Sin diplomacia no hay paraíso
La guerra entre Estados Unidos e Irán se ha convertido en un conflicto crónico que afecta la seguridad regional, el comercio y los precios de la energía. Sin confianza, sin una disuasión efectiva y sin resultados militares decisivos, ambos países permanecen atrapados.
La guerra iniciada el pasado mes de febrero en Irán, y que se ha extendido a nivel regional se ha convertido en un conflicto crónico. El estrecho de Ormuz sigue siendo un problema de seguridad que afecta al comercio internacional e influye en los precios internacionales de petróleo y gas, y de ahí a la economía global.
Sin embargo, ni Estados Unidos ni Irán parecen están realmente dispuestos a avanzar hacia una salida política a través de la diplomacia.
Cada uno está mas centrado en su agenda interna, las elecciones de medio termino en Estados Unidos y el reacomodamiento de facciones de poder en Irán, sin que el final del conflicto sea considerado más que bajo esa óptica, dependiente de lo doméstico.
El problema es complejo.
En primer lugar, ninguna de las partes confía en la buena voluntad del otro, ambos ven los momentos de paz como meros espacios entre ataques. El régimen iraní, además, considera que está luchando por su propia supervivencia y en ese afán de mantenerse no considera ninguna otra razón, como lo demostró la feroz represión contra su propia población a inicios de este año. Por otro lado, la disuasión militar no funciona, ni Washington ni Teherán creen que sus opciones se vean limitadas por las capacidades o los efectos negativos que pueda generar el otro. Además, ambos comparten la idea de que la flexibilidad en la negociación es sinónimo de debilidad y así lo presentan raudos ante el mundo, favoreciendo las posiciones menos dispuestas a negociar. Finalmente, y mucho que les pese a ambos actores, los medios militares no han logrado alcanzar los fines políticos planteados a inicios del conflicto.
Esa es la situación en la que estamos, la guerra es una herramienta que produce daño, pero no materializa los objetivos, la disuasión no funciona y las negociaciones no son honestas.
En este contexto deberíamos enfatizar que a riesgo de continuar con esta situación de no-guerra, no-paz, lo deseable es buscar realmente una salida diplomática que parta de una base realista, es decir, ninguna de las partes va a conseguir el ciento por ciento de lo que desea, eso más que una negociación sería una imposición.
Estados Unidos deberá aceptar que sean los clérigos y los militares anti-norteamericanos los que seguirán gobernando desde Teherán, que el programa nuclear iraní continuará en un peligroso limbo y que las capacidades misilísticas del régimen iraní no van a desaparecer.
Irán, por su parte, deberá aceptar que en el sistema regional de Medio Oriente sus capacidades están reducidas y que el chantaje o las amenazas no son una estrategia, que su infraestructura y economía están en pedazos, que su legitimidad interna es inexistente y que Estados Unidos seguirá presente en la región.
A partir de ese baño de realismo podrían comenzar a hablar con la intención de llegar a un acuerdo. Los países árabes del golfo son quienes deberían tener un papel central en ese proceso.
Su experiencia y conocimiento de ambas partes, su interés en lograr una salida a callejón sin salida actual, son realidades innegables.
La diplomacia es la mejor solución y los países árabes no pueden estar fuera de esa mesa de negociación.
* Director de la oficina de TRENDS Group en América Latina. Investigador Asociado del Centro de Estudios Internacionales UCA (CEI-UCA).

