Economía

China ya no crece como antes, y el mundo todavía no termina de acomodarse

El fin del "milagro chino" redefine el comercio global y golpea a los mercados emergentes que no terminan de adaptarse al nuevo esquema.

Durante cuatro décadas, cada vez que la economía global necesitaba una locomotora, China cumplía ese papel. Su industrialización acelerada, el ingreso masivo de trabajadores al mercado formal y una apuesta sostenida por las exportaciones convirtieron al país, en poco más de una generación, en la segunda economía del planeta: en 2025 su PBI superó por primera vez los 20 billones de dólares. Ese ciclo, sin embargo, se terminó. Lo que viene ahora es un crecimiento más bajo, más apoyado en el comercio exterior que en el consumo interno y atravesado por problemas que ya no se resuelven con más gasto público o crédito barato.

El Fondo Monetario Internacional calculó que China creció 5,0% en 2025 y proyecta 4,5% para 2026. Son números que siguen por encima del promedio de las economías desarrolladas, pero que quedan muy lejos del 9% o 10% anual que el país sostuvo entre 1980 y 2020. La diferencia importa porque China no es un país más: concentra una porción enorme del comercio mundial, de las cadenas de producción globales y de la demanda de materias primas. Cuando su motor pierde revoluciones, el resto del planeta lo nota.

Del despegue a la meseta

La apertura económica china arrancó en 1978, de la mano de Deng Xiaoping, cuando el gobierno empezó a desmontar la planificación centralizada y a permitir inversión extranjera, primero en un puñado de zonas costeras y después en todo el territorio. Empresas de Estados Unidos, Europa y Japón encontraron ahí mano de obra barata, infraestructura en expansión y un tipo de cambio que favorecía las exportaciones, y trasladaron buena parte de su producción. El ingreso a la Organización Mundial del Comercio en 2001 aceleró todavía más ese proceso: las ventas al exterior se dispararon y, en apenas dos generaciones, cientos de millones de personas dejaron la pobreza. Entre 1980 y 2020, China creció a un ritmo cercano al 10% anual, algo que ninguna otra economía grande había logrado sostener por tanto tiempo.

Hoy ese motor gira más despacio. El gobierno chino fijó para 2026 una meta de entre 4,5% y 5%, la más baja desde 1991, y algunas consultoras privadas, como Rhodium Group, sostienen que el crecimiento real de 2025 estuvo por debajo del 3%, bastante lejos del 5% oficial. Más allá de cuál cifra sea la correcta, hay coincidencia en un diagnóstico: China crece cada vez más gracias a lo que vende afuera y cada vez menos gracias a lo que consumen sus propios hogares. A eso se sumó, en 2025, una caída del 20% en las exportaciones hacia Estados Unidos por la guerra comercial, que Beijing intenta compensar impulsando sectores de mayor valor agregado, como inteligencia artificial, autos eléctricos, semiconductores y energías limpias.

Cuatro problemas que no se arreglan con un decreto

Detrás de esta desaceleración hay algo más que un mal año. El primer problema es inmobiliario, y ya lleva cinco ejercicios sin resolverse. Durante mucho tiempo, la construcción de viviendas explicó entre una quinta y una cuarta parte de toda la inversión china, y desarrolladoras como Evergrande crecieron a fuerza de deuda y preventas que dependían de que siempre hubiera nuevos compradores. Ese esquema se quebró en 2021 y el ajuste posterior fue mucho más largo de lo previsto: las ventas de vivienda nueva cayeron a 8,39 billones de yuanes en 2025, casi la mitad del pico de 18,2 billones de 2021, y la inversión inmobiliaria se contrajo 17,2% en el año. Los precios de las viviendas nuevas en las 70 ciudades más grandes bajaron 2,7% interanual en diciembre, con caídas de hasta 8,5% en mercados como Beijing. Goldman Sachs calcula que este ajuste le restó cerca de 2 puntos porcentuales al crecimiento anual en 2024 y 2025, y que el lastre recién empezaría a aflojar hacia 2027.

El segundo problema es demográfico. En 2025 nacieron en China 7,92 millones de personas -la cifra más baja desde que hay registros- y murieron 11,31 millones, lo que dejó una caída poblacional de 3,39 millones, la mayor en décadas fuera de los años de la gran hambruna. La población total cerró el año en 1.405 millones de habitantes, con una tasa de fecundidad de apenas 1,0 hijos por mujer, muy por debajo del nivel necesario para sostener la población en el tiempo. Es el cuarto año seguido de caída, y algunas proyecciones anticipan que China podría perder otros 60 millones de habitantes hacia 2035, una cifra parecida a la población total de Francia. La política del hijo único, vigente hasta 2016, dejó una herencia difícil de revertir: cada vez menos jóvenes deben sostener a cada vez más jubilados.

El tercer problema es de productividad. Buena parte del crecimiento chino de las últimas décadas vino de mover trabajadores desde el campo, donde rendían poco, hacia fábricas urbanas, donde rendían mucho más. Ese proceso ya está prácticamente agotado, y sin ganancias genuinas de innovación tecnológica va a ser difícil repetir los ritmos de crecimiento del pasado. El cuarto problema es geopolítico: la disputa estratégica con Estados Unidos le restringió a China el acceso a semiconductores avanzados y a otras tecnologías sensibles, justo cuando Beijing apuesta a la autosuficiencia tecnológica como salida de mediano plazo.

