¿Soberanía?

Como fue que un rey español entregó Gibraltar a cambio de su corona

El rey Felipe V firmó un tratado para que las potencias europeas lo reconozcan como monarca y a cambio entregó a Inglaterra el famoso Peñón.

La diplomacia del siglo XVIII rara vez conocía de piedad, y el tablero donde se disputaba la hegemonía europea tras la muerte de Carlos II de Habsburgo fue uno de los más despiadados de la historia moderna. En el centro de esa tormenta geopolítica se encontraba Felipe V, el primer Borbón en sentarse en el trono de España, quien llegó a ese sitial luego de una guerra fratricida y continental -la Guerra de Sucesión Española- que terminaría rediseñando el mapa europeo al alto costo de desgarrar su propio reino. 

Mientras los ejércitos europeos se desangraban en Flandes, Italia y la península ibérica, la posición estratégica de España sufrió una herida militar que jamás cicatrizaría por la vía diplomática. En 1704, una flota angloholandesa comandada por el almirante George Rooke, que nominalmente operaba bajo el bando austracista, asaltó y conquistó por sorpresa la plaza de Gibraltar.

Lo que comenzó como una maniobra táctica contra los intereses borbónicos se convirtió rápidamente en una apropiación permanente. Gran Bretaña vio en el imponente Peñón la llave maestra para controlar el Mediterráneo occidental y el acceso al Estrecho. A pesar de los reclamos españoles en ese momento, los británicos izaron su bandera con la firme intención de no abandonarlo jamás. 

Las órdenes desde Madrid: intransigencia total

Hacia 1713, con las potencias europeas agotadas y buscando una salida negociada en el Congreso de Utrecht, las directrices que salían de la corte de Felipe V hacia sus embajadores en La Haya y Utrecht -el duque de Osuna y el marqués de Monteleón- eran de una rigidez implacable.

El rey exigía defender con uñas y dientes el reino de Nápoles, blindar el monopolio comercial con América bajo la premisa de que "nación ninguna ha de traficar derechamente en las Indias", y cortar de raíz cualquier intento autonomista en el frente interno. Los llamados "súbditos de la Corona de Aragón", es decir los catalanes que aún resistían, la orden real dictaba de manera tajante: "De ninguna manera se den oídos a propósito de pacto que mire a que los catalanes se les conserven sus pretendidos fueros". Para Felipe V, la rebelión de Barcelona no admitía concesiones ni mediaciones extranjeras. 

La paz asimétrica de Utrecht

El resultado final de las negociaciones reflejó la intención de Felipe V. Logró el objetivo dinástico primordial: ser reconocido por las potencias europeas como legítimo rey de España. A su vez, las potencias europeas abandonaron a los catalanes a su suerte. 

Por cierto, no existen acuerdos cuando alguien esta en una posición de debilidad, donde no tenga que ceder algo, y el rey de España decidió, a cambio de los demás beneficios, ceder Gibraltar. En los acuerdos de Utrecht, la Corona española entregó a perpetuidad a la Corona británica la ciudad, el castillo y el puerto de Gibraltar, consolidando la presencia de una potencia rival en suelo peninsular.

Paralelamente, el aislamiento internacional de los rebeldes catalanes quedó sellado. Al desinteresarse las potencias aliadas, el camino quedó expedito para que las tropas borbónicas aplastaran definitivamente el foco de resistencia barcelonés el 11 de septiembre de 1714, abriendo paso a los Decretos de Nueva Planta y a la supresión de las instituciones históricas del Principado.

De este modo, entre cesiones territoriales estratégicas a los imperios marítimos y una implacable recentralización interna, se forjó el nuevo orden borbónico en España: un reino pacificado en su trono, pero disminuido en su soberanía territorial frente al pragmatismo implacable de Londres.

A modo de conclusión, la soberanía española sobre Gibraltar es un punto bastante mas discutible que otros reclamos contra el colonialismo británico, porque un legítimo monarca español entregó voluntariamente el territorio mediante un tratado, a raíz del cual obtuvo otros beneficios, fue una transacción avalada en un acuerdo internacional con formato jurídico válido. Poco cabe discutir sobre si Felipe V realizó la entrega por ambiciones personales, un argumento que no es oponible a los ingleses.