Poder

Quo vadis II: quis ducit, quis redit... quis liberat?

Hacia dónde vamos, quién conduce, quién vuelve y quién libera. Mientras las instituciones tradicionales se debilitan, actores privados concentran un enorme poder tecnológico y de decisión en plena incertidumbre global.

La quincena pasada quedó una pregunta abierta. No fue un descuido. El interregno que atravesamos no tiene una respuesta prolija y fingir que la hay sería exactamente el tipo de gesto que conviene evitar. Lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Pero hay algo que esa imagen puede hacernos perder de vista: mientras esperamos que aparezca lo nuevo, el mundo no está detenido.

Alguien está decidiendo. Alguien está construyendo las tecnologías, definiendo las reglas, concentrando recursos, desmontando instituciones y estableciendo, en buena medida, qué será posible y qué no en el mundo que viene. El interregno puede estar desorientado. El poder, bastante menos.

Por eso, la pregunta que quedó pendiente en el artículo anterior admite ahora otra formulación: ¿quién está conduciendo mientras lo nuevo todavía no tiene forma?

Los que llegaron primero

Durante buena parte del siglo XX tuvimos una respuesta más o menos disponible. Los Estados, las instituciones políticas, los partidos, las organizaciones sociales y los organismos internacionales eran, con enormes diferencias entre países y resultados bastante discutibles, los espacios donde suponíamos que los intereses particulares podían procesarse para construir alguna noción de interés colectivo.

Ese edificio sigue en pie, aunque muchas de sus habitaciones se estén vaciando. Al mismo tiempo, una parte creciente de las decisiones que están configurando nuestra vida ocurre fuera de él.

La inteligencia artificial es probablemente el caso más visible. Un grupo extraordinariamente pequeño de empresas y personas está tomando decisiones tecnológicas capaces de modificar el trabajo, la educación, la información, la producción, la guerra y hasta nuestra manera de relacionarnos con el conocimiento. No hace falta imaginar una conspiración ni atribuirles intenciones siniestras. El problema es más sencillo: esas organizaciones hacen aquello para lo que fueron creadas. Compiten, innovan, crecen, acumulan capital y conquistan mercados. El mercado puede producir una innovación extraordinaria; lo que nunca prometió fue representar el interés general.

Mientras tanto, una parte de la política responde a la crisis de las instituciones proponiendo debilitarlas todavía más. Si el Estado funciona mal, se lo reduce. Si la representación perdió legitimidad, se concentra la decisión. Si las mediaciones molestan, se las elimina. Así, de un lado aparecen actores privados con una capacidad inédita para configurar el futuro y, del otro, instituciones públicas cuya capacidad para gobernarlo está siendo cuestionada, erosionada o directamente desmantelada.

Y en el medio estamos nosotros.

El camino a Ostia

Hay una vieja historia que no me abandona desde que escribí el artículo anterior.

Cuenta la tradición que Pedro huía de Roma por el camino de Ostia. Sensato, por otra parte, porque lo que le esperaba allí no era precisamente un ascenso ni una distinción honorífica. En algún punto del camino se encuentra con Jesús, que camina en dirección contraria. Pedro pregunta:

¿Quo vadis, Domine? (¿Hacia dónde vas, Señor?)

La respuesta lo parte al medio: "Voy a Roma, a ser crucificado otra vez".

Pedro comprende, da la vuelta y regresa a Roma, donde finalmente será martirizado.

La escena suele leerse como una historia sobre el coraje, pero quizá diga algo más interesante. Pedro ya había conseguido salvarse. Estaba afuera, podía seguir caminando y dejar atrás el peligro. Pero en Roma había dejado algo: una comunidad. Una comunidad que necesitaba que volviera.

Pedro no regresa porque descubra que su vida carece de valor. Regresa porque comprende que hay algo cuyo valor excede su propia supervivencia. Y ahí aparece un gesto que nuestra época parece tener cada vez más dificultades para comprender: renunciar a una ventaja propia porque existe algo que nos trasciende.

El individuo tirano

Eric Sadin utiliza una expresión deliberadamente provocadora para describir nuestra época: la era del individuo tirano. No se refiere solamente al autoritario que pretende imponer su voluntad sobre los demás. Describe algo bastante más cotidiano y, probablemente, más profundo: un individuo que convirtió la expansión de sí mismo en horizonte. Su proyecto, su bienestar, su desarrollo, su identidad, su experiencia, su patrimonio, su libertad.

El Himalaya está ahí para ser conquistado y llegar a la cima constituye la prueba definitiva de que uno hizo las cosas bien. El problema aparece cuando todos estamos escalando nuestro propio Himalaya, porque entonces dar la vuelta en el camino a Ostia resulta incomprensible. ¿Por qué regresar? ¿Por qué resignar una ventaja? ¿Por qué aceptar un costo cuyo beneficio quizá disfruten otros? ¿Por qué construir algo que posiblemente sobreviva a quien lo construyó?

