Quo vadis III: ¿Qui sumus?

La democracia enfrenta el desafío de reconstruir un "nosotros" en sociedades cada vez más individualizadas y fragmentadas. Votar ya no alcanza: la ciudadanía requiere participación y responsabilidad sobre aquello que compartimos con quienes piensan diferente.

El artículo anterior terminó con una escena de infancia. En la escondida, alguien conseguía llegar a la pared antes que quien buscaba y, en lugar de salvarse solo, gritaba: "¡Piedra libre para todos los compañeros!". La pregunta quedó flotando: ¿quiénes son, hoy, todos los compañeros? Parece sencilla hasta que intentamos responderla.

Durante buena parte de la modernidad tuvimos respuestas disponibles. La nación, el pueblo, la clase, la ciudadanía, la religión, incluso las grandes ideologías ofrecieron distintas maneras de nombrar un "nosotros". Nunca fueron comunidades armónicas ni incluyeron realmente a todos. Estaban atravesadas por conflictos, desigualdades y exclusiones. Pero proporcionaban algo que hoy resulta bastante menos evidente: un perímetro dentro del cual personas que no se conocían, no pensaban igual y muchas veces tenían intereses contrapuestos podían reconocerse como integrantes de una misma historia.

Ese perímetro se volvió borroso. No porque hayan desaparecido las comunidades. Quizá ocurra exactamente lo contrario. Tenemos muchas: políticas, religiosas, nacionales, profesionales, identitarias, digitales. Comunidades que comparten valores, consumos, enemigos, lenguajes, causas y algoritmos. Nunca fue tan fácil encontrar a otros que piensen como nosotros. El problema empieza precisamente ahí.

Mi Dios

El humorista George Carlin tenía un chiste brutalmente sencillo sobre la capacidad humana para convertir cualquier pertenencia en frontera. Uno pregunta:

- "¿Creés en Dios?".

- "No".

- Pum. Muerto.

- Probemos otra vez: "¿Creés en Dios?".

- "Sí".

- "¿Creés en mi Dios?" (risas).

Y ahí empezaban nuevamente los problemas.

La genialidad del chiste está en ese "mi", porque muestra que la pertenencia no necesariamente amplía el nosotros. También puede reducirlo. No alcanza con compartir el mundo: hay que compartir mi interpretación del mundo, mi identidad, mi nación, mi causa, mi candidato, mi verdad. Mi algoritmo probablemente se encargará después de demostrarme, varias veces por día, que somos muchos los que tenemos razón.

Eric Sadin describe una época dominada por la figura del individuo tirano. Pero quizá ese individuo no viva necesariamente aislado. Puede estar intensamente conectado, participar, militar, compartir y sentirse parte de algo. La cuestión es otra: hasta dónde llega aquello de lo que se siente responsable. Porque una comunidad construida solamente alrededor de quienes se parecen a mí puede ser extremadamente solidaria hacia adentro y completamente indiferente hacia afuera. El problema no es que haya demasiados nosotros. Es qué hacemos con los que quedan fuera de cada uno de ellos.

El idiota vuelve a escena

En el primer Quo Vadis apareció una palabra griega que hoy usamos con un significado muy diferente: idiotes. Para los griegos, el idiotes era quien permanecía en el ámbito de lo privado, quien no participaba de los asuntos comunes. No describía una deficiencia intelectual. Marcaba una posición respecto de la vida pública. Quizá convenga recuperarlo ahora.

Durante las últimas décadas construimos sociedades extraordinariamente sofisticadas para ampliar la esfera individual. Elegimos qué consumir, qué mirar, cuándo verlo, con quién relacionarnos, qué información recibir y hasta qué versión del mundo queremos que llegue diariamente a nuestra pantalla. Muchas de esas conquistas ampliaron libertades que sería absurdo añorar perder. Pero hay una consecuencia menos visible: cuanto más capaces somos de organizar el mundo alrededor de nuestras preferencias, más difícil resulta aquello que ninguna personalización puede resolver, que es convivir con alguien que no elegimos.

Y la democracia trata, en buena medida, exactamente de eso. No de encontrar personas compatibles, sino de construir una vida común entre incompatibles. Ahí la idea contemporánea de ciudadanía empieza a mostrar algunas costuras.

