Neurociencia

La masividad como necesidad humana

Qué dejó la despedida al Indio Solari: la reaparición espontánea de espacios masivos de encuentro, ritualidad, música, emoción compartida y cooperación puede leerse como una expresión profunda del instinto gregario

A partir de la evidencia social del domingo pasado, podría replantearse la necesidad espontánea de expresar y visibilizar la posibilidad social. Probablemente se trate de una de las manifestaciones que marcan parte de la finalización simbólica de la pandemia y de las formas de introspección social que aquella generó: a veces intensificadas, a veces fuertemente actuadas y muchas veces asociadas a problemáticas de salud mental, sociales y culturales.

Las reacciones colectivas de la sociedad generan estos espacios en los que, de manera espontánea, comienzan a aparecer procesos de cooperación, de encuentro, de gustos artísticos compartidos, de emociones comunes, de rituales y de experiencias casi tribales. Probablemente, entonces, la masividad de una interacción social espontánea, al pasar por un estadio o por un ídolo convocante, nos obligue a comprender cómo, más allá de las diferencias, de las necesidades particulares y de las instrucciones diversas, nuestra especie busca crear espacios de encuentro, fraternidad y cooperación, tan necesarios para el desarrollo colectivo y la supervivencia.

"Creo en el individualismo... Pero solo hasta cuando el individualista empieza a medrar a expensas de la sociedad", decía Franklin D. Roosevelt. La ruptura del instinto social de cualquier especie gregaria puede constituir un grave riesgo para la supervivencia. La vida en sociedad, tanto en humanos como en el mundo animal, se arraiga profundamente en el instinto gregario. Esta verdad fundamental se revela en la construcción de hogares y nidos, un comportamiento esencial para la supervivencia y la sociabilidad de múltiples especies. El individualismo extremo, constituido en estos tiempos infotecnológicos, puede ser riesgoso.

Aprender y transmitir

Lo gregario implica altruismo para enseñar y proteger; también copia, comunicación y cooperación. Así se genera la flexibilidad cognitiva planteada por Yuval Harari. Sectores cerebrales como el lóbulo cingulado posterior y el lóbulo prefrontal anterolateral nos permiten analizar al otro y socializar, como postula Michael Gazzaniga en El cerebro social. El ser humano se convirtió en una especie con gran capacidad para aprender y transmitir habilidades y tecnología. Robert Sapolsky propone que el humano es el único primate que va más allá de los límites de la evolución y plantea que, a mayor tamaño cerebral, corresponde un mayor número de integrantes en las sociedades.

En el reino animal, la creación de nidos y refugios -hormigueros, termiteros y nidos de aves- constituye un claro ejemplo de este instinto. Las hormigas construyen complejos hormigueros donde cada individuo cumple un rol específico y trabaja en conjunto para mantener un sistema que es más que la suma de sus partes. Estos hogares no solo ofrecen protección física, sino que también son el epicentro de la vida social y cooperativa de la colonia. No es una sola hormiga la que piensa el hormiguero: es la estructura social completa. Estas casas están en permanente remodelación; lo construido puede ser deconstruido y refuncionalizado.

Aún más complejos son los termiteros, estudiados mediante modelos computacionales y algoritmos de grafos. Estos animales primitivos constituyen una estructura de altísima complejidad cognitiva solo en instancia gregaria. La unión hace la fuerza, y también la inteligencia. En aves, los nidos están genéticamente predeterminados. En mamíferos, los ratones muestran diferencias claras: los monógamos construyen mejores nidos y cuidan más a las crías; los polígamos, no. Esto se relaciona con la vasopresina y la oxitocina, hormonas ligadas al apego y al cuidado parental. Sin nido no hay supervivencia.

El Homo sapiens llevó este instinto a un nivel superior. La evolución humana estuvo marcada por una capacidad única para formar sociedades complejas y flexibles, impulsadas por un cerebro capaz de imaginar y crear. Esta cooperación flexible, manifestada en la formación de culturas, religiones y estructuras gubernamentales, resultó esencial para la supervivencia y la prosperidad de nuestra especie. La familia, como unidad básica de la sociedad humana, también refleja este instinto gregario. A lo largo de la evolución, los humanos desarrollaron diversas estructuras familiares y sociales, influenciadas por la procreación, la paternidad y las necesidades de protección y cuidado de las crías.