No son preguntas sobre altruismo ni una invitación a convertir el sacrificio en virtud. Son preguntas políticas. Ninguna sociedad puede sostenerse demasiado tiempo si todo aquello que limita la expansión individual termina siendo considerado una carga de la que conviene desprenderse.

Piedra libre

Los chicos entendían algo de esto sin haber leído a Sadin.

La escondida tenía una lógica sencilla. Uno quedaba en la pared, los demás se escondían y el que buscaba trataba de descubrirlos antes de que alguno consiguiera llegar. Cada jugador calculaba su oportunidad, esperaba el momento y corría para salvarse.

Hasta que alguien llegaba.

Entonces aparecían dos posibilidades. Podía tocar la pared, asegurarse su propia salvación y dar por terminado el asunto. O podía hacer algo extraordinario, aunque en aquel momento nos pareciera completamente normal:

-¡Piedra libre para todos los compañeros!

El grito tenía una lógica extraña. Quien había conseguido una ventaja renunciaba a utilizarla solamente para sí. Había llegado primero, pero hacía que su llegada sirviera también para los demás. No se convertía por eso en héroe ni adquiría ningún privilegio especial; al día siguiente probablemente le tocaba quedar. Simplemente, durante unos segundos, el juego admitía que salvarse solo y salvarse con otros no eran exactamente la misma cosa.

Los héroes de las cinco de la tarde

Hubo un tiempo en que incluso la cultura popular repetía esa estructura sin necesidad de explicarla demasiado. Batman llegaba cuando todo parecía perdido, hacía lo suyo y desaparecía. El Llanero Solitario ayudaba a un pueblo y se marchaba antes de recibir el agradecimiento. A las cinco de la tarde, con chocolatada y pan con manteca mientras mirábamos la tele, aquello resultaba perfectamente comprensible: alguien podía hacer algo por otros sin que la primera pregunta fuera qué obtendría a cambio.

Por supuesto que eran ficciones, y bastante ingenuas. Pero alrededor de esas historias ocurría otra cosa que hoy resulta más difícil de reconstruir. Había que esperar. El capítulo terminaba y el siguiente llegaba una semana después. Durante esos siete días todos estábamos en el mismo punto de la historia. El lunes, en el recreo, se discutía qué había ocurrido y qué podía pasar después. No habíamos organizado aquella sincronía ni necesitábamos acordarla: simplemente esperábamos juntos.

Hoy podemos ver una temporada completa durante un fin de semana de lluvia y disfrutarla a nuestro ritmo. El streaming no destruyó la sociedad ni tendría sentido atribuirle semejante responsabilidad. Es apenas una imagen particularmente clara de una transformación mucho más profunda: cada uno empieza cuando quiere, termina cuando quiere y avanza a su propio ritmo. Fuimos perdiendo experiencias de sincronía y, con ellas, algunos de los lugares donde aprendíamos sin darnos cuenta que existían cosas compartidas.

Y sin alguna experiencia común resulta cada vez más difícil imaginar aquello que llamamos "todos".

¿Quién libera?

Quizá ahí esté la pregunta que faltaba.

Durante demasiado tiempo imaginamos los grandes cambios esperando a alguien: el estadista, el líder, el revolucionario, el empresario visionario, el hombre providencial. América Latina conoce bastante bien esa historia. Cambian las ideologías, las épocas y los nombres, pero la estructura se parece demasiado: alguien aparece, interpreta el momento y promete conducir a los demás hacia algún lugar. Los resultados deberían habernos vuelto, por lo menos, un poco más desconfiados.

Por eso Pedro importa menos como héroe que como miembro de una comunidad. Su regreso tiene sentido porque vuelve hacia otros. Y su muerte sólo adquiere dimensión histórica porque esa comunidad continúa después de él, se multiplica y construye instituciones capaces de sobrevivirlo. Pedro desaparece. La comunidad permanece.

Quizá por eso el interregno no necesite otro superhombre. Necesita algo bastante más difícil: recuperar la capacidad de construir cosas que nos trasciendan. Instituciones que no existan solamente mientras nos benefician, proyectos cuyos resultados quizá no lleguemos a ver y decisiones en las que haber llegado primero implique alguna responsabilidad respecto de quienes todavía siguen escondidos.

La pregunta entonces deja de ser solamente quién vendrá a liberarnos. Porque tal vez ésa sea todavía una pregunta del mundo que se está muriendo.

Hay otra, bastante más incómoda.

Cuando alguien vuelva a llegar a la pared y grite "¡piedra libre para todos los compañeros!", ¿quiénes serán, esta vez, todos los compañeros?

*Politólogo (UBA) y consultor en estructura y gobernanza organizacional. Asesora a organismos públicos, sindicatos y empresas en América Latina en diseño institucional y desarrollo de capacidades directivas. Ha trabajado con instituciones como el Banco Mundial, el BID, el CLAD y gobiernos nacionales y provinciales. Docente universitario.