La vigencia de Morgenthau frente al problema del universalismo moral y la lucha por el poder
El pensador sitúa al poder como el eje central y objetivo de los Estados -especialmente de las grandes potencias-, explicando la persistencia de la conflictividad internacional actual. Advierte sobre los peligros de absolutizar la moral universal en la política exterior.
La vigencia de un pensador, supone en cierto sentido, una existencia atemporal. Implica que el esquema conceptual construido por ese intelectual, mantiene una capacidad de interpelar acontecimientos que se desarrollan en el presente. En este sentido, comprender la vigencia del pensamiento de Hans Morgenthau, requiere situarlo inicialmente en el contexto internacional en el cual comienza a desarrollar su trayectoria académica: un escenario signado por un profundo declive del orden westfaliano multipolar y homogéneo que había caracterizado al período 1919-1939 y por el intento de reconstrucción de las relaciones internacionales sobre la base de una estructura supraestatal sustentada en una organización internacional (Sociedad de Naciones) y en el Derecho Internacional.
De esta manera, y como bien señala un historiador de esos tiempos, el inglés Edward Carr, el idealismo político tuvo un papel de primer orden en el surgimiento de la disciplina de las relaciones internacionales. Los estudios en el campo de las ciencias sociales, experimentaban un crecimiento exponencial asociados a esta visión idealista liberal. Cursos sobre Organizaciones Internacionales, Derecho Internacional y actualizaciones sobre temas de relaciones internacionales, colmaban el entusiasmo de instituciones académicas que los ofrecían con frenesí y esperanza de construir un nuevo orden internacional. Sin embargo, en todo inicio de creación de una disciplina, existe un deseo que se transforma en el padre del pensamiento, y que actúa como un deber ser, reduciendo el análisis de los hechos tal cual son. Esta instancia, fue aquella que acompaño los inicios de las relaciones internacionales y sus estudios en general.
Hans Morgenthau en esta etapa, se presenta como un abogado altamente calificado, pero poco conocido por sus estudios dedicados a la filosofía del derecho y al derecho internacional. Frente al auge del totalitarismo y el antisemitismo y en su condición de judío alemán, percibe la dificultad de alcanzar un lugar de prestigio en una universidad alemana, lo cual lo conduce a emigrar y pasar por numerosas casas de altos estudios en Europa, hasta que finalmente hacia fines de la década del 30 decide marcharse a Estados Unidos. Un síntoma que lo define por aquel entonces, es la presentación de su tesis doctoral en Frankfurt titulada El concepto de lo político. Allí deja traslucir la crisis de Sociedad de Naciones y su escepticismo en que el derecho pueda transformarse en un instrumento para la paz. Tiempo más tarde y con la publicación de su tesis doctoral, aparece otro aspecto importante que atravesará su pensamiento: las relaciones entre el derecho y la política en el medio ambiente internacional. Los fracasos de la seguridad colectiva, la incompatibilidad de intereses y la centralidad cada vez más veloz que adquiría la lucha por el poder entre las potencias, avecinaba un escenario apocalíptico y erosionaban profundamente su fe en las instituciones y el derecho. De esta manera, su traslado a Estados Unidos supone el abandono de su enfoque institucional y la adopción de un pesimismo antropológico y la centralidad que ocupa el poder como el eje central de las relaciones internacionales.
Su teoría empírica sustentada en una ley objetiva, le permitió la formulación de un centro duro que hasta hoy es estudiado. Pensar que el poder es el interés del Estado, conlleva a suponer que no importa cuales sean los fines últimos propuestos el poder es el objetivo inmediato si nos involucramos en la política internacionales para alcanzarlo, más si la supervivencia de las entidades está en juego. ¿Acaso hoy no podríamos decir lo mismo con respecto a algunos conflictos que mantienen en vilo a la comunidad internacional y que son factibles de adquirir mayores intensidades? Esta idea de otorgarle al poder la esencia de la política internacional, conlleva dos principios fundamentales que la orientan: la relación de los Estados con la política internacional tiene una cualidad dinámica, se transforma junto a las vicisitudes del poder, y el segundo nos remite que a Morgenthau no le importan todos los Estados, sino los aquellos más poderosos del sistema porque son lo que gozan de capacidades suficientes para transformar el sistema internacional. Hay vigencia en estas líneas cuando miramos la política internacional de nuestros días. La competitividad entre los grandes jugadores lleva al conflicto y lo transforma en un rasgo caracterizador del interregno hegemónico. Los Estados más importantes de ese sistema compiten por el poder, porque saben que son capaces de configurar una estructura internacional que los favorezca en sus intereses, ya que son expertos para transformar entornos mientras que otros Estados más pequeños deben contentarse con adaptarse lo mejor posible a esos cambios.
En un mundo donde el poder es en parte el determinante de la conducta de los Estados y que el mismo es una categoría objetiva de validez universal, los principios morales no pueden desarrollarse en plenitud. Morgenthau era prudente en este aspecto. Sabía que la conducta de los Estados no podía someterse a los principios morales universales y que la evaluación moral tenía un límite propio de la tensión entre la política y la ética. Había reflexionado sobre eso previamente. Pero por nuestros días la confrontación ideológica y moral adquiere un nuevo impulso. Sin embargo, no debemos olvidarnos de una de las lecciones más profundas que nos deja el autor de Política entre las naciones: no debemos confundir las aspiraciones morales de una nación o grupo de naciones en particular con aquellos principios que gobiernan el universo.
En este sentido, las comunidades políticas poseen diferentes culturas, lo cual construye diferentes leyes. De esta manera, los principios de una sociedad no se pueden aplicar a los preceptos morales. La política principista es enemiga de una política exterior racional, y la guía de ésta no pueden ser principios morales. En un mundo donde los valores culturales y morales juegan un lugar destacado en lo discursivo y en el plano de la acción por parte de los Estados, debemos ser muy cuidadosos a la hora de usarlos. El orden internacional que se constituya luego de la transición intersistémica que vivimos, requiere de un profundo respeto por la heterogeneidad de los valores culturales y morales. Sin principios morales compartidos en torno al valor de la paz y la estabilidad de cualquier sistema no es posible la construcción de ninguna sociedad.
* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Miembro de la Comisión Asesora del Doctorado en Relaciones Internacionales (IRI-UNLP). Profesor visitante del Centro William J. Perry (Estados Unidos) y de la Universidad de La Sapienza (Italia).

