España

Feijoó, el freno de mano del PP

El emergente de la crisis en Ceuta fue una caída del oficialista PSOE, pero quien coopta ese electorado es Vox y no el PP, cuyo liderazgo no tiene la fuerza que podría imprimirle Ayuso desde Madrid.

La política española vive una paradoja difícil de explicar fuera de los despachos de Génova, la sede nacional de Partido Popular. Mientras la legislatura de Pedro Sánchez acumula desgaste y la calle demanda una alternativa clara, el principal partido de la oposición se ha convertido en su propio freno de mano. Los datos están sobre la mesa: la última medición de 40dB sitúa por primera vez al bloque de la derecha por encima del 50% de los votos (con un PP en el 32,4% y un Vox en el 17,8%).

Sin embargo, la sensación generalizada en el electorado conservador no es de euforia, sino de oportunidad perdida. El diagnóstico es incómodo para la dirección nacional, pero cada día más evidente: Alberto Núñez Feijóo es un líder perenne en la prudencia que bloquea la mayoría absoluta que la centroderecha podría tener, mientras que el liderazgo ganador tiene nombres y apellidos de mujer.

Para entender la magnitud del error estratégico del Partido Popular basta con mirar a Madrid. En la Comunidad de Madrid, bajo el liderazgo sin complejos de Isabel Díaz Ayuso, Vox es una fuerza testimonial y sin espacio real porque el PP es capaz de aglutinar todo el espectro que va desde el centro moderado hasta la derecha más extrema. Ayuso es ganadora porque no teme disputar los debates ideológicos, no pide permiso para defender sus convicciones y conecta de manera visceral con una ciudadanía que busca carácter, no gestores grises. En contraposición, el modelo Feijóo se sustenta en la indefinición calculada, en el temor constante a pisar charcos y en un complejo de superioridad moral frente a la izquierda que paraliza cualquier ofensiva eficaz.

Esta tibieza tiene un coste electoral altísimo y medible. Cada vez que el PP nacional opta por el perfil bajo, las costuras del partido se rompen y miles de votos se escapan hacia Vox, alimentando un bloque alternativo que los populares luego necesitan obligatoriamente pero que no logran fagocitar. Lo vimos de nuevo con la grave crisis de Ceuta: el Gobierno socialista salió chamuscado de la gestión de las fronteras y de la crisis migratoria, pero el PP fue incapaz de capitalizar ese descontento de forma contundente. Mientras la sociedad exige una respuesta firme y un liderazgo rotundo, la reacción timorata de la cúpula de Génova dejó que el rédito se fragmentara, impidiendo que el partido rentabilizara el desplome del adversario.

A las pruebas remitirse: las mediciones indican que es Vox quien capitaliza los errores del oficialismo, mientras que el PP casi no sufre variaciones en la consideración pública.

El gran drama interno del Partido Popular no es electoral, es psicológico y generacional.

El aparato tradicional del partido padece un bloqueo endémico: no soportan la idea de que una mujer joven, con perfil propio, altamente competitiva y ganadora nata como Ayuso, sea la auténtica referencia ideológica y emocional del votante conservador español. Prefieren la comodidad de una oposición gris, de despacho y de pactos de moqueta antes que asumir el liderazgo audaz que reclama la calle.

La centroderecha española tiene los números para gobernar y una sociedad dispuesta a pasar página, pero camina con el freno de mano. Mientras el PP nacional siga prisionero de los complejos de Feijóo y de su incapacidad para asumir que los tiempos de la política mansa murieron, la gran mayoría de los españoles se quedará a las puertas de un cambio que el partido se niega a liderar con ambición.

*Director de Relaciones Institucionales delGrupo Crónica.