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Trump en China y una diferencia fundamental

Bajo la premisa de que los negocios logran lo que la diplomacia no puede, el mercado se consolida como la herramienta clave para mantener una paz basada en el interés mutuo y el espíritu comercial.

La visita oficial del presidente norteamericano Donald Trump a China ocupó, como era de esperar, el centro de la escena internacional. Así dejó a un costado los restantes eventos -fueran conflictivos, cooperativos, económicos o políticos- que venían atrapando la atención repetidamente en el escenario internacional.

Además, la llegada del líder republicano no podía haber sido en un mejor momento, cuando China y Estados Unidos necesitaban renegociar acuerdos y algunas reglas de juego para el corto plazo. Sobre todo, con vistas a eventos fundamentales, como el conflicto en el Estrecho de Ormuz, la situación de Taiwán y, no menor para Trump, las elecciones estadounidenses de medio término en noviembre próximo.

¿Una nueva guerra fría?

Cada vez que ocurren este tipo de cumbres, invariablemente especialistas, académicos, streamers y la prensa tradicional, incluso en las redes sociales, vuelven a utilizar una y otra vez la imagen de la Guerra Fría. Esto se repite porque muchos consideran que vivimos una etapa similar a aquella que, a fines del siglo XX, protagonizaron los Estados Unidos con la Unión Soviética.

En primer lugar, dos países que confrontan por el trono del poder mundial. Pero a la vez, mantienen un acuerdo tácito -y a veces no solo tácito- de no pelear entre ellos y tampoco hacerlo en Europa. Al mismo tiempo, uno es comunista y el otro capitalista, y ambos luchan por moldear el sistema internacional a su imagen y semejanza.

Lo mismo ocurre con referencia a aquel histórico viaje del expresidente republicano Richard Nixon a la China gobernada por Mao Zedong, que culminó con la histórica renuncia de China al bloque socialista y a la alianza que tenía con la Unión Soviética. Este fue un acto clave en el desarrollo de la Guerra Fría y el comienzo de un progresivo aislamiento de los comunistas herederos de la revolución leninista.

Hay algo que no está muy claro de aquellos tiempos en la memoria internacional: el nivel de pragmatismo de los chinos. Lejos están de ser fanáticos o de vivir aferrados a un manual ideológico. China terminó la Guerra Fría -y pasó gran parte de ella- en el bando de los ganadores. Posiblemente por eso, su destino fue radicalmente diferente al de la Unión Soviética.

El mundo soviético se desplomó sin que sonara un solo tiro, usando las palabras de Roy Batty, el androide protagonista de la película Blade Runner: "como lágrimas en la lluvia". Pocos años después, ya no quedaban ni restos humeantes del imperio que quiso crear al "hombre nuevo". China, en cambio, ahí está, peleando en la cupular del poder mundial.

La originalidad del presente

Es aquí donde hay que hacer un señalamiento a esta idea de utilizar acríticamente el antiguo concepto de "Guerra Fría" para describir el presente. Hay una diferencia fundamental que le da una originalidad histórica a estos tiempos que corren: ambos contendientes están dentro del sistema capitalista.

Podrá argumentarse que son modelos de capitalismo diferentes. Es posible. Se puede decir que ambos países quieren conducirlo para reformarlo luego bajo sus intereses. Es cierto. Como sea, en este renovado enfrentamiento bipolar, ninguno apuesta a un cambio de régimen económico como el que pretendía en aquellos años la Unión Soviética.

Por lo tanto, las dos potencias encuentran en los negocios un elemento común para poder distender sus relaciones conflictivas, algo que no era posible por la propia conformación ideológica y económica de la Unión Soviética.

Por eso Trump, en su viaje a China, prefiere mostrarse una y otra vez con un seleccionado de empresarios muy poderosos -e innovadores- en vez de asesores militares, legisladores o parte de su gabinete.

Si, como sostenía Kant, la "naturaleza" utiliza el espíritu comercial para impedir que los Estados se despedacen entre sí, hoy asistimos a su versión más acabada: una paz que no nace de la virtud ni del amor a la paz, sino del puro pragmatismo y el interés de corto plazo.

Al final, el mercado logra lo que la diplomacia sola no puede hacer.

* Analista político internacional. Profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires.