2014: el prolegómeno de la caída de Obama
Siguiendo con la saga de las elecciones de medio término en los Estados Unidos, hoy analizamos la última de Obama, que anticipó la caída demócrata dos años después y la primera llegada de Donald Trump.
Las elecciones de medio mandato del 4 de noviembre de 2014 representaron una derrota muy severa para el oficialismo demócrata de Barack Obama, quien transitaba el sexto año de su presidencia, y se convirtieron en uno de los ejemplos más claros de cómo una elección legislativa de mitad de período puede transformarse en un referéndum sobre un mandatario que atraviesa su segundo período.
Los resultados modificaron profundamente el equilibrio de poder en Washington, ya que los republicanos conservaron la Cámara de Representantes, ampliaron su mayoría y recuperaron el control del Senado por primera vez desde 2006. Antes de la contienda, el Senado contaba con 53 demócratas y dos independientes aliados, mientras que tras los comicios el Partido Republicano obtuvo 54 bancas frente a 44 demócratas y dos independientes del caucus demócrata, lo que significó un cambio neto de nueve escaños a favor del GOP.
En la Cámara de Representantes, los republicanos pasaron de 234 a 247 escaños, mientras que los demócratas cayeron de 201 a 188 bancas, registrando una ganancia neta de 13 puestos que configuró la mayor mayoría republicana desde 1928. Asimismo, en el ámbito de los gobernadores, el balance pasó de 29 republicanos y 21 demócratas a 31 gobernadores republicanos, 18 demócratas y un independiente, lo que representó un saldo favorable de tres gobernaciones adicionales para el GOP.
La batalla más importante era el Senado, donde los demócratas llegaban en una situación muy vulnerable al tener que defender numerosas bancas obtenidas en 2008, cuando Obama había ganado ampliamente la presidencia. Los republicanos consiguieron nueve bancas netas mediante victorias clave como la de Tom Cotton derrotando al demócrata Mark Pryor en Arkansas, Cory Gardner imponiéndose ante el senador demócrata Mark Udall en Colorado por unos cuatro puntos, Joni Ernst venciendo a Bruce Braley en Iowa, Steve Daines ganando el escaño abierto en Montana, Thom Tillis derrotando a la demócrata Kay Hagan por un margen aproximado de 49% a 47% en North Carolina, Mike Rounds adjudicándose el escaño abierto en South Dakota, Shelley Moore Capito logrando lo propio en West Virginia, Dan Sullivan doblegando al demócrata Mark Begich en Alaska y Bill Cassidy venciendo a Mary Landrieu en la segunda vuelta de diciembre en Louisiana.
El dato políticamente más relevante fue que varias de estas victorias ocurrieron en estados como Colorado e Iowa que Obama había ganado en 2008 o 2012, demostrando una notable capacidad de penetración en territorios donde el Partido Demócrata conservaba estructuras competitivas y evidenciando que los republicanos no se limitaron a consolidar sus bastiones tradicionales.
En la Cámara de Representantes la situación partía de un dominio republicano establecido desde 2011, por lo que el objetivo demócrata era reducir la mayoría contraria o recuperar el control, pero ocurrió lo opuesto al concretarse una ganancia neta de 13 bancas para el GOP, permitiendo a John Boehner y al liderazgo republicano consolidar una mayoría extraordinariamente amplia para los estándares contemporáneos, siendo históricamente la mayor desde 1928.
El castigo electoral también se replicó en las gobernaciones estatales disputadas en 36 estados y tres territorios, donde los republicanos obtuvieron 24 de las 36 en juego para cerrar con 31 frente a 18 demócratas y un independiente, destacando triunfos en Florida, Illinois, Maine, Maryland, Massachusetts, Michigan y Wisconsin. Victorias como la de Illinois resultaron muy significativas por ser el estado natal de Obama, aunque también se registraron movimientos en dirección contraria con la caída de gobernadores republicanos como Tom Corbett en Pennsylvania y Sean Parnell en Alaska, a pesar de que el saldo general favoreció ampliamente al GOP.
Esta elección funcionó en gran medida como un referéndum sobre Obama, quien llegaba al tramo final de su segundo mandato con niveles bajos de aprobación que rondaban el 42% según Gallup y el 43% según Pew, reflejando el tradicional malestar del sexto año o six-year itch en el que históricamente el partido del presidente sufre castigos considerables en la mitad del segundo mandato, guardando similitudes con las pérdidas que enfrentaron George W. Bush en 2006 y el propio Obama en 2010.
A este escenario se sumó una bajísima participación electoral que rondó apenas el 36% de los votantes elegibles, una de las tasas más bajas de la historia moderna estadounidense y la menor desde la década de 1940, propiciando un electorado de medio término desproporcionadamente compuesto por ciudadanos más politizados e interesados que favorecieron a los republicanos, quienes reunieron aproximadamente 39,8 millones de votos legislativos frente a los 35,4 millones de los demócratas.
Geográficamente, la derrota acentuó una separación clara donde los republicanos se fortalecieron en el Sur y el interior del país -acelerando la pérdida de competitividad demócrata en estados como Arkansas, West Virginia, Montana y South Dakota-, mientras que los demócratas resistieron en la costa Oeste, el Noreste y parte del Medio Oeste.
Las consecuencias institucionales fueron determinantes porque, aunque Obama conservó el poder ejecutivo por dos años más, quedó obligado a gobernar con un Congreso enteramente controlado por la oposición y un Senado capaz de bloquear su agenda e influir en nombramientos judiciales y administrativos, anticipando Pew que el presidente enfrentaría graves dificultades para lograr avances significativos.
Esta dinámica reveló una profunda paradoja y un proceso de desacople entre el voto presidencial y el legislativo, recordando que apenas dos años antes Obama había sido reelegido frente a Mitt Romney, pero sin el presidente en la boleta y con baja participación los republicanos ampliaron su dominio. La etiología de la derrota demócrata se explica por al menos cinco factores combinados: el desgaste de Obama en su sexto mandato con baja aprobación y escasa movilización base, la estructura desfavorable del Senado en estados escorados hacia el partido opositor, la baja participación con un electorado proclive al GOP, la pérdida territorial de competitividad en el sur y zonas rurales, y un clima político nacional marcado por secuelas económicas de la crisis de 2008 y desconfianza hacia Washington.
En una perspectiva histórica más amplia, 2014 se consolidó junto con 2010 como una situación inédita desde Ronald Reagan en la que el partido del presidente sufrió pérdidas netas en ambas cámaras en las dos elecciones de medio término de un mismo mandato presidencial de dos períodos.
El arco político iniciado en 2008 con el triunfo de Obama y su mayoría, pasando por la pérdida de la Cámara en 2010, la reelección de 2012, la conquista republicana del Senado y la ampliación de la Cámara en 2014, sirvió como estación fundamental que condujo a la posterior victoria de Donald Trump en 2016 al consolidar una base territorial y política republicana mucho más sólida fuera de las grandes áreas metropolitanas.
En síntesis, aquella elección dejó al oficialismo demócrata habiendo perdido el Senado, ampliado su desventaja en la Cámara, resignado gobernaciones y bancas en estados previamente ganados por Obama bajo un contexto de baja participación, un presidente con 42% a 43% de aprobación y ambas cámaras opositoras, mientras que los republicanos coronaron su posición con 54 senadores, 247 representantes y 31 gobernadores, ofreciendo un caso de estudio paradigmático sobre la debilidad del partido gobernante en su sexto año de gestión frente a una oposición movilizada y un mapa adverso.

