Secretario

El perfil que necesita la ONU

Ante la profunda crisis del multilateralismo y el bloqueo global, la ONU no debe elegir a un líder inofensivo para administrar su irrelevancia. El próximo secretario general necesita una sólida autoridad política.

La elección de quien suceda a António Guterres al frente de Naciones Unidas ocurrirá en un momento que desborda una mera crisis de eficacia. Las guerras, la disputa estratégica entre China y Estados Unidos, el bloqueo del Consejo de Seguridad y las restricciones financieras ponen en duda la capacidad de la organización para sostener un orden internacional basado en reglas. En ese escenario surge una tentación comprensible, pero equivocada: escoger una figura discreta, técnicamente competente e inofensiva para las grandes potencias.

Quien ocupe la Secretaría General no dispondrá de fuerzas propias ni de un tesoro independiente; su poder político residirá en la iniciativa, los buenos oficios, el uso prudente de la Carta y la credibilidad para hablar cuando el Consejo calle. Por eso, una organización debilitada no necesita solo buena administración: necesita autoridad política. Si el cargo se limita a gestionar la austeridad y a no incomodar a quienes tienen poder de veto, la reforma de la ONU acabará administrando su irrelevancia.

El perfil requerido combina experiencias poco frecuentes. Debe haber gobernado democráticamente y conocer la conducción del Estado, la política social y la seguridad. También debe haber dirigido organismos multilaterales y resistido las presiones que implica defender los derechos humanos ante países poderosos. A ello se suma la capacidad de comprender al Sur Global y de vincular paz, desigualdad, deuda, clima y nuevas tecnologías. No se trata de un retrato biográfico, sino de la respuesta institucional que exige la crisis que enfrenta el multilateralismo basado en normas.

Una trayectoria visible también genera adversarios. En el Consejo de Seguridad suele avanzar quien suscita menos objeciones, no necesariamente quien ofrece mayor liderazgo. Las decisiones de una vida pública pueden convertirse en facturas diplomáticas. Sin embargo, aceptar esa lógica sin resistencia llevaría a elegir autoridades por su falta de pasado, no por su capacidad de actuar. La neutralidad exige imparcialidad, no indiferencia ante la Carta.

Defender un multilateralismo basado en reglas no significa restaurar el orden de 1945, sino ampliarlo: dar voz a las regiones subrepresentadas, incorporar las demandas de desarrollo, reconocer a las potencias emergentes y recuperar legitimidad ante sociedades que perciben a la ONU como distante. Esa tarea exige negociar con Washington, Beijing y Moscú sin representar a ninguno.

Desde América Latina, respaldar una candidatura como la de una ex jefa de Estado elegida democráticamente, con experiencia ejecutiva y conocimiento directo del sistema de Naciones Unidas, no debería confundirse con adhesión militante ni con mera solidaridad regional. Es una toma de posición sobre la organización que se quiere preservar. Su elección puede ser difícil, pero precisamente por eso una candidatura de esta naturaleza mantiene su sentido.

Cuando las reglas son impugnadas por la fuerza y el multilateralismo amenaza con convertirse en una ceremonia sin consecuencias, el mundo no necesita a la persona menos incómoda para administrar el presente. Necesita una autoridad capaz de disputar la posibilidad de un futuro común.

 * Profesor Titular de la Universidad de Valparaíso, Chile. Licenciado en Administración Pública y Mg. En Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Actualmente se desempeña como Director de la Escuela de Administración Pública de la U de Valparaíso. También ha desarrollado consultorías y análisis político en medios.