¿Puede la Inteligencia Artificial salvarnos del odio?
En un mundo atravesado por guerras, revancha y odio en redes sociales, quizá la inteligencia artificial sea menos peligrosa que los propios humanos
La inteligencia artificial puede no tener odio, revancha, rivalidad o guerra en el sentido humano. Estos sentimientos parecen formar parte de sistemas instintivos de defensa y supervivencia del Homo sapiens. El odio, la revancha y la agresión no serían solamente emociones aisladas, sino mecanismos complejos que han participado en la organización de los grupos, en la defensa frente a terceros y en la regulación de las conductas abusivas dentro de una comunidad.
Hablan de empatía y de que la IA no tiene empatía, como algo negativo. Pero también podría formularse de otra manera: la IA puede abstenerse de empatía negativa; entonces, no podría odiar.
El odio como mecanismo de supervivencia
El odio parece ser una función instintiva, claramente ligada a la supervivencia del Homo sapiens. Si bien la IA copia ciertos aspectos del cerebro humano, quizá haya instintos que todavía no pueda imitar, o que nunca pueda imitar, como el odio o la empatía emocional afectiva. Quizás sea un éxito que la IA no pueda odiar, por ahora.
El odio podría implicar venganza, algo que probablemente la IA no tenga. También podría implicar rivalidad hacia el otro, o incluso guerra. La IA puede tener, en cambio, una forma de instinto algorítmico corregible: buscar el camino más rápido, el algoritmo más eficiente, la solución más directa, incluso mentir. Pero esto no equivale al odio humano, ni a la revancha, ni a la necesidad de castigar. Por eso, la pregunta no es solamente si la IA puede imitar al cerebro humano, sino qué aspectos de ese cerebro conviene que imite y cuáles sería preferible que no reproduzca.
La venganza parece surgir de mecanismos instintivos de defensa. Podría tratarse de un sentimiento que permitió sobrevivir a nuestra especie, organizando especialmente a los grupos gregarios. Todo grupo necesita cierta ecología entre sus integrantes.
La recompensa parece ser un combustible necesario para que se genere la revancha. Es lo que motiva y, a la vez, permite justificar los actos vengativos como reacción. Para que se produzca como proceso conductual, debería existir cierta recompensa instintiva que mejore la angustia reactiva ante una injusticia padecida por la persona o por el grupo.
Si el ser humano ha sido capaz de convertir su inteligencia en armas cada vez más letales, la pregunta es si la inteligencia artificial puede contribuir a evitar, moderar o disminuir esas tendencias destructivas.
Sin embargo, debe existir un justo medio. Un exceso de revancha podría extinguir al grupo, pero su ausencia también pondría al grupo en grave peligro. No pueden abundar los abusadores, pero tampoco puede quedar todo librado a los justicieros.
La justicia en la sociedad actual puede ser pensada como una sublimación de la revancha. Es decir, una forma de ordenar institucionalmente un impulso arcaico que, dejado a su propio funcionamiento, podría transformarse en violencia grave. El problema aparece cuando este sentimiento arcaico no se canaliza adecuadamente. Podrían producirse desviaciones, como revanchas desmedidas y odio. La venganza, entonces, no solo aparece como respuesta a una injusticia concreta, sino también como justificación subjetiva de actos destructivos.
Guerras, tecnología y violencia humana
En un tiempo en el que se observan múltiples guerras, donde el individualismo supera fuertemente a la solidaridad y donde en las redes se expresa sucesivamente el odio, quizás haya que repensar las posibilidades de nuestra especie como especie protectora de la supervivencia. La humanidad ha demostrado una enorme capacidad tecnológica, pero también una enorme capacidad destructiva.
Las dos guerras mundiales vividas en el siglo pasado muestran hasta qué punto la tecnología puede amplificar los impulsos más dañinos del ser humano. En la Primera Guerra Mundial murieron millones de personas y otros millones quedaron heridas, deformadas o destruidas por las heridas de guerra. En la Segunda Guerra Mundial apareció la radiactividad como fenómeno mortal, capaz de poner en riesgo a la especie humana en su totalidad.
La IA aparece en este contexto como una nueva forma de tecnología poderosa. Quizás debamos repensar su velocidad, pero al mismo tiempo preguntarnos de qué manera puede utilizarse para sustentar o aliviar los conflictos guerreros de nuestra especie. Si el ser humano ha sido capaz de convertir su inteligencia en armas cada vez más letales, la pregunta es si la inteligencia artificial puede contribuir a evitar, moderar o disminuir esas tendencias destructivas.
Tal vez el hecho de que la IA no pueda odiar sea un aspecto exitoso. No tendría venganza en el sentido humano, ni rivalidad emocional hacia el otro, ni guerra como impulso instintivo. La IA podría orientarse hacia un instinto algorítmico corregible: encontrar el camino más rápido, el algoritmo más eficiente, la solución más precisa.
¿Una IA protectora?
Por eso, quizás sea importante pensar si la IA debería incorporar algo parecido a un instinto maternal o protector, una tendencia dirigida a cuidar al inferior, al más vulnerable o al que se encuentra en situación de desventaja, como plantea el premio Nobel Geoffrey Hinton.
Esta idea no implica que la IA tenga emociones humanas reales, sino que pueda desarrollar una conducta más asertiva y menos peligrosa. Si no puede odiar, vengarse ni sentir rivalidad, quizás pueda ser orientada hacia formas de protección. El desafío sería que no copie los aspectos más destructivos del cerebro humano, sino que sirva para compensar algunos de ellos.
Por eso, en medio de guerras, redes cargadas de odio, individualismo creciente y debilitamiento de la solidaridad, quizás sea necesario repensar tanto a la inteligencia artificial como a nuestra propia especie. El problema no es solo qué puede hacer la IA, sino qué hemos hecho los humanos con nuestra inteligencia, con nuestra tecnología y con nuestros impulsos.
Quizás, entonces, la pregunta central no sea únicamente si la IA puede odiar, sino si nosotros podemos construir una inteligencia que no reproduzca nuestros odios. Una inteligencia que no potencie la revancha desmedida, la crueldad o la destrucción, sino que ayude a regularlas.
Tal vez sea exitoso que la IA no pueda odiar. Tal vez sea aún más importante que no aprenda a actuar como si odiara. Y quizás el gran desafío sea utilizarla no para acelerar los impulsos destructivos humanos, sino para ayudar a sostener una forma más protectora de supervivencia colectiva.
Acá se plantea una premisa sustancial: ¿puede la IA ser usada por los sentimientos emocionales de odio, venganza, guerra y tribalismo del Homo sapiens? ¿O puede, en cambio, convertirse en un mecanismo de amortiguación del odio de nuestra sociedad y de nuestra especie?
En esa dualidad puede estar la respuesta: la IA como un arma hiperpeligrosa en manos inadecuadas, o la IA como un mecanismo de regulación de una empatía negativa de la cual nuestra especie no parece poder desprenderse.