Paciencia: ciencia de la paz
Todo tiene su ritmo y la prisa no tiene demasiado sentido
Salvo en el ámbito religioso se habla muy poco de un valor importante y necesario para vivir y convivir: la paciencia. Sin embargo es una actitud necesaria para estar en el aquí y ahora, disfrutando del momento presente, viviéndolo, sintiéndolo y siendo conscientes del mismo. Todo en la vida necesita tiempo.
"El tiempo es oro", nos han dicho; "no hay tiempo que perder", nos dieron como consigna. Quizás por eso no sabemos esperar; nos han enseñado a correr, a convivir con el estrés. Vivimos a ritmo frenético, arriesgando la propia salud. Nos cuesta tomar tiempo para pensar una decisión o para aguardar un resultado; queremos que todo sea rápido, aunque eso signifique la posibilidad de cometer una equivocación.
La impaciencia nos ha llevado a ser personas fundamentalmente ansiosas. Todos tenemos una especie de reloj subjetivo que desde hace algunas décadas funciona más rápido. Son muchas las personas que desean ver resultados rápidos en todo lo que hacen; de lo contrario, sienten que están perdiendo el tiempo. A la larga, esto conduce a una vida poco significativa, en la que hay desazón continua e inconformidad.
La forma de vida que predomina en la actualidad hace de la rapidez y del facilismo un sello de marca. Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a desear que todo se produzca en el menor tiempo posible y que no implique dificultades. Esto nos ha llevado a una infantilización de nuestras emociones, caracterizada por la baja tolerancia a la frustración. Nos evitaríamos muchos fármacos para la ansiedad si aprendiéramos a desarrollar la paciencia. No soportamos estar en condición de necesidad o carencia. Queremos resolverlo todo rápidamente para erradicar el sentimiento de insatisfacción.
Hemos construido el mundo del "YA". No podemos esperar a mañana y terminamos haciendo todo de una forma distraída, como si fuera la fórmula para liberarnos de la ansiedad. La sociedad cultiva en todos la impaciencia, haciéndonos correr el riesgo de sufrir consecuencias físicas y mentales "en las mismas salas de espera". Aparecerán conflictos personales e interpersonales, ya que no todo es como queremos y, los demás, no podrán concedernos siempre las cosas "al instante". Pareciera que hasta la tecnología nos facilita que todo tenga la estampilla de "exprés". Porque en todo momento estamos comunicados, localizados, expuestos.
Pero, a la larga, nos damos cuenta de que todo tiene su ritmo y de que la prisa no tiene demasiado sentido. Ser paciente, dejar que las cosas fluyan. Caminar al ritmo saludable que necesitamos, es decir, desde la calma, sin pretender llegar en tan solo un momento. En una extraordinaria obra, Herman Hesse, resume todo lo que se debe aprender en la vida en tres actitudes: "pensar, ayunar y esperar". Acciones que suenan bastante pasivas pero que condensan una sabiduría milenaria.
Todo en una palabra: paciencia. Antipática para los que la piensan como una cuestionable virtud pasiva que lleva a aguantar adversidades en silencio. Parece sinónimo de aburrimiento, de inactividad, de conformismo. Pero paciencia es la capacidad de soportar algo que resulta incómodo, sin llegar a alterarse; es habilidad para desarrollar tareas delicadas, manteniendo el mismo cuidado en todo momento; es posibilidad de dar tiempo al tiempo a fin de disfrutar de aquello que deseábamos obtener.
Es importante desarrollar la paciencia para entender que lo esencial no está en el desenlace, sino en la trama. "La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte" decía Immanuel Kant. Podría hablarse de paciencia con la realidad, porque si queremos cambiar el mundo que nos rodea necesitamos dar tiempos: por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo y capaz de transformar el entorno, sin quedarse enredado en lo inmediato, mirando por encima de los acontecimientos del presente. No hay piedra que pueda resistir la erosión de una gota que caiga durante el tiempo necesario.
"No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: "¡Crece, maldita seas!".
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para los impacientes. Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas estériles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un periodo de solo seis semanas, la planta de bambú crece... ¡más de 30 metros! ¿Tarda sólo seis semanas en crecer? ¡No! La verdad es que se toma siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú genera un complejo sistema de raíces que le permiten sostener el crecimiento que vendrá después".