Narcisismo, egocentrismo, egolatría
Dinámicas dañinas que son frecuentes en el ámbito familiar, laboral y amistoso
Aunque la palabra narcisismo inmediatamente nos lleva al mito de Narciso, el apuesto joven que se enamora de su reflejo en el agua, y que termina ahogándose en esa misma agua, no todas las personas se dan cuenta que conceptos como "narcisismo" , "egocentrismo" o "egolatría", están muy de actualidad.
El narcisismo es un concepto que ha ganado popularidad en el ámbito de la psicología y la salud mental. De manera habitual, se piensa que una persona narcisista es egocéntrica y que cuenta con una autoestima demasiado alta. Sin embargo, estas no son las únicas características que presentan estos sujetos. Es importante tener en cuenta que éste es un rasgo conductual que, en ocasiones, llega a convertirse en un trastorno, caracterizado por una preocupación excesiva en uno mismo.
Un narcisista es más que una piedra en el zapato. No es sólo esa presencia que nos impide caminar con normalidad en buena parte de nuestros escenarios cotidianos. Son esas figuras que nos cuesta tanto entender; aunque lo intentemos. Porque quien vive con un padre, madre, jefe o pareja narcisista nunca deja de preguntarse qué les motiva.
A menudo, tachamos de narcisistas a algunos comportamientos que, simplemente, evidencian características egoístas, pero que no tienen nada de patológico. Los narcisistas habitan en cualquier escenario social. Estamos ante una realidad que nos es cercana a la mayoría. Es más, muchos lidian con las heridas emocionales ocasionadas por estos perfiles.
En el narcisismo hay poco de autoestima y amor propio. Aunque a menudo reforzamos la idea de que el narcisismo se alimenta de grandes dosis de amor propio. En cambio, lo que sí esconde es una sensación persistente de inferioridad y de vergüenza que deben compensar a toda costa mediante la grandiosidad.
Este trastorno de personalidad está impulsado por la magnificencia, por la necesidad de aparentar una gran resolución, perfección y funcionalidad. Esa ansia esconde, en realidad, grandes cantidades de odio hacia sí mismos. Necesitan, por así decirlo, revestirse de una dorada armadura para camuflar la sensación de insignificancia que late en su interior. Se desesperan por llevar una corona sobre sus cabezas, aunque eso implique pisotear a los demás e invalidar a todo el que sea posible para ganar ventaja.
Es interesante saber que este trastorno de la personalidad está condicionado por el peso de infinitos miedos e inseguridades. Un narcisista no duda en reírse de los demás, pero si hay algo que le aterra es que se rían de él. Temen a varias acciones: la crítica, el rechazo, equivocarse, pasar desapercibidos, parecer incompetentes, no ser el centro de atención. Su gran defecto: no aceptar su vulnerabilidad. Y muchas veces la revisten con un comportamiento agresivo. Obsesionados con el éxito, con tener poder sobre los demás y ser ese faro reluciente que apaga la luz de todo el que esté a su alrededor.
Una regla no escrita dice que cerca del 60 % de las personas sufrirá en algún momento el "descarte narcisista". Es ese momento en el que este perfil tan lesivo, rechaza y abandona, como quien se deshace de un objeto que ya no le interesa ni le es útil. No sólo están doctorados en boicotear y manipular los vínculos de pareja, sino que esas dinámicas dañinas también son frecuentes en el ámbito familiar, laboral y amistoso.
En el momento en que alguien ya no valida o nutre el ego de un narcisista, deja de serle útil. Si una persona deja de ser sumisa y fácil de manejar, pierde el interés para el narcisista. Su empatía es instrumental, es decir, conectan con las emociones ajenas para manipularlas. Jamás sentirán el dolor del otro. No son capaces de actuar con compasión o de empatizar con los otros, únicamente les preocupa lo que a ellos mismos se refiere.
"Pasaba un ciervo cerca de un pequeño manantial y al verlo le entró sed, así que se acercó. Al agacharse para beber, vio su reflejo en el agua y pensó: -¡Qué hermosos cuernos! Sin duda, es lo mejor de mí... me dan porte y mucha elegancia.
Pero el ciervo se fijó entonces en el reflejo de sus delgadas y largas patas y pensó: -Qué pena que tenga esas patas tan finas. Me encantaría tener unas bien robustas, para que fueran a juego con mis preciosos cuernos.
Sin duda, el ciervo estaba muy orgulloso de sus largos cuernos. Pero como estaba ensimismado en sus pensamientos, no escuchó acercarse a un león, que ya había echado el ojo a su presa.
Al verle cerca, el ciervo comenzó a correr gracias a sus ágiles y delgadas patas. Se alejó a toda velocidad y aunque el león le perseguía, no pudo alcanzarle. Sin embargo, al entrar en una zona de mayor arboleda, los cuernos del ciervo se enredaron con las ramas de los árboles, y el león al fin consiguió llegar hasta él.
El ciervo, viendo el destino que le esperaba, se lamentó: -¡Qué tonto fui! Yo, que pensaba que lo mejor que tenía eran los cuernos y fueron mis patas las que me podrían haber salvado. Por culpa de los cuernos estoy ahora aquí..."