¿Y ahora?

Europa descubre que polarizar no alcanza para gobernar

La polarización política en Europa se expande simultáneamente hacia ambos extremos, complicando la formación de gobiernos estables a pesar de los cordones sanitarios.

Fernando Domínguez Sardou
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En pocos días, Suecia y Alemania ofrecieron dos fotografías de una misma transformación política. En Suecia, la oposición de centro-izquierda e izquierda reunió 176 escaños frente a los 173 del bloque que sostenía al gobierno de Ulf Kristersson, de centro derecha. En Berlín, Die Linke, formación de extrema izquierda, ganó las elecciones después de más que duplicar su resultado de 2023. Ese mismo día, Alternativa por Alemania, partido de ultra-derecha, superó el 38% en Mecklemburgo Pomerania Occidental. Europa se polariza, pero empieza a hacerlo en más de una dirección.

Durante buena parte de la última década, la discusión europea se concentró en el crecimiento de la derecha radical. La respuesta de muchos partidos tradicionales fue construir cordones sanitarios: acuerdos, formales o informales, destinados a impedir que determinadas fuerzas pudieran participar de gobiernos o convertirse en socios aceptables para las demás. La lógica era sencilla. Si no era posible evitar que esos partidos obtuvieran representación, al menos podía limitarse su acceso al poder. El problema es que excluir no equivale a gobernar.

Suecia acaba de comprobarlo. La mayoría que permite desplazar al bloque saliente reúne a socialdemócratas, verdes, centristas y La Izquierda. Sin embargo, el Partido de Centro rechaza integrar un gobierno con La Izquierda, mientras esta reclama participar de la nueva mayoría. Los votos alcanzan para saber quién perdió, pero todavía no necesariamente para decidir quién puede gobernar.

Los cordones sanitarios pueden ser eficaces en el corto plazo. Sirven para fijar una frontera y, en determinadas circunstancias, para impedir que un partido acceda al Ejecutivo. Lo que no hacen es eliminar las razones que llevaron a sus votantes a elegirlo. Tampoco garantizan que las restantes fuerzas tengan entre sí suficiente afinidad para construir una alternativa estable. La exclusión puede resolver un problema político y crear otro de gobernabilidad.

Alemania muestra las dos caras del fenómeno. AfD continúa fuera de las coaliciones posibles porque las demás fuerzas mantienen el rechazo a pactar con ella. Eso no le ha impedido seguir creciendo. Su victoria en Mecklemburgo Pomerania Occidental confirma que el aislamiento institucional y el aislamiento electoral son cosas diferentes.

Pero Berlín incorpora otra novedad. Allí la polarización también empujó hacia la izquierda. Die Linke se convirtió en la primera fuerza de la ciudad, con un apoyo especialmente elevado entre los jóvenes y una campaña fuertemente asociada al problema de la vivienda. No se trata solamente de una reacción frente al crecimiento de AfD. Hay también una agenda propia, un recambio generacional y una transferencia de votos dentro del espacio progresista.

Este tipo de ecuaciones vuelven más compleja la política europea. Cuando la fragmentación se producía fundamentalmente hacia uno de los extremos, los partidos del centro podían intentar contenerla agrupándose. Cuando la competencia comienza a expandirse simultáneamente hacia distintos polos, esa fórmula resulta mucho más difícil. Aparecen vetos cruzados, coaliciones menos naturales y mayorías que comparten aquello que rechazan mucho más claramente que aquello que quieren hacer juntas.

Los cordones sanitarios seguirán siendo parte del paisaje político europeo. Pero son una frontera, no una solución. Pueden determinar con quién no se gobierna, pero no responden la pregunta siguiente. Suecia y Alemania acaban de recordarlo: en una Europa cada vez más fragmentada, polarizar puede alcanzar para ganar votos, pero no alcanza para gobernar.

 * Analista, consultor en estrategia política y profesor de Relaciones Internacionales, basado en Madrid, España / x: @ferdsardou