Diplomacia

Paraguay, ejemplo de soberanía occidental

Mantiene lazos diplomáticos plenos con Taiwán y traduce esa decisión en cooperación concreta en áreas avanzadas como IA soberana, ciberseguridad, educación e infraestructura digital.

Durante demasiado tiempo se nos enseñó que la política internacional era un asunto reservado a diplomáticos y cancillerías: una materia lejana, casi ornamental. Es un error estratégico. La geopolítica determina quién controla nuestras redes de datos, la infraestructura crítica, nuestros recursos estratégicos y qué margen de autonomía conserva una nación cuando estalla una crisis. Comprender lo que sucede a miles de kilómetros es tan vital como entender lo que se debate en el Congreso.

El tablero del siglo XXI no contrapone simplemente a potencias que compiten por mercados. Expone una disputa profunda entre el Mundo Libre y regímenes autoritarios que proyectan su poder militar, económico y tecnológico. El Mundo Libre no es un eslogan congelado en la Guerra Fría: es la comunidad de naciones que garantiza elecciones competitivas, Estado de derecho, propiedad privada, pluralismo y el derecho ciudadano a auditar al poder.

Bajo esa premisa, Israel y Taiwán dejan de ser asuntos remotos: Israel es hoy un socio pleno y estratégico de la Argentina. Nos unen lazos diplomáticos, seguridad y la pertenencia al universo democrático occidental. Como Startup Nation, que integra la vanguardia mundial en ciberseguridad, inteligencia artificial, medicina, agrotecnología y defensa. Profundizar este vínculo es conectar al país con una de las plataformas científicas más potentes del Mundo Libre.

Taiwán representa la situación inversa. Es una potencia tecnológica democrática clave para la economía global por su liderazgo en semiconductores. Sin embargo, la Argentina acepta desde hace décadas la política de "una sola China" e impone límites a su relación oficial con Taipéi. Permitimos que la pretensión política de Beijing determine de antemano hasta dónde llega nuestra diplomacia.

Ahí aparece Paraguay como contraste: un país de menor escala que Argentina reconoce diplomáticamente a Taiwán y tradujo esa decisión en cooperación concreta sobre IA soberana, ciberseguridad, educación e infraestructura digital. Paraguay demuestra que existe otra posibilidad cuando se ejerce la soberanía desde el propio interés nacional.

La contradicción argentina se vuelve crítica frente a la meta de consolidarse como aliado estratégico de Estados Unidos. Nuestro país posee territorio, energía, minerales críticos, tecnología nuclear y una ubicación excepcional para ser el socio fundamental de Washington en el Cono Sur. Pero las alianzas no se construyen con discursos ni fotos: se construyen con confianza y previsibilidad.

China no es solo un mercado; es una potencia autoritaria con una estrategia global de expansión. Su sobrecapacidad industrial, sus subsidios y sus prácticas de dumping asfixian a la industria nacional. Cuando una fábrica argentina cierra golpeada por la maquinaria estatal china, no se pierden solo empleos: perdemos proveedores, conocimiento y soberanía productiva. Frente a esta devastación, resulta imperdonable el silencio de una corporación sindical incapaz de defender el trabajo real.

Pero la penetración excede lo comercial. La estación espacial china en Neuquén es el ejemplo más grave: una infraestructura integrada a la arquitectura espacial china, estrechamente vinculada a capacidades militares de Beijing, con funciones de seguimiento y adquisición de datos que por su naturaleza tecnológica son inequívocamente susceptibles de uso dual. Un protocolo formal de "fines pacíficos" sin control operativo argentino permanente no sustituye la soberanía: constituye una vulnerabilidad estratégica y una amenaza militar regional.

Esta ceguera se repite cuando gobernadores provinciales actúan como feudos independientes, negociando recursos e infraestructura clave con potencias extranjeras como si las consecuencias no afectaran a la seguridad de toda la Nación. El espejo regional de lo que no debemos ser está en el megapuerto de Chancay en Perú, donde una empresa estatal china administra uno de los nodos llamados a reorganizar la logística continental. Cuando una potencia autoritaria controla nodos críticos de infraestructura, la bandera sigue flameando pero la capacidad real de decisión se desplaza a otro centro de poder.

El problema de nuestra clase política

Y allí aparece el verdadero problema de nuestra clase política: la falta de una doctrina de interés nacional. El propio gobierno de Javier Milei ha definido a Estados Unidos como principal aliado estratégico. Es una definición correcta. Pero esa alianza requiere coherencia cuando llega el momento de definir quién participa de nuestras telecomunicaciones, qué tecnología ingresa a Vaca Muerta, quién accede a la infraestructura crítica y qué presencia extranjera aceptamos en áreas sensibles. No se puede proclamar una alianza con Washington y actuar como si las concesiones a China pertenecieran a otro universo.

Nuestra historia reciente nos dejó una lección imborrable con el Memorándum con Irán de 2013: la política exterior tiene memoria. Las decisiones ambiguas generan desconfianza acumulativa. Jugar a dos puntas dejó de parecer pragmatismo; en geopolítica se convierte rápidamente en servidumbre.

Esta discusión ya no pertenece únicamente a los pasillos de las cancillerías. De un lado permanecen quienes romantizan modelos autoritarios o regresan a fórmulas que condenaron a la región al atraso. Del otro existe una mayoría silenciosa: ciudadanos que trabajan, producen, pagan impuestos y exigen un país con instituciones, industria, tecnología, Fuerzas Armadas respetadas y alianzas claras con las democracias del Mundo Libre.

Recuperar el orgullo y el poder nacional significa proteger nuestras fronteras, resguardar nuestros recursos estratégicos e integrar cadenas de valor con las potencias científicas y tecnológicas de Occidente. No podemos seguir fingiendo demencia. En momentos clave de la historia, no elegir también constituye una elección.

La soberanía del siglo XXI consiste en elegir conscientemente nuestras interdependencias. La libertad no es solo una abstracción filosófica: tiene aliados, tiene intereses, tiene fronteras y tiene una geografía. Y la nuestra se defiende de pie.

*Presidente de la Fundación Diplomacia Ciudadana