Prólogo de Andrés Malamud

Gobernar odiando al Estado

Un libro editado por Alejandro Estevéz que desentraña el misterio de gestionar lo que se aborrece. Si lo querés, te regalamos el libro. Escaneá el código QR dentro de la nota.

Prólogo del libro "Gobernar odiando al Estado", del profesor Andrés Malamud:

El único Estado bueno

Este libro no trata del Estado sino de lo que se dice del Estado. Su argumento, sin embargo, es que «una narrativa no se limita a describir o justificar una realidad existente, sino que contribuye activamente a producirla». El discurso, por lo tanto, hace al Estado -o lo deshace-.

Los autores analizan la normalización de una retórica que no solo critica la ineficiencia del Estado, sino que lo presenta como «enemigo, obstáculo o residuo». La ineficiencia podría curarse con reformas; para la maldad intrínseca, en cambio, las reformas no bastan: hace falta extirpar. El único Estado bueno es el Estado muerto, parecen gritar los voceros de la retórica antiestatal. Y no obstante, compiten electoralmente para dirigirlo. Esta es una de las paradojas más destacadas en varios de los capítulos: mientras los anarquistas de siglos pasados atentaban contra los gobernantes, los actuales pretenden sustituirlos. Tiene sentido: para las religiones antiestatistas, los pecados son siempre ajenos. En manos propias, el Estado lava sus culpas y se torna inocente; incluso, a veces, santo.

Aunque puedan generalizarse, los análisis de este libro tienen un límite regional: el continente americano. Y no se trata únicamente de «la especificidad latinoamericana», que el libro define como el hecho de que sus estados no estaban plenamente consolidados. La peculiaridad va más allá: las Américas, como se la llama en inglés, es la región geopolíticamente más estable del mundo. Salvando la descolonización tardía del Caribe, el último país que se formó fue Panamá en 1903, cuando la Unión Soviética ni siquiera había nacido, y mucho menos se había disuelto. 

¿Por qué importa esto? Porque hoy América es el único continente sin guerras, y el único en cuyo suelo no se combatió durante ninguna de las dos conflagraciones mundiales. Como enseñó Charles Tilly, la guerra hizo al Estado y el Estado hizo la guerra. La ausencia de ese «monstruo grande que pisa fuerte» debe entonces, necesariamente, reflejarse en la percepción que los pueblos tienen de sus Estados. Cuando la supervivencia de un país no está en juego, el instrumento que la garantiza parece prescindible. ¿Y qué queda de un Estado cuando se lo despoja de la fuerza? Los impuestos, vade retro. Si hay un continente donde es más evidente el costo del Estado que su utilidad, ese es el americano.

Al predominio de la faceta extractiva del Estado por sobre su faceta defensiva se le suma una contraprestación deficiente. Servicios de mala calidad, inseguridad rampante y corrupción generalizada deslegitiman aún más la función impositiva. Eso torna simpáticas expresiones extremas como las de Javier Milei, cuando afirma que «entre la mafia y el Estado prefiero a la mafia. La mafia tiene códigos, la mafia cumple, la mafia no miente, la mafia compite.» Por eso, sus conciudadanos pudieron elegirlo jefe de Estado sin sentirse en contradicción; para que, una vez electo, declarase: «amo ser el topo dentro del Estado, soy el que destruye el Estado desde adentro». 

A tanto llega su odio que invierte la fórmula de la economía clásica, que solo justifica a los monopolios -o sea, al Estado- cuando cumplen funciones inalcanzables para el mercado: la garantía de la competencia, la provisión de bienes públicos y la prevención de externalidades negativas. Siguiendo a Murray Rothbard, en cambio, los anarcocapitalistas creen que «los monopolios no son malos en sí mismos, e incluso pueden ser buenos si son producto de la acción emprendedora; son nocivos, por el contrario, si son creados por el poder del Estado.»

En esta obra, diestramente compilada por Alejandro Estévez, se afirma que «las narrativas antiestatales no solo describen un Estado fallido: contribuyen activamente a producirlo». No se niega, sin embargo, que la descripción sea correcta. La primera causa del antiestatismo en las Américas no es la ideología de los odiadores sino el fracaso de los administradores del Estado. Por eso, proclama Joan Subirats en el prólogo, «lo que se necesita es una reinvención de lo público». Las narrativas de líderes como Donald Trump, Nayib Bukele y Jair Bolsonaro, tres grandes beneficiarios del poder estatal, logran tracción popular porque las deficiencias del Estado han generado receptividad entre los ciudadanos. Entender el odio hacia el Estado requería un libro como éste; superarlo requerirá otro Estado.

Gobernar odiando al Estado

*Andrés Malamud. Investigador Principal del Instituto de Ciencias Sociales, Universidad de Lisboa. Lisboa, 25 de mayo, 2026