La locura argentina contagia al Mundial: Messi, Scaloni y otra noche al borde del abismo
Una nota del diario The New York Times retrató la remontada de Argentina ante Egipto, con Messi entre lágrimas y Scaloni rendido ante una emoción sin medida.
La Selección argentina volvió a hacerlo cuando ya casi no quedaba nada. Dos goles abajo ante Egipto, con el Mundial en la cornisa, con Lionel Messi vencido sobre el césped y Lionel Scaloni frente al final más temido, el campeón del mundo encontró otra puerta donde parecía haber una pared. La abrió a los golpes, con desesperación, talento y una cuota de delirio que ya no pertenece solo a la Argentina: empezó a contagiar al torneo entero.
La mirada pertenece a una nota de The New York Times, redactada por James Horncastle. El texto parte de una imagen precisa: si Buenos Aires tuvo, según un estudio de la Organización Mundial de la Salud citado en la crónica, 222 terapeutas cada 100.000 habitantes frente a los 30 de EEUU, quizá mirar a Argentina en un Mundial ayude a entender por qué.
Del derrumbe al éxtasis
El partido contra Egipto dejó a la Argentina otra vez atrapada en esa montaña rusa emocional que sube y cae sin aviso. Un minuto, el piso: angustia, silencio, derrota. Al siguiente, el cielo: grito, descarga, incredulidad. La nota del NYT lo presenta como una adicción. Todos saben que no es saludable, pero nada produce una sensación parecida.
El golpe llegó fuerte en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta. Argentina venía de sufrir ante Cabo Verde, al que eliminó en tiempo suplementario gracias a un gol en contra. Cuatro días después, el campeón del mundo volvió a quedar contra las cuerdas. Egipto lo puso 2-0 abajo cuando faltaban apenas 11 minutos para el cierre y el modelo de Opta le daba a la Selección apenas 0,6% de chances de remontada.
El final de la Scaloneta parecía escrito. También el epitafio mundialista de Messi.
Había sido una de esas jornadas torcidas, de esas que se reconocen pronto y se padecen hasta el final. Messi erró un penal. Mostafa Shobeir, arquero de Egipto, tapó una pelota tras otra, incluso un cabezazo a quemarropa de Alexis Mac Allister. Cada ataque argentino chocaba contra el mismo muro. Cada rebote parecía caer del lado equivocado.
Scaloni intentó mover el banco con los ingresos de Lautaro Martínez y Nicolás González por Rodrigo De Paul y Nicolás Tagliafico. Casi de inmediato, Egipto encontró otro gol de contraataque. El árbitro François Letexier fue llamado a revisar la jugada y lo anuló por una falta sobre Lisandro Martínez. Pero la advertencia no frenó a los africanos: vieron fragilidad en la histeria argentina y volvieron a golpear.
Messi miró hacia arriba, aunque arriba solo estaba el techo cerrado del estadio. Hizo un gesto de fastidio. Después, cuando Lautaro falló una ocasión que él mismo había creado, cayó boca abajo sobre el césped. La postal parecía definitiva: un equipo agotado, un capitán sin aire, una era contra su propio límite.
Pero Argentina no estaba terminada.
Messi torció el partido
La crónica de Horncastle encuentra allí el corazón de la escena: Argentina está loca. Cuando parece afuera, vuelve a entrar. Cuando el partido la expulsa, se agarra del borde. Fue el mismo pulso que sostuvo la consagración en Qatar, con partidos al filo, definiciones hasta el último instante y penales contra Países Bajos y Francia.
Primero, Messi tiró el centro para que Cristian Romero descontara de cabeza ante Shobeir. Después, el propio Messi clavó el empate con un remate que pegó en el travesaño y entró. El partido parecía tener un destino cerrado, pero Messi lo dobló a su voluntad, como hacen los grandes.
Horncastle destaca que la remontada fue tan improbable que Tom Brady escribió en X: "Eso quizá supera al 28-3". La referencia apunta al Super Bowl LI de 2017, la noche en que sus New England Patriots levantaron un 28-3 ante Atlanta Falcons y ganaron 34-28 en tiempo suplementario, en la mayor reacción de la historia de la final de la NFL.
Egipto todavía pudo ganarlo. Leandro Paredes apareció con un cruce decisivo en un mano a mano que podía mandar a Argentina a casa. El partido parecía condenado al alargue, pero ni siquiera llegó hasta ahí: en el descuento, Lautaro Martínez mandó el centro y Enzo Fernández desató el delirio.
Scaloni se tapó la cara. No festejó de inmediato: pareció necesitar un segundo para creerlo. Argentina lo había hecho otra vez.
Scaloni, Messi y las lágrimas
Después del partido, Scaloni puso en palabras lo que la Selección acababa de provocar. "Las sensaciones que te da un partido de fútbol, las emociones que te da, especialmente para nosotros los argentinos, no se comparan con nada", dijo el entrenador. Y agregó: "Que volvamos a crear estas emociones es algo increíble. Soy entrenador para momentos como este. No estamos todavía en una final ni nada, pero la magnitud de lo que vimos hoy es comparable con muchas cosas que ya vivimos".
No fue la primera vez que Scaloni lloró. Tampoco intentó esconderlo. "Siempre soy emotivo", admitió. "A veces, cuando se vieron algunas lágrimas, aparentemente en algunas imágenes me llamaron el llorón, pero está bien".
Messi también terminó entre lágrimas después del pitazo final. Cuando logró secarse los ojos, dejó una frase breve: "Fue una locura lo que hizo este grupo en esta fase eliminatoria".
Un Mundial fuera de eje
La nota del NYT amplía el foco y ubica la remontada argentina dentro de un Mundial atravesado por episodios extremos. Menciona a Inglaterra en el Azteca, a Bélgica después de estar 2-0 abajo ante Senegal a cinco minutos del final, y a Paraguay tras eliminar a Alemania. También marca el contraste con los conflictos fuera de la cancha: visas revocadas, horarios de partidos alterados y tarjetas rojas anuladas.
En ese escenario, Argentina ya no parece solo un equipo. Funciona como una forma de vivir el torneo. Lo sufre, lo empuja, lo desordena y lo vuelve irresistible. La Selección no atraviesa el caos: lo encarna. Lo lleva puesto. Y, según la mirada del texto, ese delirio empezó a expandirse por todo el Mundial.
El cierre de Horncastle vuelve a Buenos Aires y a sus terapeutas. Después de seis semanas de sobresaltos, sostiene, quizá todos necesiten recostarse un rato. Y alguien debería tener a mano el número de uno de esos psicólogos porteños.