Brasil

Cuando la política se reduce al relato

Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva, pese a sus diferencias ideológicas, comparten una lógica política centrada en la confrontación, el relato y la búsqueda de impacto en las redes sociales, relegando los problemas de fondo.

Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva disputan el terreno del relato. Ambos parecen más preocupados por ocupar el imaginario colectivo que por afrontar los problemas concretos de la sociedad. Paradójicamente, dirigentes presentados como antagónicos revelan más similitudes que diferencias en su manera de hacer política.

Al definir sus prioridades, con frecuencia no prevalece la razón de Estado, sino los intereses políticos de sus respectivas bases de apoyo. La reciente crisis diplomática es, en buena medida, el resultado de egos políticos y de la necesidad permanente de alimentar la confrontación electoral, creando adversarios tanto externos como internos para mantener movilizados a sus seguidores.

Resulta sintomático comprobar que sectores ubicados en extremos opuestos suelen reproducir los mismos métodos. Difícilmente pueda considerarse compatible con la tradición diplomática que el presidente de un país participe en una convención organizada por la oposición de otro Estado para cuestionar públicamente a su jefe de gobierno. Como mínimo, se trata de un gesto poco elegante e incompatible con la investidura presidencial.

Vivimos una época en la que los likes en las redes sociales parecen valer más que el respeto por las normas del derecho internacional, la diplomacia, el sentido común, la construcción de proyectos de largo plazo y los propios valores de la convivencia democrática. La política se ha vuelto rehén de los algoritmos, que amplifican y aceleran la disputa por el relato.

Hemos entrado en una etapa peligrosa, en la que la coherencia cede lugar al oportunismo.

Esa lógica puede observarse incluso en situaciones aparentemente triviales. Conocí a un abogado vinculado al Partido Liberal (PL) que, durante la final del Mundial, afirmaba odiar a los argentinos. Poco tiempo después, esa misma persona aplaudía el discurso de Javier Milei en una convención organizada por Flávio Bolsonaro. Sorprende hasta qué punto la incoherencia ha sido normalizada. Las convicciones se han vuelto circunstanciales, moldeadas según la conveniencia política del momento, sin compromiso con la memoria, la dignidad ni los propios principios.

Algo similar ocurrió con integrantes del Partido de los Trabajadores (PT), que celebraban declaraciones hostiles de Lula dirigidas a Paraguay y que, durante el Mundial, alentaban a la selección paraguaya frente a Francia bajo el argumento de que, en ese momento, "todos éramos latinoamericanos". La identidad parece cambiar según las conveniencias de cada circunstancia.

Lo mismo sucede cuando causas legítimas son transformadas en instrumentos de disputa política. En lugar de contribuir a resolver problemas reales, pasan a servir como herramientas de movilización partidaria. El resultado es el deterioro de su credibilidad, el fortalecimiento de reacciones igualmente extremas y una polarización cada vez más profunda.

Esa volatilidad resulta preocupante. No podemos dejar el futuro del país en manos de los populistas de los likes, de las redes sociales y de la indignación permanente. No somos nosotros quienes debemos adaptar nuestros valores a la lógica de las plataformas digitales; son ellas las que deben estar al servicio de la sociedad, y no al revés.

La manipulación del debate público pasa, en gran medida, por quienes concentran poder: político, económico, mediático y, cada vez más, tecnológico. Mientras tanto, la sociedad es empujada hacia conflictos artificiales que desvían la atención de los problemas verdaderamente importantes.

La Constitución brasileña emana del pueblo, existe para el pueblo y debe estar al servicio del pueblo. El gran desafío de nuestro tiempo consiste en lograr que las instituciones vuelvan a encontrarse con la sociedad que representan.

Me atrevo a afirmar que los polos políticos enfrentados padecen problemas estructurales muy similares. Ambos reducen el debate a cuestiones superficiales, mientras los grandes desafíos nacionales continúan sin respuesta.

Necesitamos líderes coherentes, conciliadores, idealistas y constructivos. Líderes comprometidos con valores sólidos, capaces de fortalecer las instituciones, comprender las necesidades de la población, ofrecer soluciones concretas y respetar las diferencias como un componente esencial de la democracia.

En Brasil, todo indica que las elecciones de 2026 volverán a estar marcadas por la disputa entre el lulismo y el bolsonarismo. Mientras tanto, la polarización sigue consolidándose, el debate público pierde calidad y el país continúa postergando la construcción de un verdadero proyecto nacional, capaz de colocar el interés colectivo por encima de las permanentes disputas por el poder.

 *Presidente del Instituto Teotônio Vilela de Goiás, Brasil. Es abogado, magíster en Planificación Urbana por la Pontificia Universidad Católica de Goiás y director adjunto de la Escuela Superior de la Abogacía de Goiás.