Inteligencia Artificial

La globalización cambia de forma e ingresa en una etapa de resiliencia

La economía mundial no se repliega: empresas y países rediseñan cadenas de valor con foco en seguridad, tecnología y regiones

Hace unos años era común escuchar que la globalización había llegado a su fin. La pandemia, las guerras, los puertos colapsados y los chips que escaseaban parecían confirmar esa idea. Pero los números cuentan un historia diferente: el mundo sigue conectado, aunque de otra manera, y la pregunta ya no es si la globalización sobrevive, sino qué aspectos cambiaron.

Un informe reciente del Foro Económico Mundial (WEF) plantea que las cadenas de valor ingresaron en una etapa de volatilidad estructural, donde las empresas ajustan sus estrategias ante los riesgos crecientes. Lejos de implicar un retroceso, este cambio configura una nueva arquitectura económica más compleja y, en algunos casos, más robusta. 

El modelo que durante décadas priorizó exclusivamente la eficiencia y el costo le está cediendo el lugar a uno que incorpora la resiliencia, la diversificación y la adaptación como valores centrales.

Las regiones ganan protagonismo, la tecnología redefine las conexiones y los riesgos geopolíticos obligan a repensar aquellas estrategias que parecían inamovibles. Y en esa reorganización, con toda su complejidad y sus contradicciones, se está definiendo cómo va a funcionar la economía global durante los próximos años.

De la obsesión por el precio a la obsesión por la seguridad

Durante décadas, el sistema funcionó bajo la premisa de producir donde fuese más barato, distribuir lo más rápido posible y vender al menor precio. Eso funcionó extraordinariamente bien mientras el mundo era predecible, pero el problema es que el mundo dejó de serlo y las empresas lo saben mejor que nadie. 

Hoy, según reveló el Foro Económico Mundial, casi tres de cada cuatro líderes empresariales ponen la resiliencia por encima del costo en sus decisiones estratégicas. Lejos de ser un capricho filosófico, se trata de una respuesta racional frente a un contexto donde una guerra en el Golfo Pérsico, un tifón en el Pacífico o un conflicto diplomático pueden dejar una fábrica sin insumos de un día para el otro.

Lo llamativo es que, a pesar de todo esto, el comercio global no cayó. En 2024 alcanzó un pico histórico de USD33 billones, con un crecimiento del 3,7%, lo que deja en claro que la globalización no se retiró sino que aprendió a moverse diferente.

El mundo se reorganiza en bloques

Uno de los cambios más concretos de esta nueva etapa es el avance de la regionalización, que no hay que confundir con un repliegue de las economías sobre sí mismas.

Las empresas ya no apuestan todo a una sola cadena de suministro que cruza medio planeta: diversifican, distribuyen proveedores entre regiones y buscan alternativas que les den más margen de maniobra cuando algo falla. Es una arquitectura distinta, no un achicamiento.

Los acuerdos comerciales reflejan esta tendencia. Actualmente rigen 381 acuerdos regionales en todo el mundo, entre ellos el RCEP, que agrupa a quince países del Indo-Pacífico y representa cerca del 30% del PBI mundial. 

En paralelo, la ASEAN trabaja en un acuerdo de economía digital que busca armonizar las reglas sobre el comercio electrónico, los datos y la ciberseguridad, apuntando a construir sistemas que puedan funcionar juntos, aunque cada país mantenga su propia regulación.

La inteligencia artificial como nueva columna vertebral

La tecnología no es un elemento secundario en esta transformación, sino uno de sus motores principales. La inteligencia artificial y la digitalización están convirtiendo las cadenas de suministro en redes mucho más dinámicas, capaces de anticipar interrupciones, redirigir rutas y ajustar operaciones en tiempo real. 

La OCDE estima que mejoras tanto en la automatización como en la coordinación entre agencias aduaneras podrían impulsar un crecimiento de hasta el 18% en las exportaciones globales, una cifra que habla sobre el enorme potencial sin aprovechar.

También hay iniciativas concretas en el terreno financiero, como el proyecto Nexus, que busca conectar sistemas de pagos instantáneos entre países para reducir los tiempos y los costos de las transacciones internacionales. Para ser competitivo ya no alcanza con ser grande o barato, también hay que contar con buena infraestructura digital y capacidad para integrarse junto a otros sistemas. 

 Lo que pasa en Oriente Medio no queda en Oriente Medio

El conflicto en Oriente Medio es quizás el ejemplo más claro sobre cómo funciona esta nueva globalización. Por el estrecho de Ormuz circula cerca del 20% del petróleo mundial, pero también una proporción significativa de fertilizantes e insumos agrícolas esenciales

Cuando esa ruta se ve amenazada, el impacto no se limita a los países del Golfo Pérsico. Los costos suben, la inflación presiona y la seguridad alimentaria de millones de personas en países en desarrollo queda en riesgo. 

Tanto la FAO como el Financial Times advirtieron sobre las consecuencias de esta crisis, que afecta incluso a economías desarrolladas a través de mayores costos de producción y presiones inflacionarias.

Este episodio demuestra algo que a veces se pierde en el debate sobre la desglobalización: la interdependencia global sigue siendo enorme y la concentración de flujos críticos en ciertos puntos del mapa puede generar efectos sistémicos que se sienten en lugares muy alejados del conflicto original.

Cooperar, no aislarse

Frente a este escenario, varios países impulsaron políticas de relocalización productiva bajo la promesa de recuperar autonomía y reducir vulnerabilidades. 

Pero los organismos internacionales dejaron en claro que esa solución tiene límites muy concretos: la OCDE estima que un reshoring masivo podría reducir el comercio mundial más de un 18% y el PBI global más de un 5%, sin que eso se traduzca necesariamente en mayor resiliencia.

Diversificar es más inteligente que encerrarse y cooperar es más efectivo que aislarse.

Más allá de la tecnología y la geopolítica, hay un factor que el WEF identificó como decisivo en esta nueva etapa y que no aparece en ninguna hoja de balance: la confianza. 

El sistema global funciona porque los países, las empresas y las instituciones son capaces de coordinar acciones y sostener acuerdos incluso cuando las cosas se complican.

El liderazgo en esta fase no se mide solamente por la velocidad de reacción, sino también por la capacidad de mantener esa cooperación bajo presión. Sin confianza, ninguna cadena de suministro, por más diversificada que sea, puede funcionar bien.

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