Estrategia comercial de EE.UU.: el boomerang de Trump

A pesar de la agresiva política arancelaria, se amplía el déficit con China y los aliados empiezan a alejarse. Una guerra que no lo muestra ganador

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El el mundo asiste sorprendido al espectáculo de andanada tras andanada de aranceles al comercio por parte del presidente de la única superpotencia mundial, los Estados Unidos. Donald Trump, recordando tal vez sus tiempos de figura principal del reality show "The Apprentice", decidió cambiar el "estás despedido" por "estás arancelado", volviendo a una receta que, al menos discursivamente, parecía haber quedado atrás en tiempos de globalización: levantar barreras arancelarias para "impulsar" la sustitución de importaciones por producción propia. O, en sus propias palabras, hacer de nuevo grande a América (léase los Estados Unidos)".

Pero a contramano de lo que el mandatario y magnate inmobiliario pregona, la imposición de aranceles sobre su principal objetivo para bajar el déficit, China, no estaría logrando los resultados esperados.

Según reportó la agencia Efe el Gobierno de Estados Unidos estimó que en la primera mitad del año el desequilibrio en el intercambio comercial bilateral a favor de Beijing aumentó 8.3%, después de que en 2017 alcanzase un récord de u$s 375.000 millones.

Sumado a eso, varios precios están subiendo, en una derivación negativa para los consumidores. No obstante, Trump insiste en su receta y la última semana volvió a imponer gravámenes a casi 300 productos por u$s16.000 millones, lo que motivó una respuesta igual de las autoridades chinas.

La estrategia de Trump parece apuntar a forzar negociaciones desde una posición de “mono con navaja” al que parece imposible calmar y a quien es mejor hacer concesiones. El problema aparece cuando el oponente no está dispuesto a someterse a las presiones. Hasta ahora China se mostró pragmática y con innegable tendencia negociadora, pero no dudó en implementar represalias frente a cada suba de tarifas de Estados Unidos.

No obstante, la estrategia de Trump no parece efectiva dado que el déficit comercial de EE.UU. este año va camino a ser el más alto de la última década, puesto que en los seis primeros meses de 2018 alcanzó los 291.200 millones de dólares. De mantenerse la tendencia, 2018 cerraría con el déficit comercial más alto desde 2008.

Los aranceles tampoco parecen haber impactado en el comercio chino, ya que sus exportaciones en lugar de contraerse aumentaron en julio último, tras la primer tanda de sanciones.

El costo interno

Otra consecuencia indeseada, y que afecta directamente a los consumidores estadounidenses es el aumento de los precios internos derivado de la aplicación de aranceles. A fines de julio, la agencia AFP reportaba que las latas de Coca-Cola y Fanta estaban más caras, los precios de los automóviles subían y hasta los archiconocidos post-it costaban más. La razón: las empresas estadounidenses empezaron a pasar a los consumidores los costos de la guerra comercial, ante la imposibilidad de producir internamente (al menos en el corto y mediano plazo y en las cantidades necesarias para la industria) los insumos importados.

Y es que tras la publicación de los resultados del segundo trimestre del año, muchas empresas subieron los precios para proteger sus márgenes de rentabilidad frente a la escalada de los precios del acero y del aluminio, que aumentó los costos de fabricación de los productos, por la aplicación de los aranceles.

“Claramente es perturbador para nosotros. Es perturbador para nuestros clientes pero es necesario” justificó James Quincey, director ejecutivo de Coca-Cola, que aumentó sus precios al inicio del mes, después de que entraron en vigor los nuevos aranceles de 25% y 10% en las importaciones de acero y aluminio, impuestos por el presidente Trump.

Los aranceles “son una de las razones que nos impulsaron a mediados del año a anunciar un alza de precios”, se defendió el ejecutivo. Esos aranceles, seguidos por las represalias de China, la Unión Europea, Canadá y México, afectaron la actividad de embotellamiento (plástico, resina) y el transporte. “A corto plazo, va a haber cierto impacto para los consumidores”, advirtió por su parte Deborah Thomas, directora financiera de Hasbro. Hasbro, que se especializa en juegos de mesa (Scrabble, Trivial Pursuit) en medio de conversaciones con sus proveedores y distribuidores respecto de un aumento de precios a implementarse durante el crucial periodo de las fiestas navideñas.

De esta manera, la realidad desmintió al secretario de Comercio, Wilbur Ross, quien había asegurado que los consumidores no iban a percibir la entrada en vigor de los gravámenes al aluminio y al acero.

Se mostraba además otra forma en que las compañías se veían afectadas por las políticas comerciales del presidente, ya que no sólo impactaban los mayores precios de los insumos importados, sino que también subían los costos para sus clientes en los mercados de exportación. Esto, en momentos en que la fortaleza creciente del dólar empieza a volver menos competitivias sus exportaciones y las devaluaciones de las monedas de mercados emergentes (como el real brasileño, peso argentino etc.), reducen los beneficios empresarios en dólares en estas regiones.

Las grandes empresas automotrices de Detroit (General Motors, Ford, Fiat Chrysler) revisaron a la baja sus expectativas para 2018, debido a los nuevos aranceles. Tan sólo GM calculó la factura del alza de los precios del aluminio y del acero -que representan más de la mitad de los componentes de un automóvil- en más de u$s 1.000 millones para el año en curso. “Vamos a recuperar ese déficit aumentando los precios”, advirtió Chuck Stevens, director financiero de GM.

Pero el espectro de sectores afectados por las medidas proteccionistas estadounidenses y las represalias de ciertos países son más que sólo las automotrices. Los productores de whisky, de bourbon, el fabricante de las motocicletas Harley-Davidson -productos golpeados por los impuestos punitivos de la Unión Europea- también dieron voces de alarma. Para mostrar la diversidad de afectados basta un dato: según Goldman Sachs, la guerra comercial podría reducir en 15% los beneficios de 500 de las mayores empresas estadounidenses.

Pero el sector tal vez más afectado hasta ahora es el de la agricultura, ya que el gobierno chino apuntó sobre ese segmento (la mayor parte del cual apoyó a Trump en las presidenciales) sus cañones a la hora de las represalias comerciales, con aranceles sobre productos tales como la soja, que este año superará en superficie sembrada al trigo y al maíz, históricos pilares del campo estadounidense. Consciente del peligro ante la cercanía de las elecciones legislativas de medio término, el gobierno de Trump dispuso un plan de emergencia de 12.000 millones de dólares para ayudar a los agricultores afectados.

Y si bien desde el Gobierno marcan como un logro que la exportación de soja estadounidense a China aumentó, los analistas revelan que en realidad fueron ventas anticipadas a la imposición de aranceles y sus posteriores represalias, que empujarán a los chinos a los brazos de otros proveedores sojeros, como Brasil o (incluso) la Argentina.

Con lo que, pese al autobombo aprendido por Trump en muchas temporadas de televisión y que utiliza en cada aparición pública, la “guerra” iniciada por él no estaría dando demasiado margen para festejar. Tal vez le esté llegando el momento de “desensillar hasta que aclare”, algo que incluso el imprevisible Trump puede hacer.

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