Ciudadanos cada cuatro años

La democracia moderna encontró una solución extraordinariamente poderosa al problema de gobernar sociedades enormes y diversas: la representación. No podemos estar todos tomando todas las decisiones todo el tiempo. Elegimos a quienes las tomarán, establecemos reglas, distribuimos poderes y periódicamente decidimos si continúan haciéndolo. El mecanismo sobrevivió guerras, crisis, revoluciones y transformaciones sociales gigantescas. No parece poco.

Pero quizás hayamos ido deslizando, casi sin advertirlo, una equivalencia problemática: democracia como elección y ciudadano como elector. Votamos, volvemos a casa y durante los siguientes años observamos qué hacen aquellos a quienes les entregamos temporalmente la conducción. Si funciona, los premiamos. Si no funciona, buscamos otros.

En América Latina conocemos bastante bien esa secuencia. Cambiamos gobiernos, coaliciones, modelos económicos y orientaciones ideológicas. A veces los volantazos son tan pronunciados que la sociedad parece estar buscando la salida de un laberinto probando alternativamente cada pared. El problema quizá no sea solamente quién ocupa el gobierno. Es cuánto queda de ciudadanía entre una elección y la siguiente.

Porque ninguna arquitectura institucional puede producir por sí sola aquello que la sociedad dejó de hacer. Los Estados latinoamericanos muestran bien esa dificultad. Durante décadas agregamos organismos, los fusionamos, los volvimos a separar, descentralizamos, recentralizamos, privatizamos, estatizamos, digitalizamos y ahora empezamos a incorporar inteligencia artificial. La criatura sigue caminando, cargada con las cicatrices de todas esas intervenciones. El problema no es solamente quién será el próximo Víctor Frankenstein. También es qué responsabilidad conserva la sociedad respecto de la criatura que sucesivamente exige crear, reformar, reducir o incendiar.

Elegir quién gobierna sigue siendo indispensable. Quizá ya no sea suficiente para explicar qué significa gobernarnos.

Una palabra anterior a la Iglesia

Hay otra palabra griega que sufrió una transformación todavía mayor: ekklesía. Hoy resulta casi inevitable escucharla y pensar en Iglesia. Pero antes de adquirir su significado religioso, nombraba la asamblea de ciudadanos convocados para tratar asuntos comunes. No era un edificio. Tampoco una identidad espiritual. Era gente que salía de su espacio privado y comparecía ante los demás.

La relación con idiotes resulta sugerente: uno permanece en lo suyo; el otro sale al encuentro de lo común. Conviene no romantizar aquella democracia. La Atenas que inventó esas palabras excluía de la ciudadanía a mujeres, esclavos y extranjeros. Su "todos" era escandalosamente pequeño para nuestros parámetros. Pero quizá la imagen todavía sirva, no como modelo al cual regresar, sino como pregunta para avanzar.

¿Qué significaría una ekklesía en sociedades de millones de personas, atravesadas por plataformas digitales, mercados globales, inteligencia artificial, identidades múltiples y problemas que muchas veces ni siquiera respetan las fronteras nacionales? Seguramente no significaría reunirnos todos en una plaza. Tampoco votar cada decisión desde el teléfono. La complejidad de las sociedades contemporáneas no desaparece porque deseemos participar más.

Quizá se trate de algo menos espectacular: reconstruir espacios e instituciones donde intervenir sobre lo común vuelva a formar parte de la ciudadanía y no sea una tarea completamente tercerizada en políticos, expertos, empresarios o algoritmos. No sabemos todavía cuáles. Y probablemente ése sea parte del problema.

¿Qué pueblo?

Aparece entonces una palabra todavía más peligrosa: pueblo. Todos hablan en su nombre: gobiernos y oposiciones, revolucionarios y conservadores, demócratas y autócratas. Quien logra decir "el pueblo quiere" consigue una ventaja extraordinaria: convierte una sociedad heterogénea en un sujeto singular que, curiosamente, suele querer exactamente aquello que quien habla en su nombre propone.

Pero el pueblo real es bastante más incómodo. No habla con una voz: discute. No tiene un único interés: tiene muchos, y algunos son incompatibles. No comparte una identidad completa: conviven en él personas que probablemente jamás elegirían sentarse juntas a cenar.

Quizá ése sea precisamente el punto. El desafío no consiste en descubrir cuál es el verdadero pueblo, sino en construir instituciones capaces de hacer que personas que no se consideran "de las mismas" puedan, sin embargo, reconocerse responsables de ciertas cosas comunes.