El conocimiento humano sobre la vida y la muerte, único en su conciencia y profundidad, también consolidó complejas interacciones sociales, morales y culturales. Desde los inicios, el Homo sapiens necesitó refugiarse en cuevas para escapar del frío y de los depredadores, dormir, cocinar y producir las primeras construcciones simbólicas. El hogar fue protección, pero también origen del sentido.

La problemática de la hiperindividualidad en nuestra vida actual aparece, entonces, como una tensión profunda. La individualidad, entendida como la capacidad única e irrepetible de cada ser humano para experimentar, interpretar y responder al mundo, enfrenta tensiones en una sociedad contemporánea hiperconectada. Aunque nacemos como seres únicos, moldeados por nuestro genoma, nuestras conexiones cerebrales y nuestras experiencias ambientales, vivimos inmersos en redes sociales e intersubjetivas que multiplican nuestras interacciones y nos conectan con un mundo cada vez más globalizado.

Es importante encontrarse con uno mismo y con la propia subjetividad, pero la individualidad no puede entenderse sin su contraparte: la tribu. Nuestra capacidad para cooperar de manera flexible resultó clave en el desarrollo humano, ya que permitió crear ficciones compartidas como religiones, gobiernos, economías y países, que sostienen nuestras sociedades. Como plantea Harari, un gran número de extraños puede cooperar con éxito si cree en mitos comunes. La cooperación flexible fue nuestro gran secreto.

Para poder relacionarse, el ser humano debió desarrollar una función cognitiva compleja: entender lo que le pasa al otro. Es decir, la metacognición intersubjetiva o teoría de la mente. Conocer al otro podía llevar a asociarse, cooperar, dejarse copiar y ser altruista. El altruismo no es una funcionalidad simple ni solo bondad; implica procesos de cooperación, base de un sistema gregario de aprendizaje, comunicación y también competencia.

La transmisión de la información conlleva procesos grupales y gregarios, claves para la evolución de la cultura humana. El lenguaje, la musicalidad y los instrumentos aumentaron la sociabilidad. La transmisión acumulativa del aprendizaje generó una supersociabilidad en el humano y la posibilidad de un acuerdo social destinado a evitar malos entendidos entre quien da y quien recibe. A partir de ficciones creadas por nuestra especie, se producen grupos humanos masivos basados en creencias. Así creamos órdenes imaginados que unen nuestra tribu global y producen cooperación flexible.

El concepto de impulso cultural de Alan Wilson remeda el concepto de meme cultural de Richard Dawkins. El meme es la mínima unidad teórica de transmisión cultural, análoga al gen. Produce conductas, creencias y normas. Wilson amplía esta idea al enfatizar el proceso gregario acumulativo: innovación, transmisión y organización cultural. La creatividad puede pensarse como el motor que articula cerebro, cultura y tecnología. La innovación no surge de actos aislados, sino de procesos de acumulación cultural donde cada generación hereda, copia y transforma lo previamente aprendido.

La pandemia interrumpió una necesidad social básica de nuestra especie. El Homo sapiens se constituyó como uno de los seres biológicos más sociables, conquistó continentes y generó grandes conglomerados urbanos. Instintos sociales, sentimientos tribales y un gran cerebro crearon un conjunto que derivó en un ser hipersociable. 

Sin embargo, esos mismos factores nos expusieron a riesgos ambientales, hambrunas, problemas de seguridad, afecciones viales y pandemias. El COVID-19 adquirió importancia por dos procesos centrales: la globalización de los contagios, a partir del tráfico aéreo, y la globalización comunicacional, a partir del desarrollo de medios y redes conectados en todo tiempo y espacio.

La necesidad social humana contiene como plafón la intersubjetividad corporal para vivenciar una empatía real. Tocarse, verse, escucharse y compartir presencialmente no generan los mismos procesos que una interacción mediada o aislada. Prescindir de la intersubjetividad corporal durante mucho tiempo puede producir consecuencias y conductas reactivas. La masividad es convocante, está implícita en los animales y es más compleja en el humano. Se potencia con el instinto gregario, con el sedentarismo y con el desarrollo cognitivo, que le otorga un plus a nuestro instinto social.

Nuestra especie, en tanto ser hipersocial, produjo modificaciones y sobreexigencias ambientales, relacionales y biológicas. Actualmente existe una clara interacción entre globalización, densidad poblacional y pandemia. Por eso, la reaparición espontánea de espacios masivos de encuentro, ritualidad, música, emoción compartida y cooperación puede leerse como una expresión profunda de ese instinto gregario que, aun tensionado por la hiperindividualidad contemporánea, continúa siendo inalienable para la supervivencia.

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