El pulso de las calles y el Brasil real
Existe una profunda desconexión entre la clase política brasileña, centrada en la polarización y el calendario electoral, y la realidad cotidiana de una población que enfrenta desafíos concretos como la inseguridad, la falta de empleo y la necesidad de mejores servicios públicos
Brasil ha entrado, una vez más, en el período previo a las elecciones. Mientras los partidos negocian alianzas y diseñan sus estrategias, un país muy distinto del que describen los discursos políticos sigue con su vida cotidiana, lejos de las disputas que dominan Brasilia. Después de recorrer 151 municipios del estado de Goiás, resulta imposible ignorar esa realidad. Cada ciudad revela prioridades y desafíos propios. Existen muchos Brasiles bajo una misma bandera, y quizá el mayor error de la política contemporánea sea insistir en tratarlos como si fueran uno solo.
Es precisamente fuera de los grandes centros de poder donde aparecen las demandas más urgentes. La vivienda, el empleo y la educación siguen ocupando el centro de las preocupaciones de millones de brasileños. En el interior de Goiás, la agricultura familiar continúa siendo un tema recurrente, mientras entre los jóvenes crece una inquietud silenciosa: la sensación de no pertenecer. Muchos ya no se sienten representados por los dirigentes políticos ni encuentran interlocutores capaces de comprender las transformaciones que están redefiniendo el mundo del trabajo, la comunicación y la vida pública.
Los cambios también alcanzaron a la delincuencia. El crimen organizado expandió sus operaciones al ámbito digital, volviéndose más sofisticado y mejor articulado. En numerosos casos, las organizaciones criminales incrementaron su capacidad para infiltrarse en instituciones públicas y corromper a funcionarios del Estado, desafiando los mecanismos tradicionales de control y fiscalización. Afrontar este escenario exige mucho más que reforzar las estructuras de represión: requiere comprender la naturaleza de una amenaza que ha cambiado de escala, de métodos y de alcance.
Escuchar al Brasil real debería ser el punto de partida de cualquier programa de gobierno. Antes de formular promesas, la política necesita recuperar la capacidad de escuchar. Sin embargo, hoy ocurre exactamente lo contrario. La polarización consume casi toda la energía del debate público, mientras los problemas concretos continúan esperando respuestas que rara vez llegan.
Esa distancia entre el discurso político y la realidad cotidiana también se refleja en la economía. Los sectores productivos observan con preocupación el impacto de la reforma tributaria sobre la competitividad regional. En el campo, los productores agropecuarios y el agronegocio conviven con el creciente peso del endeudamiento y esperan mecanismos que les brinden mayor previsibilidad y seguridad para invertir y producir.
En este contexto, el proceso electoral tiende a reproducir un escenario ya conocido. De un lado, el oficialismo; del otro, la oposición. Fuera de ese eje, el espacio para nuevos liderazgos continúa siendo reducido. Más preocupante aún es comprobar que la construcción de un proyecto de país sigue subordinada a las conveniencias del calendario electoral.
La dificultad para pensar un proyecto nacional también limita la manera en que Brasil concibe su inserción regional. El Mercosur, por ejemplo, continúa siendo visto casi exclusivamente como un bloque comercial, cuando podría representar mucho más. Integrar universidades, investigadores, estudiantes y mercados laborales podría otorgar un nuevo sentido al proceso de integración. Más que negociar acuerdos, Brasil necesita debatir el papel que aspira a desempeñar en América del Sur y el legado que desea dejar a las próximas generaciones.
Las prioridades del país siguen siendo mucho menos ideológicas que concretas. Millones de brasileños todavía esperan políticas públicas orientadas al acceso a la primera vivienda, a la permanencia en la educación superior, a reducir el abandono escolar, al crédito para pequeños emprendedores y a la generación de empleo e ingresos. En una gran cantidad de hogares son las mujeres quienes sostienen económicamente a sus familias, una realidad que continúa ocupando un lugar marginal en buena parte de los discursos políticos y de las agendas electorales.
Ese es el Brasil que rara vez ocupa el centro de la disputa partidaria. Mientras el debate público se concentra en enfrentamientos ideológicos, persisten desafíos elementales vinculados al saneamiento, la infraestructura urbana, la modernización de la matriz energética y la ampliación de las oportunidades educativas. Ninguna corriente de pensamiento, por sí sola, lleva agua potable a los hogares, crea empleo o reduce las desigualdades.
Las redes sociales profundizaron la desconexión entre el debate político y la realidad cotidiana. El entorno digital favoreció la lógica del enfrentamiento permanente, transformando a los adversarios en enemigos y las diferencias en identidades irreconciliables. En ese contexto, la disputa por el relato pasó a tener más peso que la búsqueda de soluciones. El debate público se empobrece cuando las estrategias de campaña reemplazan a los programas de gobierno y relegan los asuntos decisivos para el futuro nacional a la urgencia del calendario electoral.
Cuando la confrontación permanente sustituye al diálogo, el debate pierde profundidad. La emoción desplaza a la reflexión; las diferencias se convierten en antagonismos permanentes y la construcción de consensos resulta cada vez más difícil. Se consolida una cultura en la que se aprende a gritar antes que a argumentar, a tomar partido antes que a comprender y a dividir antes que a construir. Sin embargo, la historia demuestra que ningún proyecto político es definitivo y que ninguna hegemonía resiste indefinidamente el paso del tiempo y el peso de la realidad.
Quizá por eso la política parezca hoy más alejada de la sociedad que en otros momentos. Mientras la población enfrenta diariamente problemas concretos en las periferias urbanas, las pequeñas ciudades y las comunidades rurales, buena parte de la dirigencia institucional permanece absorbida por disputas que poco dialogan con esa realidad. El sentido de pertenencia se debilita y la polarización termina ocupando ese vacío al ofrecer respuestas simples a una sociedad que cada vez se siente menos representada.
A las puertas de las convenciones partidarias que oficializarán las candidaturas a la Presidencia de la República, todo indica que la campaña volverá a concentrarse en los grandes polos políticos. Lo que sigue siendo una incógnita es si habrá espacio para un debate capaz de colocar en el centro de la agenda cuestiones como el desarrollo, la educación, la infraestructura, la seguridad pública, la innovación y la integración regional.
Cualquiera sea el resultado de las urnas, la construcción de un verdadero proyecto de país seguirá siendo una responsabilidad compartida. Corresponderá a la sociedad, a las instituciones y a la dirigencia política elevar la calidad del debate público y volver a situar el interés nacional por encima de las conveniencias electorales.
Al final, las elecciones pasan. Los gobiernos cambian. Los relatos se desvanecen. El país, sin embargo, permanece. Por eso Brasil necesita menos hinchadas y más estadistas; menos consignas y más planificación; menos enemigos imaginarios y mayor capacidad para construir consensos en torno a los problemas que verdaderamente moldean la vida de las personas.
Cuando se apague el ruido de las campañas, volverá a ser el pulso de las calles -y no el de las redes sociales- el que marque el rumbo del país. Y será ese Brasil, el Brasil real, el que las próximas generaciones heredarán de las decisiones que tomemos hoy.
* Michel Afif Magul es presidente del Instituto Teotônio Vilela de Goiás, Brasil. Es abogado, magíster en Planificación Urbana por la Pontificia Universidad Católica de Goiás y director adjunto de la Escuela Superior de la Abogacía de Goiás.