Ahí la democracia deja de parecer una máquina destinada a producir mayorías y recupera otra función: procesar diferencias sin convertir cada diferencia en una guerra de exterminio. No elimina el conflicto. Le da un lugar donde ocurrir. Eso exige instituciones, pero también exige algo de quienes las habitan.

Volver a Roma

Ahora podemos regresar por última vez al camino de Ostia. Pedro había abandonado Roma y estaba a salvo. Según la tradición, se cruza con Jesús que marcha en dirección contraria, comprende el mensaje y decide volver. En el artículo anterior importaba el gesto: alguien renunciaba a su ventaja porque había algo que lo trascendía. Pero faltaba una pieza. Pedro no vuelve al vacío. Vuelve hacia una comunidad.

Y esa comunidad resulta finalmente más importante que Pedro. Él muere; la comunidad continúa, se multiplica, construye instituciones, atraviesa conflictos, cambia y sobrevive durante siglos. No hace falta compartir la fe cristiana para advertir la potencia política de la escena.

Tal vez durante demasiado tiempo hayamos buscado a Pedro: el líder capaz de interpretar el momento, el estadista, el revolucionario, el empresario visionario, el conductor dispuesto a mostrarnos el camino. América Latina tiene experiencia suficiente con hombres providenciales como para conservar cierta prudencia. La pregunta podría estar en otro lugar: ¿qué comunidad hace que valga la pena volver?

Porque el sacrificio individual sin comunidad es martirio. La comunidad sin responsabilidad hacia afuera puede convertirse en tribu. Y una multitud movilizada detrás de un conductor tampoco constituye necesariamente ciudadanía.

Quizá lo que estamos buscando sea algo bastante menos épico y bastante más difícil: una forma contemporánea de ekklesía. Un pueblo que no necesite ser homogéneo para ponerse en movimiento. Una ciudadanía que no desaparezca después de depositar el voto. Instituciones capaces de procesar diferencias y sostener decisiones más allá de quienes circunstancialmente las conducen.

No sabemos todavía cómo se construye eso. Tampoco sabemos si la nación seguirá siendo su perímetro suficiente, ni qué formas de representación podrán convivir con nuevas formas de participación. Sería sospechoso tener respuestas demasiado rápidas.

La brújula

En el primer Quo Vadis nos encontramos en tierras salvajes. Los mapas heredados habían dejado de describir el territorio y la pregunta era cómo orientarnos sin ellos. En el segundo preguntamos quién estaba conduciendo mientras el nuevo mundo tomaba forma. Encontramos Estados debilitados, mercados concentrados, tecnologías capaces de modificar nuestra vida y sociedades cada vez más organizadas alrededor de la expansión del individuo. Entonces Pedro dio la vuelta en el camino a Ostia y un chico llegó corriendo a una pared para gritar "piedra libre para todos los compañeros".

Faltaba saber quiénes eran todos. Seguimos sin saberlo, pero quizá la pregunta haya cambiado lo suficiente como para empezar a orientarnos.

Tal vez la democracia que viene no empiece por encontrar un nuevo conductor, sino por reconstruir la posibilidad de constituir un nosotros entre personas que seguirán siendo diferentes. Tal vez ciudadanía vuelva a significar algo más que tener derechos, cumplir obligaciones y elegir representantes: asumir alguna responsabilidad sobre aquello que compartimos incluso con quienes no forman parte de "los nuestros".

Y tal vez ekklesía pueda servirnos todavía, no como respuesta ni como nostalgia de una democracia imposible, sino como una imagen: personas que dejan por un momento la seguridad de lo propio y se ponen en movimiento hacia lo común.

En el interregno no hay mapa que garantice adónde conduce ese movimiento. Mucho menos un final feliz esperándonos. Pero si alguna vez alguien vuelve a preguntarnos quo vadis, quizá podamos responder algo un poco más preciso que al comienzo de este viaje.

No sabemos todavía hacia dónde. Pero difícilmente lleguemos cada uno por su cuenta.

 *Politólogo (UBA) y consultor en estructura y gobernanza organizacional. Asesora a organismos públicos, sindicatos y empresas en América Latina en diseño institucional y desarrollo de capacidades directivas. Ha trabajado con instituciones como el Banco Mundial, el BID, el CLAD y gobiernos nacionales y provinciales. Docente universitario.