Crisis sistémica

¿Les importa la democracia a los jóvenes en América Latina?

El desafío regional reside en transformar el sistema democrático para superar el adultocentrismo y ofrecer espacios de decisión reales que conecten con las vivencias juveniles.

Sonia Ramella
Sonia Ramella

 La preocupación por el futuro de la democracia es recurrente, pero adquiere una dimensión particular cuando se vincula con las juventudes. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, organismos internacionales y distintos espacios políticos coinciden en la necesidad de incorporar a los jóvenes a la vida pública y a los procesos de toma de decisiones.

La paradoja latinoamericana es evidente: la región concentra una de las mayores proporciones de población joven del mundo y, al mismo tiempo, buena parte de esos jóvenes atraviesa condiciones de vulnerabilidad social y económica. Según IDEA Internacional, además, representan uno de los sectores con mayor peso dentro del padrón electoral.

Sin embargo, aunque la democracia continúa siendo reconocida como el mejor régimen político, crece el ausentismo electoral y disminuye la confianza en instituciones clave. Entre los jóvenes de 15 a 40 años, la confianza en los partidos políticos y en el Congreso no supera el 20%.

En ese contexto, no sorprende la multiplicación de iniciativas orientadas a promover la participación juvenil: desde el "Pacto para el Futuro" impulsado por Naciones Unidas y programas regionales como JUVELAC, hasta actividades desarrolladas recientemente en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Pero la pregunta persiste: ¿a los jóvenes ya no les interesa la democracia? Las experiencias recientes parecen indicar lo contrario. Los diálogos promovidos por entidades como CAF sobre democracia y juventudes, así como la premiación del concurso de ensayos "Democracia en riesgo: relativismo y debilitamiento institucional en América Latina" dirigido a jóvenes de América Latina en la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, son indicadores de algo que distintas investigaciones vienen señalando: los jóvenes no son apáticos frente a la vida política.

El problema parece residir menos en el desinterés juvenil que en las formas tradicionales de participación que ofrecen las instituciones. Medidas como la ampliación del sufragio a partir de los 16 años o la incorporación de delegaciones juveniles en organismos internacionales constituyen avances importantes, pero insuficientes.

La demanda juvenil parece orientarse hacia otro lugar: mayor protagonismo en los procesos de decisión, vínculos intergeneracionales menos verticales y referentes políticos más próximos a sus experiencias cotidianas. Hoy, gran parte de la creatividad y de la energía transformadora de las juventudes se canaliza en espacios comunitarios, educativos, culturales y artísticos antes que en las estructuras partidarias tradicionales.

Por eso, acercar a los jóvenes al mundo político implica también revisar obstáculos materiales y simbólicos que limitan su participación: el adultocentrismo, la desinformación y la precariedad laboral.

En definitiva, el desafío de esta época no es convencer a los jóvenes de participar, sino lograr que la democracia vuelva a resultar un espacio atractivo, cercano y significativo para ellos.

* Profesora de la Universidad de Buenos Aires y consultora en políticas públicas y fortalecimiento democrático.