Poder

La nueva lección de las viejas guerras

Aunque la superioridad militar permite destruir capacidades y alterar equilibrios, es incapaz por sí sola de generar legitimidad, orden o una paz duradera.

Las guerras contemporáneas suelen comenzar con una promesa antigua: que la superioridad militar permitirá resolver, de una vez, problemas políticos acumulados durante años. Pero la historia insiste en desmentir esa ilusión. La fuerza puede destruir capacidades y alterar equilibrios; lo que no puede producir por sí sola es legitimidad, orden ni paz.

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán vuelve a poner esa lección en primer plano. La superioridad militar estadounidense e israelí es evidente: tecnología, inteligencia, poder aéreo, capacidad naval y alcance operativo superan ampliamente a los de Teherán. Sin embargo, la pregunta decisiva no es quién puede golpear más fuerte, sino quién puede transformar ese golpe en un resultado político sostenible.

El alto el fuego y las negociaciones en torno al estrecho de Ormuz muestran precisamente esa tensión. La reapertura de una vía crucial para la energía global reduce la presión inmediata y contiene el riesgo de una escalada mayor. Pero no resuelve los asuntos de fondo: el programa nuclear iraní, su capacidad misilística, sus redes regionales y la arquitectura de seguridad de Medio Oriente. Se detiene la guerra abierta; no desaparece la disputa estratégica.

Esa es la diferencia entre ganar batallas y alcanzar objetivos políticos. Estados Unidos e Israel pueden degradar capacidades iraníes, eliminar mandos, destruir infraestructura o demostrar superioridad operacional. Pero si el régimen sobrevive, conserva margen de coerción regional y mantiene capacidad para afectar el flujo energético global, la victoria militar se vuelve políticamente ambigua.

La geopolítica contemporánea se juega en esa ambigüedad. El poder ya no puede medirse solo en portaaviones, misiles o superioridad aérea. También se mide en resiliencia institucional, control narrativo, legitimidad internacional, precios de la energía, alianzas regionales y capacidad de absorber costos. Para un actor más débil, sobrevivir puede ser una forma de victoria; para una gran potencia, no cerrar políticamente un conflicto puede convertirse en una derrota relativa.

El problema no se agota en el desenlace inmediato. Medio Oriente muestra un mundo menos ordenado por una sola potencia: aliados que buscan mayor autonomía, potencias medias que construyen coaliciones propias, actores regionales que ya no aceptan disciplinadamente las preferencias de Washington y una China capaz de ganar influencia sin reemplazar militarmente a Estados Unidos. La guerra, entonces, no solo revela quién tiene más fuerza; también muestra quién puede sostener alianzas, preservar reputación y ofrecer horizontes de estabilidad.

Vietnam, Corea y Afganistán enseñaron algo parecido. En Vietnam, Estados Unidos descubrió que la superioridad militar no bastaba frente a un adversario con mayor disposición al sacrificio político. En Corea, la guerra terminó congelada en un armisticio. En Afganistán, la capacidad de ocupar y combatir no logró construir un orden legítimo y duradero. No son casos idénticos, pero todos apuntan a una regularidad incómoda: las grandes potencias suelen subestimar la voluntad y adaptación de sus adversarios.

El caso iraní agrega una dimensión adicional: la reputación. La guerra no solo afecta a los contendientes directos; también modifica la percepción de aliados y socios. Si los países de Medio Oriente observan a Washington como un actor errático o incapaz de ordenar el desenlace, buscarán mayor autonomía, diversificarán alianzas y abrirán espacio a otros actores. La influencia internacional no se sostiene solo con bases militares: también depende de comercio, infraestructura, tecnología, mediación y previsibilidad.

Por eso, la vieja lección de las nuevas guerras es más profunda que una crítica moral a la fuerza. La fuerza importa, y seguirá importando. Pero su eficacia depende de su traducción política. La pregunta relevante no es solo cuánto puede destruir un Estado, sino qué puede construir después; no solo si puede imponer costos, sino si puede crear condiciones para una paz mínimamente estable.

En un sistema internacional más fragmentado, interdependiente y sensible a los costos reputacionales, las guerras rara vez terminan donde empiezan. Pueden iniciarse con misiles, drones y operaciones quirúrgicas, pero se resuelven -cuando se resuelven- en negociaciones, mercados, instituciones y narrativas.

La paz, en este sentido, no es la ausencia momentánea de fuego. Es la capacidad de transformar la coerción en reglas, el daño en negociación y el temor en convivencia posible. Cuando esa traducción fracasa, lo que queda no es paz, sino pausa: un intervalo entre una guerra abierta y la siguiente crisis.

La fuerza militar sigue siendo un componente central del poder. Pero la política continúa siendo su medida final. Y la paz, no la destrucción, debería ser su horizonte más exigente. Esa es la vieja lección que las nuevas guerras vuelven a recordarnos.

* Profesor Titular de la Universidad de Valparaíso, Chile. Licenciado en Administración Pública y Mg. En Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Actualmente se desempeña como Director de la Escuela de Administración Pública de la U de Valparaíso. También ha desarrollado consultorías y análisis político en medios.