Ecuador en zona roja: desgaste, incertidumbre y caída de expectativas en el primer año de Noboa
Una investigación de Radar expone el deterioro económico, social y político del país, mientras crece el rechazo al gobierno y se inicia un proceso de revocatoria de mandato.
La sociedad ecuatoriana comienza a dar señales cada vez más claras de agotamiento y descontento con el gobierno de Daniel Noboa. La caída en la valoración presidencial ya no parece un fenómeno aislado ni una fluctuación pasajera de la opinión pública. Por el contrario, empieza a consolidarse como un proceso de desgaste sostenido, impulsado por la inseguridad, el desempleo, la crisis del sistema de salud y el aumento de los casos de corrupción.
El problema para el oficialismo es que, mientras el malestar social crece, gran parte de sus funcionarios parecen reaccionar con enojo frente al humor social, en lugar de comprender las causas profundas que lo generan. Y cuando un gobierno comienza a discutir con la sociedad, en vez de escucharla, suele ingresar en una etapa políticamente peligrosa.
A un año de la última elección presidencial y del inicio formal del nuevo ciclo político encabezado por Noboa, la sensación predominante es la de un desgaste acelerado: un gobierno atrapado entre la improvisación, la desconexión social y una creciente pérdida de credibilidad.
La última encuesta nacional de Radar, realizada en mayo sobre 1.287 casos y con un nivel de confianza del 95%, refleja un clima sociopolítico atravesado por la incertidumbre, la frustración y la pérdida de confianza en la capacidad del gobierno para resolver los problemas estructurales del país. Pero los números, por sí solos, no alcanzan para explicar el momento ecuatoriano. Lo que empieza a emerger es algo más profundo: una percepción colectiva de agotamiento político y cancelación de futuro.
La elección que llevó a Noboa al poder ya había dejado interrogantes abiertos. Las denuncias de irregularidades, la falta de apertura de urnas, la baja credibilidad de los resultados y las sospechas instaladas en amplios sectores sociales y organizaciones internacionales fueron el punto de partida de una administración que nunca logró consolidar una legitimidad sólida. Gobernar en contextos de desconfianza estructural exige construir autoridad política y confianza pública. Y eso fue, precisamente, lo que el oficialismo nunca terminó de conseguir.
El dato más elocuente probablemente no sea únicamente la imagen presidencial, aunque también resulta contundente: un 57,6% la desaprueba. El problema más profundo es otro: la percepción de un deterioro generalizado. Un 66,5% de los ecuatorianos considera que el país está peor que hace un año.
En política, cuando el humor social entra en una lógica descendente, los gobiernos dejan de administrar expectativas y comienzan a sobrevivir en modo defensivo. La esperanza se transforma en frustración. Y la frustración, cuando se acumula, erosiona rápidamente la confianza pública.
La investigación muestra, además, cuáles son hoy las principales angustias sociales: la corrupción aparece como el principal problema del país, con un 42,8%; seguida por la delincuencia, con 20,7%; y la falta de empleo, con 11,9%. Es decir: ética pública, seguridad y economía. Las tres dimensiones centrales sobre las que Noboa había construido buena parte de su narrativa de campaña.
Y allí aparece una de las principales debilidades del oficialismo: la creciente distancia entre el relato y la realidad.
Ecuador ya venía golpeado por una crisis de seguridad sin precedentes, la caída del empleo y severos problemas energéticos, con apagones incluidos. Sin embargo, lejos de transmitir capacidad de control o conducción, amplios sectores perciben que el gobierno profundizó la incertidumbre y perdió capacidad de respuesta frente a los problemas cotidianos de la población.
La evaluación por áreas confirma esa caída. Salud acumula un 73,1% de imagen negativa; seguridad, un 67,3%; y generación de empleo, un 64,4%. Son números demasiado altos para ser interpretados como un malestar coyuntural. Revelan una percepción de desorden estructural y ausencia de resultados concretos.
Pero además del deterioro económico y social, empieza a aparecer otro factor todavía más delicado: la pérdida de confianza en la palabra presidencial.
