Paridad en la Macro

La inflación en tres planos: lo que se espera, lo que se mide y lo que se siente

Por María Pía Nicocia

La inflación vuelve a ocupar el centro de la escena en una semana clave: mientras el mercado afina sus proyecciones, los últimos datos del INDEC anticipan una nueva aceleración inflacionaria. Sin embargo, detrás del número que sintetiza el IPC conviven distintas capas de análisis. Por un lado, están las expectativas, por otro, las discusiones metodológicas y qué resultados arrojaría una actualización de la canasta basada en datos más recientes, como los de la ENGHo 2017/18. En paralelo, emerge una dimensión más determinante: la forma en que la inflación se experimenta en la vida cotidiana, atravesada por diferencias regionales, el peso de los precios regulados y la dinámica de la inflación núcleo.

El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) proyectó una inflación de 3,0% para marzo, con una corrección al alza de 0,5 puntos respecto del relevamiento previo y un cierre de año en torno al 29,1%. A su vez, el número oficial (pero no por ello exento de polémicas) fue de 3,4% mensual, el registro más alto del último año, acumulando 9,4% en el primer trimestre de 2026, con subas destacadas en educación (12,1%, de carácter estacional) y transporte (4,1%). En la misma línea, la Encuesta de Expectativas de Inflación de la Universidad Torcuato Di Tella muestra que los hogares anticipan un 33,5% para los próximos doce meses. Si bien estos valores se mantienen por debajo de los registros de 2024, la dinámica reciente sugiere que el proceso de desinflación dejó de ser lineal. Además, las expectativas no son homogéneas: los hogares de menores ingresos proyectan una inflación más alta que los de mayores ingresos, lo que evidencia que la experiencia concreta del aumento de precios varía según el punto de partida.

Una forma sencilla de captar la complejidad de la economía argentina es observar la evolución de dos costos clave: el tipo de cambio y los salarios, ya que los precios suelen ubicarse en un punto intermedio entre ambos. Sin embargo, en los últimos meses se verificó una disociación: mientras el dólar se mantuvo relativamente estable y los salarios crecieron por debajo de la inflación, el IPC se sostuvo en valores por encima del 2,5%. Este comportamiento sugiere la incidencia de otros factores, entre los que se destaca el aumento de los servicios públicos, que no solo impulsa los precios regulados, sino que también presiona sobre la inflación núcleo a través de efectos indirectos en los costos. Un ejemplo reciente es la suba de las tarifas de colectivos en el AMBA desde el 1 de abril, cercana al 4,9%, que impacta de forma directa en el poder adquisitivo al encarecer el costo cotidiano de trasladarse al trabajo, por encima de la inflación medida por el INDEC.

En muchos casos, el dato agregado empieza a perder relevancia frente a lo que ocurre en cada hogar. En marzo, una familia del AMBA sin subsidios destinó $213.557 mensuales a cubrir sus necesidades de energía, transporte y agua: un 46% más que en el mismo mes de 2025 y 14 puntos por encima de la inflación general del período. Y ese es solo el promedio del AMBA: en el interior del país, donde las tarifas eléctricas pueden casi duplicar ese valor y el boleto de colectivo promedia $1.490 frente a $682 en CABA, el impacto es considerablemente mayor. El transporte fue el rubro de mayor peso, al explicar casi la mitad de esa canasta, y también el que más aumentó: desde diciembre de 2023 acumula una suba del 996%, muy por encima del 203% registrado por la inflación general.

Esta dinámica se intensifica al considerar la estructura de ingresos. Según la EPH-INDEC, el 43% de los ocupados se desempeña en la informalidad, y el 32% de ellos vive en hogares pobres, frente a apenas el 9% de los trabajadores formales. En este contexto, para quienes perciben ingresos cercanos al salario mínimo, que acumula una caída real de casi 38% entre noviembre de 2023 y febrero de 2026 y hoy se ubica en $357.800, el peso de las tarifas sobre el ingreso disponible resulta significativamente mayor al que reflejan los índices agregados.

A esto se suma un debate metodológico que suele quedar fuera de la discusión pública. El IPC vigente continúa ponderando su canasta con la ENGHo 2004-05, una encuesta que ya no refleja los cambios en los patrones de consumo recientes. Si bien el INDEC había previsto actualizarla con datos de 2017-18, esa revisión no fue implementada por decisión política. Una aproximación hecha en el informe de coyuntura N° 12 del IIEP-UBA muestra que, con ponderadores actualizados, que asignarían mayor peso a vivienda y transporte, los rubros que más aumentaron en los últimos años, la inflación de 2024 habría sido del 126%, en lugar del 118% publicado. En ese escenario, la caída del salario real también habría sido más profunda: los salarios privados habrían retrocedido un 7% en lugar del 4% registrado, y los públicos un 24% frente al 21% informado.

La inflación, en definitiva, tiene tres caras. El número que se publica cada mes es un promedio ponderado de una canasta que no necesariamente refleja el consumo de cada hogar. Por eso, el dato que aparece en los medios y lo que se siente en en la vida cotidiana, puede contar historias distintas. A esa brecha se suma una tercera dimensión: la de las expectativas. Entender estas diferencias es tan importante como seguir el índice: no solo importa cuánto suben los precios, sino también cómo impactan en la vida cotidiana y cómo son percibidos por quienes los enfrentan día a día.