Dolor

Las cinco fracturas de una Bolivia herida

Tras 54 días de bloqueo, Bolivia no solo enfrenta pérdidas económicas, sino también profundas fracturas en la previsibilidad, la convivencia y la capacidad de proyectar el futuro.

Las crisis tienen una capacidad silenciosa: convierten lo extraordinario en cotidiano. Lo que ayer parecía inaceptable, mañana empieza a asumirse como parte de la rutina. Una pareja que sobrevive a una discusión que estuvo a punto de terminar con la relación nunca vuelve a discutir igual. Con los países ocurre exactamente lo mismo.

Después de 54 días de bloqueo, Bolivia volvió a abrir sus carreteras, pero no volvió a ser el mismo país. No porque hayan cambiado sus fronteras o sus instituciones de un día para otro, sino porque cambió algo mucho más profundo: la manera en que las personas comenzaron a tomar decisiones. Hay acontecimientos que duran semanas, pero reescriben el comportamiento de una sociedad durante años.

Durante casi dos meses aprendimos a hacer filas antes del amanecer, a comprar más de lo necesario por temor al desabastecimiento, a buscar rutas alternativas, a postergar inversiones y a vivir pendientes de la siguiente noticia. Sin darnos cuenta, terminamos normalizando la incertidumbre. Ahi es donde aparece el verdadero legado de una crisis prolongada: no cambia solamente la economía; cambia el comportamiento de una sociedad.

El mayor error sería medir estos 54 días únicamente por las pérdidas económicas o los kilómetros de carreteras bloqueadas. Existe un daño mucho menos visible y más profundo: las fracturas estructurales que una crisis deja en la forma en que un país piensa, decide y proyecta su futuro.

Toda crisis prolongada altera el reloj de una nación: el presente se vuelve tan urgente que termina devorando al futuro. Esa fue la primera fractura. Bolivia dejó de pensar en desarrollo para concentrarse en sobrevivir. Pero cuando un país deja de mirar el largo plazo, también pierde la capacidad de anticipar.

Así apareció la segunda fractura: la previsibilidad. Las economías no crecen solo porque producen; crecen porque pueden planificar. Un empresario invierte porque confía en que podrá operar, un productor siembra porque espera cosechar y un exportador firma contratos porque supone que la logística responderá. Cuando esa certeza desaparece, también cambian las decisiones. Por eso no es casual que países como Uruguay hayan convertido la estabilidad institucional en uno de sus principales activos para atraer inversión.

Cuando desaparece la previsibilidad, tampoco permanece intacta la convivencia. Durante semanas el debate se concentró en quién tenía la razón, mientras millones de bolivianos compartían exactamente las mismas preocupaciones: llegar a sus trabajos, mantener abiertos sus negocios o garantizar el sustento de sus familias. Una democracia comenzó a debilitarse cuando el dolor del otro dejo de sentirse como un problema común, porque cuando una sociedad deja de convivir, inevitablemente afecta la manera en que el mundo la observa.

Hoy los países no solo exportan productos; también exportan estabilidad. La reputación internacional se construye demostrando que los conflictos pueden resolverse sin paralizar el funcionamiento del Estado. La confianza se ha convertido en un activo económico.

Sin embargo, todas esas fracturas desembocan en una última, la más profunda: el horizonte. Las crisis largas reducen la capacidad de imaginar el futuro. Poco a poco dejamos de preguntarnos dónde queremos estar dentro de diez años para concentrarnos únicamente en llegar al día siguiente. Ese es el momento en que una crisis deja de ser un episodio y comienza a convertirse en una cultura. La política deja de construir futuro para administrar urgencias, y la sociedad termina aceptando como permanente aquello que solo debía ser excepcional.

Las carreteras volverán a llenarse de vehículos y los mercados recuperarán lentamente su ritmo. Pero ninguna de esas señales responderá la pregunta esencial. La verdadera reconstrucción de Bolivia no dependerá únicamente de cuánto tarde en recuperar su economía, sino de su capacidad para volver a considerar inaceptable aquello que la crisis le enseñó a normalizar.

Porque las crisis no solo ponen a prueba la fortaleza de un país; ponen a prueba su memoria. Después de 54 días de bloqueo, Bolivia tiene la oportunidad de decidir qué país quiere reconstruir. Pero, sobre todo, qué país no está dispuesta a volver a aceptar.

 * Ex vocera presidencial del Estado Plurinacional de Bolivia (presidencia de Rodrigo Paz). Licenciada en Cs Políticas, especialista en comunicación estratégica y consultora en comunicación estatal.