Noboa comenzó a erosionar parte de su capital político cuando amplios sectores de la ciudadanía empezaron a percibir rasgos autoritarios, contradicciones discursivas, persecución a líderes opositores y un manejo excesivamente personalista del poder. La política latinoamericana suele tolerar errores; lo que difícilmente perdona es la desconexión emocional con los problemas reales de la sociedad.
En ese contexto, empieza a emerger algo impensado hace apenas meses: la discusión sobre una eventual revocatoria de mandato. Más del 54% se muestra de acuerdo con impulsarla. Y lejos de descomprimir el escenario político, varias decisiones recientes del gobierno parecen haber profundizado aún más la polarización.
Sin embargo, una duda comienza a instalarse a nivel social: ¿existirá independencia de los organismos electorales a la hora de permitir que avance dicho proceso de revocatoria o cederán ante la presión del gobierno?
El caso de Aquiles Álvarez es, probablemente, el ejemplo más visible. La detención del alcalde genera más rechazo que apoyo en la opinión pública y refuerza una idea que empieza a crecer en distintos sectores: la utilización de instituciones del Estado con fines de persecución política.
A esto se suman las denuncias sobre intentos de debilitar o excluir a la Revolución Ciudadana -principal fuerza opositora- de la competencia electoral rumbo a las elecciones seccionales. Todo ello alimenta una percepción de cooptación institucional y deterioro democrático que comienza a preocupar incluso a sectores moderados.
La credibilidad presidencial sufrió, además, otro golpe importante tras el informe difundido por Ecuador Chequea. Según el relevamiento, a un año de gobierno, el 75% de las afirmaciones públicas realizadas por Noboa fueron catalogadas como falsas, imprecisas o engañosas.
En comunicación política, la pérdida de credibilidad es uno de los daños más difíciles de revertir. Un gobierno puede atravesar crisis económicas o cometer errores de gestión. Lo que resulta mucho más complejo es reconstruir confianza cuando la sociedad comienza a dudar sistemáticamente de la palabra presidencial. Porque cuando se rompe el vínculo de credibilidad, no solo se debilita un liderazgo: se deteriora la propia capacidad de gobernar.
Mientras el oficialismo pierde centralidad, Rafael Correa vuelve a funcionar como ordenador del escenario político ecuatoriano. Un 57,1% considera que Ecuador estaba mejor durante su gobierno y un 41,9% afirma que votaría por candidatos que representen su espacio en las próximas elecciones seccionales. Noboa, en cambio, apenas alcanza el 26,8% de preferencia electoral para sus candidatos locales.
En momentos de crisis, las sociedades tienden a revalorizar etapas que recuerdan como períodos de estabilidad, previsibilidad o conducción política clara. La comparación dejó de ser ideológica y comenzó a ser pragmática.
La política ecuatoriana parece ingresar nuevamente en una etapa en la que la demanda social ya no pasa solamente por el cambio, sino también por el orden, la estabilidad y la confianza.
Y cuando una sociedad empieza a mirar más hacia atrás que hacia adelante, los gobiernos deberían entender que el problema ya no es únicamente de comunicación. Es de gestión, de credibilidad y de conducción política.
Porque los gobiernos no comienzan a caer únicamente cuando pierden elecciones. Muchas veces comienzan a caer cuando la sociedad deja de creerles.
(Para acceder al informe completo solicitarlo a @divoskus)
*Es Presidente de la Cumbre Mundial de Comunicación Política. Fue el estratega detrás de la elección de Nasry Asfura en Honduras. Ha participado en campañas electorales y asesorado a Gobiernos en Argentina, Colombia, México, República Dominicana, Perú y Ecuador. Fue Diputado de la Provincia de Buenos Aires en el periodo2015 al 2019. Es Magister en Desarrollo Económico Local (Universidad Autónoma de Madrid y Universidad Nacional de Gral. San Martín), Licenciado en Comercialización (Universidad de Palermo).

