La venganza del mapa
Del estrecho de Ormuz a la crisis de suministros global: una reflexión sobre el retorno de la geopolítica física y el fracaso de la fantasía digital frente a una geografía que castiga a quienes pretenden ignorarla.
La globalización nos hizo creer que la geografía había perdido centralidad. Que las cadenas globales, las finanzas, la tecnología y los flujos digitales habían relativizado mares, estrechos, montañas, distancias y vecinos. Robert D. Kaplan sostuvo hace algunos años exactamente lo contrario, que la geografía no desaparece, sino que está ahí esperando el momento de volver, de hacerse notar. En The Revenge of Geography (2012, Random House), Kaplan plantea que los climas, las topografías, las salidas al mar y la proximidad a territorios conflictivos siguen moldeando el poder y condicionando la política exterior.
La guerra en el Golfo Pérsico es una demostración casi escolar de esa tesis. No se trata sólo de ideologías enfrentadas o de liderazgos agresivos. El conflicto se desarrolla, antes que nada, de un espacio geográfico decisivo. El estrecho de Ormuz sigue transportando alrededor de 20% del petróleo y del GNL que se comercia por vía marítima en el mundo, y la guerra demostró hasta qué punto un corredor de pocos kilómetros puede alterar precios, cadenas de abastecimiento, seguros, estrategias de seguridad energética a escala global e, incluso, el funcionamiento de redes de transmisión de datos globales. La revancha del mapa consiste precisamente en recordarnos que la economía mundial sigue pendiendo de cuellos de botella muy físicos.
Kaplan diría, probablemente, que las afinidades ideológicas importan menos de lo que suelen creer los gobiernos. La política exterior puede vestirse de valores, de civilización o de identidad, pero en última instancia sigue organizada por rutas, puertos, mercados, energía, cadenas logísticas y áreas de influencia. Por eso los alineamientos exclusivos suelen chocar tarde o temprano con la realidad. Los Estados no eligen en un vacío moral, sino que eligen dentro de un mapa. Y el mapa obliga a diversificar, a calcular dependencias, a leer los chokepoints y a no confundir simpatía política con interés estratégico permanente.
Leído así, el presente internacional marca el fracaso de la fantasía de que la geopolítica había sido superada. La guerra del Golfo, la disputa por corredores marítimos, la revalorización de alianzas energéticas y comerciales y la fragmentación del orden global muestran que la geografía nunca se fue. Sólo había sido momentáneamente subestimada. Kaplan lo anticipó hace años: los mapas no determinan por completo la historia, pero siguen fijando los límites dentro de los cuales la historia se mueve. Y cada vez que la política exterior olvida ese dato elemental, la geografía se venga.
*Economista. Titular de Perspectiv@s