El orgullo de nuestras cicatrices

Aprender a aceptar y transformar el dolor nos ayudará a embellecer nuestro interior. La curación emocional sigue siendo el combustible del crecimiento personal. Kintsugi es el arte japonés de reparación de cerámica. La clave es dejar a la vista las grietas embellecidas con oro y plata

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Las cicatrices nos enseñan que el pasado fue real. Y aunque no es fácil aceptarlas forman parte de nosotros. No importa la edad y no se limitan sólo al cuerpo. Todo el mundo ha experimentado, en mayor o menor medida, algún tipo de herida psicológica que ha dejado cicatrices invisibles en su interior. Las cicatrices son muy importantes, hay que lucirlas con orgullo y transformar cada una de ellas en un aprendizaje. Asumir, aceptar y avanzar. Avanzar siempre.

Un modo adecuado de evaluar nuestro camino por la vida es confrontar las buenas y malas experiencias. Hechos positivos y negativos de los que hemos aprendido. Momentos de cambio, circunstancias importantes y modificaciones en nuestra historia personal. Pérdidas, decepciones, sufrimientos, errores y grandes cuotas de afecto cincelan nuestro ser y nuestra personalidad.

La vida es una experiencia impredecible. A veces el trayecto es doloroso, tanto que estamos obligados a tener un kit básico de supervivencia con el que poder sortear con mayor solvencia todos esos imprevistos. Y es que a veces es inevitable que nos hieran. De hecho, es importante que conozcamos el dolor. La inteligencia emocional nos ayudará a poder gestionarlo de forma más provechosa, creativa y vivificante, sin quedar atrapados en patrones de comportamiento y de pensamiento muy negativos. Para sanar heridas debemos aprender a conectar saludablemente con nuestros universos internos a fin de identificarlas y aceptarlas; es momento de canalizarlas y transformarlas a nuestro favor.

La acumulación desordenada y caótica de emociones nos aboca a mostrar patrones de comportamiento disfuncionales y llenos de sufrimiento. Para sanar heridas habrá que poner énfasis en una parte muy especial de la empatía, en esa capacidad de conectar con nosotros mismos para ver las propias heridas de un modo más compasivo y enfocado ante todo a una solución, a una sanación. Si permitimos que las emociones negativas se queden estancadas, enfermaremos. Es un modo de domesticarlas para recordar esa necesidad imperiosa de sobreponernos y salir adelante con mayor aplomo. La curación emocional sigue siendo el combustible del crecimiento personal.

La vida, como la cerámica, es frágil y bella a la vez. Se nos puede romper en cualquier momento en mil pedazos, pero de la misma manera la podremos reconstruir. Construir una nueva realidad en la que podemos aceptar que hemos sufrido y que el alma ha llorado; pero que ni una sola de esas lágrimas ha sido derramada en vano, ya que todas ellas, junto con todas nuestras cicatrices, nos han enseñado algo que debíamos aprender. Transformar las cicatrices en pedagogía, normalizar lo que es normal.

Hay ríos de tinta que nos animan a buscar la felicidad; pero pocos hablan de cómo podemos superar los pequeños y grandes problemas del día a día. Habrá que diferenciar aquello que puede ser cambiado de aquello que no; dejar de intentar derribar muros y buscar puertas; superar el temor al mar y aprender a nadar; dejar de maldecir al río y dedicarse a construir puentes. Nuestra mente, al igual que nuestro cuerpo, está dotada de un mecanismo de adaptación llamado impulso de reparación, que se encargará de sanar nuestro dolor y de embellecer nuestras cicatrices.

Cuando los japoneses reparan objetos rotos, enaltecen la zona dañada rellenando las grietas con oro. Creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. El arte tradicional japonés de la reparación de la cerámica rota con un adhesivo fuerte, rociado, luego, con polvo de oro, se llama Kintsugi. El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada sino que es aún más fuerte que la original. En lugar de tratar de ocultar los defectos y grietas, estos se acentúan y celebran, ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte de la pieza. El objeto reparado con laca de oro o plata es más bello por haber estado roto. Al reparar la cerámica se crea una sensación de una nueva vitalidad. La clave del método consiste en dejar a la vista las cicatrices embellecidas con oro y plata.

En nuestras cicatrices habrá orgullo. Ellas serán la mejor muestra de nuestra fortaleza emocional.

"En un día caluroso de verano en el sur de la Florida un niño decidió ir a nadar en la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, se tiró en el agua y nadaba feliz. No se daba cuenta de que un cocodrilo se le acercaba. Su mamá desde la casa miraba por la ventana y vio con horror lo que sucedía. Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole, el niño se alarmó y dio la vuelta nadando hacia su mamá. Pero fue demasiado tarde. Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos justo cuando el caimán le agarraba sus piernitas. La mujer tiraba con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte pero la mamá era mucho más apasionada. Un señor que escuchó los gritos se apresuró hacia el lugar con una pistola y mató al cocodrilo.

El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aun pudo llegar a caminar. Cuando salió del trauma un periodista le preguntó si le quería enseñar las cicatrices de sus piernas. El niño levantó la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se arremangó la camisa y señalando hacia las cicatrices en sus brazos le dijo: "Pero las que usted debe ver son éstas". Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza. "Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida".

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