El disparatado plan español para invadir China en el Siglo XVI
La Monarquía Hispánica diseñó la ambiciosa "Empresa de China", un plan militar para invadir y evangelizar el imperio de la dinastía Ming utilizando Manila como base de operaciones.
El sueño imperial de la Monarquía Hispánica en el siglo XVI no conoció fronteras reales ni imaginarias, rozando los límites de la geografía y del sentido común geopolítico. En una época en la que la Corona española dominaba vastos territorios en América y Europa, un grupo de capitanes, gobernadores coloniales y religiosos diseñó un plan tan ambicioso como descabellado en los despachos de El Escorial: invadir, someter y evangelizar el gigantesco Imperio Chino gobernado por la dinastía Ming. Este episodio poco conocido, archivado en la historiografía como la Empresa de China, representó una de las ucronías más fascinantes de la edad moderna, un proyecto que estuvo muy cerca de convertirse en una directiva militar oficial de Felipe II.
Todo comenzó a gestarse como consecuencia directa de la expansión transoceánica hacia el Pacífico de una España que hoy dice no reconocerse como un imperio colonial. Tras la conquista de Filipinas y la fundación de Manila en 1571, España se convirtió en vecina directa del Imperio Celeste.
A través de las rutas del célebre Galeón de Manila, los españoles establecieron un intenso intercambio comercial, proveyendo plata americana a cambio de sedas, porcelanas y artículos de lujo. Sin embargo, para los ojos de los capitanes adelantados y los misioneros instalados en el archipiélago asiático, aquel enorme mercado no representaba únicamente un socio comercial lucrativo, sino un vasto territorio repleto de almas que debían ser sumadas al catolicismo por cualquier medio necesario, además de albergar riquezas legendarias que alimentaban la imaginación de la corte.
Los promotores de esta audaz aventura militar partían de una premisa profundamente errónea y subestimada: la convicción absoluta de que el ejército chino era débil e incapaz de resistir el ímpetu de los tercios españoles. Figuras como el gobernador Francisco de Sande y el religioso jesuita Alonso Sánchez argumentaban con vehemencia ante las autoridades metropolitanas que el gigante asiático tenía pies de barro.
En los primeros memorandos se llegó a sostener con ligereza que con apenas cuatro mil o seis mil soldados veteranos bastaría para doblegar a la milenaria civilización, cifras que los planes posteriores elevaron de manera más realista hasta unos veinte mil hombres, complementados por alianzas estratégicas con reinos vecinos descontentos con la hegemonía de Pekín y el reclutamiento masivo de mercenarios japoneses, incluidos samuráis y ronin que buscaban nuevos horizontes bélicos tras el fin de sus guerras civiles internas. La justificación ideológica y moral que sostenía semejante despliegue era la apertura forzosa del país a la fe católica, bajo el dogma de que, una vez decapitada la cúpula política de la dinastía Ming, el resto de la población se convertiría en masa ante la autoridad del vencedor.
Cuando los memoriales y documentos detallados llegaron a la península ibérica durante la década de 1580, el rey Felipe II, fiel a su fama de monarca prudente y metódico, no desestimó la propuesta de inmediato, sino que optó por crear una comisión especial denominada la Junta de la Empresa de China para evaluar con rigor técnico la viabilidad de la operación.
El debate en el seno de la corte polarizó a los consejeros reales. Por un lado, los sectores más audaces y eufóricos sostenían que, tras la anexión de Portugal a la Corona española en 1580, los recursos globales disponibles eran prácticamente ilimitados y que la providencia divina respaldaría una misión de semejante magnitud evangelizadora. Por otro lado, los consejeros más cautos y el propio monarca, a medida que analizaban los informes logísticos, advirtieron que la empresa constituía una auténtica locura estratégica. Suministrar tropas, municiones y refuerzos a miles de kilómetros de distancia, coordinar operaciones en un territorio pantagruélico, desconocido y densamente poblado, y desviar recursos financieros en un momento en que España lidiaba simultáneamente en los frentes de Flandes, Francia e Inglaterra hacía que el proyecto fuera financieramente insostenible e militarmente suicida.
A finales de la década de 1580, agobiada por graves problemas económicos, la escasez crónica de fondos en la Real Hacienda y desastres navales de enorme repercusión como el fracaso de la Armada Invencible contra Inglaterra, la Corona optó por archivar de manera definitiva la Empresa de China. La junta especial fue disuelta y las autoridades imperiales decidieron abandonar la vía de las armas para centrarse en una relación pragmática y comercial a través de Manila.
Aquel intento de conquistar el oriente asiático quedó relegado al olvido en los anaqueles de los archivos históricos, transformándose en el testimonio escrito de hasta dónde era capaz de planificar la ambición imperial en el siglo de oro español.

