra integridad y esa afinidad con las propias esencias.

Nuestro ikigai sólo desea una cosa: "zarandear" nuestra pasividad. La primera lección que debemos aprender es a no aspirar a la misma felicidad que "supuestamente" tienen los demás. La mayor parte de las veces no es real. Si nos obsesionamos en tener y hacer lo mismo que aquellos que nos rodean, seremos como el 99% de la población. En cambio, si nos atrevemos a actuar de acuerdo a nuestros sueños, deseos y propósitos vitales, seremos únicos, seremos ese 1% que aspirará a una satisfacción auténtica.

Por curioso que parezca no todos tienen claros sus propósitos vitales; es más, en ocasiones tenemos unas metas, ideales y objetivos algo distorsionados o impregnados por valores que no son nuestros. El peso de nuestra educación, familia y entorno social nos determina de un modo del que no siempre somos plenamente conscientes.

Debemos dejar de posponer definitivamente esos propósitos que calman nuestro interior, esas necesidades, placeres y pasiones que nos identifican y que al fin y al cabo, podrían definir nuestro modo de vida.

Para conformar nuestro ikigai debemos dejar de actuar en piloto automático, preguntarnos a diario si lo que hacemos nos proporciona felicidad. No compararnos con nadie, nosotros somos nuestra propia referencia. Todos tenemos talento, todos tenemos algún tipo de capacidad excepcional que nos diferencia de los demás. El ikigai no es solo un propósito vital o una aspiración, es una forma de vida que debe verse, percibirse y sentirse en el aquí y ahora.

Ikigai es lo contrario de pasividad o conformismo. Lo exige todo de nosotros y nos hace sentir vivos, libres y llenos de energía, sin importar nuestra edad o nuestro estado físico porque por encima de todo, es un estado mental. La clave, como todo, está en el equilibrio: tener una vida hasta cierto punto ordenada y predecible que permita salir de lo cotidiano y estimularse.

"Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Dejó todo y partió.

Un poco antes de llegar al pueblo, una colina, a la derecha del sendero, le llamó mucho la atención. Una portezuela de bronce invitaba a entrar. Empezó a caminar lentamente entre las piedras y los árboles.

Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción: Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.

Esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.

La piedra de al lado también tenía una inscripción: Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas. Estaba conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba.

Todas tenían inscripciones similares, un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto; casi todos niños.

El cuidador del cementerio, pasaba por ahí y se acercó. Lo miró llorar por un rato, en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar. -No, ningún familiar, ¿qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?

El anciano sonrió y dijo: -Puede serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Cuando un joven cumple 15 años sus padres le regalan una libreta. Cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado...a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conocer a la novia, la emoción del primer beso, el embarazo o el nacimiento del primer hijo, el viaje más deseado, el encuentro con el hermano...

Cuando alguien muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su lápida, porque ESE es, para nosotros, el único y verdadero tiempo VIVIDO."

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