¿Hay límites para la carrera armamentística que empuja EEUU?
El gasto militar mundial alcanzó en 2025 un récord de casi US$2,9 billones, impulsado por una escalada global en la que Estados Unidos ocupa un rol central como potencia militar y principal exportador de armas.
El mundo lleva once años consecutivos aumentando su gasto militar. Ni la pandemia contribuyó a frenar la curva ascendente, y nada indica que esa tendencia vaya a modificarse en el corto plazo. En 2025 el planeta destinó casi 2,9 billones de dólares a armas, de acuerdo al Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI). Se trata del nivel más alto jamás registrado, equivalente al 2,5% del PBI global. No es un dato menor ni aislado. Es la fotografía de un sistema internacional que sigue considerando que la respuesta más efectiva frente a la incertidumbre y a las amenazas (reales y potenciales) es acumular poder de fuego.
Estados Unidos, China y Rusia concentran ellos solos el 51% de ese gasto: alrededor de 1,5 billones de dólares. Pero reducir el fenómeno a una simple carrera entre las mayores potencias militares sería un error de análisis. Porque hay un actor que no solo participa de esa carrera, sino que es, por lejos, su mayor abastecedor. Ese actor es Estados Unidos.
Siguiendo con datos del SIPRI, entre 2020 y 2024 Washington representó el 43% de las exportaciones mundiales de armas -más del cuádruple que Francia, su inmediato perseguidor-, frente al 35% que ostentaba en el quinquenio anterior. La cifra no es casual: responde a una estrategia deliberada de expansión de mercados armamentísticos en un mundo cada vez más beligerante. Europa, que durante décadas destinó el grueso de sus compras de armamento a diversificar proveedores, hoy depende de Washington para más del 60% de sus importaciones. Los miembros europeos de la OTAN directamente duplicaron sus compras de armas en el último lustro. La denominada "paz americana" siempre tuvo un claro modelo de negocios detrás, vinculado a la industria armamentística.
A esto se suma una obsesión que Donald Trump no se esfuerza en disimular: la de acumular poder militar sin que nada ni nadie se lo discuta. El fallido "peacemaker" (como él mismo se calificó), que en lugar de terminar guerras las agrava o las inicia, es un firme creyente en que el verdadero poder se basa en la fuerza. Cabe recordar que, en plena crisis con Rusia por la guerra en Ucrania, Washington anunció la reanudación de ensayos nucleares, suspendidos desde 1992. Al mismo tiempo, mientras le niega a Kiev el armamento que tanto reclaman Volodimir Zelenski y sus aliados europeos, Trump malgasta el arsenal estadounidense en una alocada campaña sin salida a la vista contra Irán.
Ucrania sigue siendo el epicentro más evidente de esta escalada armamentística: Kiev destina hoy el 40% de su PBI y el 63% de su gasto público a la defensa, una cifra que ningún país sostiene en tiempos de paz y que solo confirma cuán lejos está la resolución del conflicto. En Medio Oriente, el propio Trump ha reconocido haber dilapidado más de USD 30.000 millones en la desastrosa guerra que emprendió junto a Israel contra Irán. Asimismo, pese a la reducción de la intensidad del conflicto en Gaza (en gran parte porque allí no ha quedado piedra sobre piedra), el gasto militar israelí se mantiene un 97% por encima de los niveles previos a 2022. En ese contexto, el presupuesto 2026 recientemente aprobado por el Congreso estadounidense contempla un fuerte incremento del gasto militar, más allá de la resistencia planteada desde la oposición demócrata.
En paralelo, la Casa Blanca sigue presionando a sus socios de la OTAN para que eleven el gasto en defensa a un improbable 5% del PBI para 2035. Mientras que son muy pocos los países capaces de cumplir esa meta, Washington los extorsiona con la reducción de su propia presencia militar en el continente y otro tipo de retaliaciones. Incluso, hasta amenaza con quitarles parte de su territorio, como es el caso de Dinamarca por Groenlandia. La lógica de Trump es siempre la misma: exigir a otros lo que uno mismo no está dispuesto a garantizar y buscar sacar provecho de la zozobra e inseguridad que esa misma actitud contribuye a generar.
La IA como nuevo frente de la carrera
A esta escalada convencional y potencialmente nuclear se suma un tercer frente, tal vez el más inquietante: la aplicación de la Inteligencia Artificial (IA) al campo militar. Ya en 2023, poco antes de morir, Henry Kissinger advirtió que la IA aplicada a la seguridad internacional era "excepcionalmente destructiva, desestabilizadora e imprevisible", y reclamó a las potencias nucleares acordar límites urgentes a su desarrollo. No hablaba de un cambio tecnológico más: hablaba de un cambio en la concepción del poder y en la lógica de su ejercicio.
Frente a esa advertencia, EEUU y China han optado por caminos opuestos. El Ministerio de Guerra que hoy comanda el expresentador televisivo Pete Hegseth convirtió a la IA en prioridad estratégica, pero bajo una doctrina de menor control y mayor competencia unilateral frente a Beijing, incentivando asociaciones público-privadas con la misma lógica aislacionista que caracteriza al MAGA trumpista en cada área de su política exterior. China, en cambio, viene promoviendo desde 2023 su "Iniciativa de Gobernanza Global de la IA", reclamando -no sin cierto oportunismo geopolítico- una actitud "prudente y responsable" y la necesidad de consensos multilaterales, insistiendo en que la decisión última sobre el uso de las armas debe seguir siendo humana. El presidente Xi Jinping acaba de lanzar en Shanghái su propia iniciativa multilateral sobre IA, sobre la base de las afinidades que China comparte con los países del "Sur Global".
La única coincidencia explícita entre China y EEUU es que la IA no debería decidir sobre el uso de armas nucleares. Pero no hay nada firmado y, para colmo, el resto de las potencias nucleares no han fijado aún una postura clara al respecto.
Una lógica que también nos alcanza en la región
Ningún continente escapa a esta dinámica de carrera armamentística, ni siquiera el nuestro, históricamente considerado una "zona de paz". América del Sur registró en 2025 un alza del 3,4% en gasto militar, con Brasil y Guyana a la cabeza (por la disputa con Venezuela por el Esequibo). La región no es ajena a la lógica de rearme que Washington empuja globalmente ni a la tentación de replicarla localmente. El cuadro se ve agravado por la doctrina "Donroe" de Trump, que justifica un amplio intervencionismo bajo el pretexto de la "seguridad nacional". Latinoamérica aparece revalorizada en esa doctrina, definida como zona de influencia exclusiva de EEUU, básicamente en contraposición al avance de China.
¿Hay límites, entonces, para la carrera armamentística que empuja EEUU? Por ahora, ninguno que resulte creíble. Ni las instituciones republicanas estadounidenses, ni los aliados históricos de Washington, ni la ciudadanía parecen ser capaces de torcerle el brazo al militarismo exacerbado de una potencia que, desde hace tiempo, encontró en la guerra su negocio más redituable. El límite, si llega, tendrá que imponerlo la propia comunidad internacional. La pregunta es si todavía está a tiempo de hacerlo.
* Analista internacional y docente universitario. Director del Observatorio Sino-Argentino y de la consultora Diagnóstico Político.