El comercio exterior, la válvula de escape

Con la demanda interna débil, el comercio exterior pasó a sostener casi solo el crecimiento chino. En 2025 las exportaciones tocaron un máximo histórico de 3,77 billones de dólares, un 5,5% más que el año anterior, mientras que las importaciones apenas se movieron, en 2,58 billones. El resultado fue un superávit comercial que por primera vez superó el billón de dólares, cerca de 1,19 billones, una cifra comparable al producto de toda una economía del G20.

Ese superávit, además, cambió de geografía. Mientras las ventas a Estados Unidos caían 20% por los aranceles, las exportaciones a África crecieron 26%, al sudeste asiático 13%, a la Unión Europea 8,4% y a América Latina 7%. El conjunto de países que suele agruparse como "Sur Global" -Asia en desarrollo, África, Medio Oriente y América Latina- ya le compra más a China que Estados Unidos y Europa occidental juntos. No es un reacomodamiento sin costos: países como Brasil empezaron a aplicar aranceles e investigaciones antidumping contra el acero y los autos eléctricos chinos, lo que anticipa una relación comercial más tensa hacia adelante.

Los mercados emergentes, y en especial los exportadores de materias primas, están entre los más expuestos a este nuevo ciclo chino. En América Latina, Brasil, Chile y Perú dependen fuertemente de sus ventas de minerales y productos agrícolas al gigante asiático. El comercio bilateral con la región creció 7% en 2025, ayudado por mayores compras de soja -China importó 104 millones de toneladas, un 6,9% más que el año anterior-, pero los precios de buena parte de los commodities quedaron por debajo de los niveles de 2024, lo que limita el impacto positivo sobre los ingresos fiscales de la región. Si la demanda china se enfría más, esos precios podrían resentirse todavía más. África, en cambio, se benefició en 2025 de un salto del 26% en las exportaciones chinas de maquinaria e infraestructura. En Asia el efecto es mixto: algunas economías integradas a las cadenas chinas pierden actividad, mientras que otras -Vietnam, India, Indonesia- ganan inversiones que buscan diversificarse fuera de China.

Un mapa productivo que se redibuja

Todo esto ocurre al mismo tiempo que las cadenas globales de producción se reorganizan. Durante años, las empresas fabricaron piezas en distintos países y las ensamblaron en China antes de exportar el producto terminado al resto del mundo. La pandemia y la rivalidad comercial entre Washington y Beijing mostraron los riesgos de depender de un solo lugar, y muchas compañías adoptaron la estrategia conocida como "China Plus One": seguir produciendo en China, pero sumar capacidad en otros países. Vietnam, India, Indonesia, México y Tailandia se convirtieron en los principales destinos de esas inversiones, gracias a costos competitivos y cercanía con mercados relevantes. En paralelo crece el nearshoring, con empresas que acercan su producción a los países donde venden para reducir riesgos logísticos. La prioridad ya no es solo bajar costos, sino ganar resiliencia.

Conclusión: un mundo que ya no puede planificar con la vieja China

El diagnóstico ya no admite matices: China dejó de ser el motor de crecimiento parejo y previsible que sostuvo a la economía global durante cuatro décadas, y no va a volver a serlo. La combinación de una crisis inmobiliaria que todavía no toca fondo, una demografía que se contrae año tras año y un techo tecnológico impuesto desde Washington configura un límite estructural, no un bache coyuntural. De acá en más, cada país va a sentir esa mutación de manera distinta, y ordenarse para ese escenario dejó de ser opcional.

Estados Unidos y Europa van a convivir con un rival comercial más agresivo, que ya no compite solo con manufactura barata sino con autos eléctricos, semiconductores e inteligencia artificial, y que va a redoblar el proteccionismo defensivo en ambos bloques. El sudeste asiático -Vietnam, India, Indonesia- sale como el gran ganador estructural del reacomodamiento de las cadenas productivas, capturando inversión que antes tenía como único destino a China. África consolida su lugar como nuevo socio comercial preferencial de Beijing, con exportaciones chinas de infraestructura en franco ascenso, aunque con el riesgo de profundizar una dependencia unilateral. América Latina enfrenta el escenario más ambivalente: sigue siendo proveedora clave de soja, cobre y litio, pero con precios de commodities presionados a la baja y con una competencia industrial china -acero, autos eléctricos- que ya generó fricciones comerciales concretas con Brasil y que previsiblemente se va a extender al resto de la región.

La conclusión es tan simple como incómoda: no hay ningún país que pueda seguir planificando su comercio exterior, su tipo de cambio o sus cuentas fiscales sobre la base de una China que crece al 10% anual. Esa China ya no existe. Para América Latina en particular, la pregunta relevante ya no es cuándo China va a volver a acelerar, sino cómo se diversifica el destino de las exportaciones y se agrega valor antes de que el próximo golpe de precios de commodities llegue sin aviso.

*Doctor en Ciencias Políticas y Administración Pública (Universidad de Murcia). Posdoctoral por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Asesor parlamentario durante 20 años en la Cámara de Diputados y el Senado de la Nación. Miembro de jurado de tesis de maestría y doctorado en universidades como la UBA, Torcuato Di Tella y UNLZ.