La derrota que redefinió la presidencia de Obama: el terremoto electoral de 2010
Seguimos desentrañando como le fue a los oficialismos en las elecciones de medio término en Estados Unidos, en los últimos 20 años.
Las elecciones legislativas de medio término de 2010 marcaron un punto de inflexión para la administración de Barack Obama. Apenas dos años después de haber llegado a la Casa Blanca con una de las coaliciones electorales más amplias de la historia reciente de Estados Unidos y con mayorías demócratas en ambas cámaras del Congreso, el presidente sufrió una derrota que alteró por completo el equilibrio político en Washington y condicionó el resto de su mandato.
El 2 de noviembre de 2010, los estadounidenses acudieron a las urnas para renovar la totalidad de la Cámara de Representantes, un tercio del Senado, numerosas gobernaciones y miles de cargos estatales y locales. El resultado fue contundente: el Partido Republicano protagonizó una ola electoral ("red wave") que le permitió recuperar el control de la Cámara de Representantes con un avance de 63 escaños, el mayor crecimiento registrado por un partido en unas elecciones de medio término desde 1948.
La nueva composición dejó a los republicanos con 242 bancas frente a 193 demócratas, otorgándoles la capacidad de bloquear buena parte de la agenda legislativa de Obama durante los siguientes dos años.
En el Senado, aunque los demócratas consiguieron conservar la mayoría, también sufrieron un importante retroceso. Los republicanos obtuvieron seis nuevos escaños, reduciendo considerablemente el margen de maniobra del oficialismo y anticipando un período de negociaciones mucho más complejas para la Casa Blanca.
La victoria republicana también se trasladó a los estados. El partido ganó seis gobernaciones y pasó a controlar 29 gobiernos estatales. Más importante aún, conquistó decenas de legislaturas locales en un momento estratégico: el año siguiente debía realizarse la redistribución de distritos electorales posterior al Censo de 2010. Ese dominio territorial permitió a los republicanos diseñar nuevos mapas electorales que fortalecerían su posición política durante gran parte de la década siguiente.
Una economía que aún no convencía
La explicación de la derrota debe buscarse, en primer lugar, en la situación económica. Aunque técnicamente Estados Unidos había salido de la Gran Recesión iniciada con la crisis financiera de 2008, la recuperación era demasiado lenta para millones de estadounidenses.
El desempleo se mantenía cercano al 10%, el mercado inmobiliario continuaba deprimido y muchas familias seguían sintiendo los efectos de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. La percepción pública era que Washington había rescatado al sistema financiero mucho antes que a los ciudadanos comunes.
Ese malestar económico terminó convirtiéndose en un voto de castigo contra el partido gobernante, un comportamiento frecuente en las elecciones de medio término estadounidenses, pero que en 2010 adquirió dimensiones excepcionales.
El costo político del Obamacare
Otro de los factores centrales fue la aprobación, pocos meses antes de la elección, de la Affordable Care Act, más conocida como Obamacare.
La reforma sanitaria representó la iniciativa doméstica más ambiciosa impulsada por Obama y uno de los mayores cambios del sistema de salud estadounidense en décadas. Sin embargo, lejos de generar consenso, polarizó profundamente al electorado.
Para sus detractores, la ley simbolizaba una expansión excesiva del Estado federal, mayores impuestos y una intervención gubernamental inédita sobre el sistema de salud. Esa percepción fue utilizada eficazmente por los republicanos para movilizar a su electorado.
El fenómeno Tea Party
En paralelo surgió con fuerza el Tea Party, un movimiento conservador que canalizó el descontento con el gasto público, la deuda federal y la expansión del gobierno.
Aunque no constituyó un partido independiente, el Tea Party revitalizó la base republicana con un discurso basado en la reducción del tamaño del Estado, la baja de impuestos y una interpretación estricta de la Constitución estadounidense.
Su capacidad de movilización resultó determinante para incrementar la participación de votantes conservadores y convirtió a numerosos candidatos republicanos en vencedores inesperados.
Las consecuencias políticas de esa mala elección fueron inmediatas. Con John Boehner como nuevo presidente de la Cámara de Representantes, comenzó una etapa caracterizada por una confrontación permanente entre el Congreso y la Casa Blanca.
Las negociaciones sobre el presupuesto federal, el aumento del techo de la deuda y los niveles de gasto público se transformaron en crisis recurrentes. En varias oportunidades el gobierno estuvo cerca de una suspensión parcial de actividades ("shutdown"), mientras que las discusiones fiscales dominaron buena parte de la agenda política estadounidense.
Ante la imposibilidad de aprobar muchas de sus iniciativas por vía legislativa, Obama recurrió cada vez con mayor frecuencia a las órdenes ejecutivas para implementar parte de su programa de gobierno.
Una derrota que no impidió la reelección
Paradójicamente, el duro revés de 2010 no significó el final político de Obama. Durante los dos años siguientes la economía comenzó a mostrar signos más claros de recuperación y la confrontación permanente con el Congreso permitió a la Casa Blanca responsabilizar a la oposición por parte del estancamiento político.
En las elecciones presidenciales de 2012, Obama consiguió reconstruir su coalición electoral y derrotó al candidato republicano Mitt Romney con 332 votos en el Colegio Electoral contra 206.
La derrota legislativa de 2010 quedó así como uno de los mayores reveses sufridos por un presidente estadounidense en ejercicio, pero también como el inicio de una presidencia que debió aprender a gobernar bajo la lógica de la negociación permanente, el bloqueo institucional y la creciente polarización que terminaría definiendo buena parte de la política estadounidense de la década siguiente.

