“El patriarcado genera que haya menos personajes femeninos”

Entrevista a Andrés Neuman

“Los hombres podemos ser narrados por una voz femenina”

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Andrés Neuman nació en Buenos Aires, pero desde muy chico vive en España. “Casi toda mi vida la pasé en España, pero toda mi familia es argentina. Adentro de casa estábamos en Argentina y cuando con mi hermana abríamos la puerta para ir a jugar, estábamos en España. La frontera era la puerta”, cuenta a BAE Negocios en un perfecto modismo y acento “argentino” durante su viaje para presentar su nueva novela. “Terminé por no saber muy bien dónde estoy, mi residencia es la frontera. Se piensa de dónde son los hijos respecto al arraigo, pero también está dónde mueren tus seres queridos. Mi mamá nació acá y murió en España. No sabíamos si enterrarla, porque eso significaba elegir una tierra. Decidimos plantar un árbol con parte de sus cenizas y otra parte las tiramos al mar, lugar dinámico por definición, que circula, con la idea de que esas cenizas terminaran tocando la otra orilla atlántica. Todo esto tiene mucho que ver con desde dónde uno escribe”, sostiene el autor.

“Nuestros bisabuelos hablaban una lengua extranjera, hay un factor de traducción linguística en la historia argentina. Estamos constituídos por una memoria traducida. Una novela como Fractura estaba medio condenado a escribirla, entre mi experiencia familiar, desdoblarme en varias orillas, la historia de todo de mi país natal. Uno termina obsesionándose con la traducción como modo de estar en el mundo y relacionarse con las personas”, sostiene el creador del señor Watanabe, sobreviviente de la bomba atómica, se siente un fugitivo de su propia memoria y está a punto de tomar una de las decisiones más cruciales de su vida. El terremoto previo al accidente de Fukushima provoca un movimiento de placas que remueve el pasado colectivo. Cuatro mujeres narran sus vidas y sus recuerdos de Watanabe a un enigmático periodista argentino, en un recorrido sentimental y político por ciudades como Tokio, París, Nueva York, Buenos Aires o Madrid.

“A mí, Japón me tiene enamorado desde niño, sabiendo que no lo entendemos, pero me gusta la malinterpretación que nosotros hacemos de ellos y ellos de nosotros. Ese mal entendido mutuo me parece que genera mucha literatura. El tema de la repetición me interesaba también. Un país con su esplendor económico basado en la energía que los destruyó. Cómo hace un país para sobrevivir a sus propias repeticiones. Pensemos en nuestro país. Japón me servía para pensar con más distancia memorias históricas de países que sí conozco. La pulsión autodestructiva de ese país y la increíble capacidad constructiva que tiene, me temo nos alude más de lo que suponemos”, dice.

–Narrar desde voces femeninas ¿fue complicado?
–Si, pero tiene una recompensa extra embarcase en esa misión, te enseña mucho como hombre. Podemos ser narrados desde lo femenino. ¿Puede una mujer hablar en nombre nuestro? Obvio que creo que si. Una causa estructural, más narrativa, que los hombres podamos ser dichos por una voz femenina. Una pequeña revolución narrativa. Lo que llamamos patriarcado, también es una estructura narrativa que genera que haya muchos menos personajes femeninos de los que debería haber. Y muchos de los personajes femeninos son construidos desde una mirada masculina. Esto es al revés. Fue una aventura. Un proyecto narrativo fácil no expresaría el quilombo que somos. ¿Qué nos pasa narrativamente? Hay algo que se está modificando para siempre.

–¿Cómo te presentan?
–Fue cambiando a lo largo de mi vida. Me gusta mucho porque la identidad es dinámica. Yo fui a la escuela en España, cuando estoy allá hablo con “z, vosotros, tú” me sale natural y acá hablo en argentino, cambio de uno a otro de manera natural. Mi argentino lo mantuve porque vengo acá seguido, desde adolescente se hacía algo muy importante venir, yo juntaba plata trabajando de lo que podía para viajar, en esa época cuando venía acá me argentinizaba mucho. Cuando salgo de Ezeiza el taxista de ida me toma por extranjero y el de vuelta como un argentino que se va de viaje. Yo empecé a publicar con 20 años. Tenía que buscar mis libros en distintas secciones de las librerías, algunos estaban en literatura argentina, otros latinoamericana. Me pareció un autorretrato perfecto, yo no se muy bien dónde ponerme. Empecé a buscar el vínculo más directo con lo argentino, empezaron a pasar varias cosas que me oficializaron como escritor argentino acá. En España jamás se olvidan de decir que nací en Argentina, el término que emplean es hispanoargentino.

–¿Y vos cómo te presentás?
–También fue cambiando. A estas alturas mi parte argentina es irrenunciable. Además, no puedo olvidar que vengo de una familia de educación argentina. La residencia para mi no dice gran cosa, para mi lo fundante es qué familia tuviste. A mi me tocó una familia argentina, pero estoy casado con una española, trabajo en España, mi mamá murió allá. No puedo negar mi parte argentina, ni quiero, ni negar mi parte de arraigo español.

–¿Qué es kintsugi?
 –En Japón los artesanos antiguos cuando se rompían los cuencos de cerámica, por ejmplo, los arreglaban rellenando las grietas, las fracturas con polvo de oro. Los objetos reparados con esta técnicas salen más que los que no les pasó nada. Metáfora increíble de lo que se puede hacer con nuestras propias cicatrices. La gente con mucho dolor que se reconstruye El kintsugi hace devolver ese objeto al presente y al futuro, se vuelve a usar pero recuerda con honestidad lo que le ha pasado.

–¿Escribís pensando en el lector?
–Escribir para vos es escribir para el otro, no creo en la diferenciación entre los autores y los lectores, creo que cohabitan una frontera. Un lector puede saber más que vos mismo, porque muchas veces un lector entiende mucho mejor la novela que uno.

–¿Para qué sirve la literatura?
–Para propiciar ideas y emociones, si no leyéramos nos pasarían menos cosas. Cuando estamos viviendo eso que llamamos realidad estamos en piloto automático. Cuando en teoría nos vamos a la ficción paramos un momento y vemos que de pronto somos conscientes de todo. La literatura sirve sobretodo para recordar que estamos vivos.

El libro Fractura, de Andrés Neuman, fue editado por Alfaguara. Precio:  $539

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